lunes, 29 de julio de 2019

LOS AMANTES DE LA CASA AZUL.

Mario Diament vuelve a mostrar su pericia al combinar historia y ficción, “oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia” (me apropio aquí de palabras de Arturo Roa Bastos). 

El desafío es aún mayor cuando de lo que se trata es de personajes tan polémicos como Trotsky y Kahlo, y de circunstancias tan controvertidas como la revolución rusa y sus efectos. Basta recordar las repercusiones dispares sobre la extensa novela de Leonardo Padura, EL HOMBRES QUE AMABA LOS PERROS (2009), obra precedida entre otras, por los tres volúmenes sobre la biografía de Trotsky de Isaac Deutscher (EL PROFETA ARMADO, 1954; EL PROFETA DESARMADO, 1959; EL PROFETA DESTERRADO, 1963).  

Pero Diament opta por desplazar de un lugar central temas como la democracia obrera, el internacionalismo proletario, el sentido y los alcances de la revolución, o el antagonismo entre Trotsky y Stalin (de hecho queda abierto para el receptor decidir si este fue motivado sólo por razones ideológicas y por no motivos personales) y focalizarse en la relación amorosa entre León y Frida. El título es clave, como lo es en el programa las mayúsculas de AMANTES. Se trata de cuatro seres unidos por el dolor, por distintos tipos de dolor productos de fracasos políticos, exilio, muertes, amores no correspondidos, traiciones, enfermedades. El dramaturgo retoma una vez más el tema, pero bajo un ángulo que le otorga una nueva dirección y trascendencia ya que -como pensaba Bernardo Canal Feijóo- en lo anecdótico se puede descubrir la historicidad verdadera. 

Los aportes de la vestuarista Paula Molina y la maquilladora Beatriz Abrigo resultan insoslayables en varios aspectos. No sólo revelan personalidades sino oposiciones y juegos que revelan los roles a la hora de relacionarse. Los tonos agrisados asociados a la esposa de Trotsky y el oscuro equipo de trabajo que exhibe Rivera se corresponden con su situación espacial preferentemente en las márgenes, mientras que Frida y León ocupan el centro del escenario , ella con sus ropas coloridas, y él con el despojamiento de su severo traje y un audaz y significativo travestismo. La decisión del escenógrafo Daniel Epstein de colocar en un costado el mural de Rivera y en el centro el caballete con el cuadro autobiográfico de Frida es central a la hora de resignificar el texto. 

Silvia Kanter construye con sutileza una impotente y resignada Natalia que sólo puede acompañar y esperar; David Di Napoli, en lo que creo es uno de sus mejores trabajos, nos ofrece un Diego Rivera que revela sus fragilidades a pesar de su máscara machista y exitosa. Roberto Mosca construye un Trotsky despojado de aquellas características convencionales e inalterables que suelen ser asociadas a su desempeño en la revolución, y lo presenta alternativamente ya poderoso ya vulnerable, moviéndose entre el optimismo de proyectos y la desolación. Le bastan modos de desplazamiento, miradas, y gestos sutiles para diseñar su complejidad. 

Maia Francia se convierte en una arrolladora protagonista tal como lo evidencia la imagen del programa, y transita exitosamente todos los desafíos que le propone el texto: dar vida a una artista talentosa, a una mujer capaz de grandes pasiones, de una fuerza vital incontenible que pudo destronar la figura de Rivera ( basta comparar cuántas son las obras de todo tipo que se ocuparon del muralista y cuantas se siguen ocupando de Frida), que pudo atravesar la resistencia de Trotsky (la escena en la que ella se viste con las ropas de él y obliga al revolucionario a vestir las femeninas es una perfecta síntesis, como es perfecta su caracterización) y que supo encontrar un camino para sublimar el dolor. 

Daniel Marcove, como en todos sus trabajos anteriores revela un minucioso cuidado de los detalles al combinar lo funcional y lo plástico, pero también lo significativo: vestuario, maquillaje y escenografía apuntan a dar importancia a lo sensorial, y la música original de Sergio Vainikoff junto con la iluminación de Miguel Morales a intensificar el clima poético. Trabaja potenciando la “creatividad actoral”[1]. 

Y también el espacio. Daniel Epstein trabaja con un espacio visible que es interior pero también es paisaje Y Marcove explota todas las posibilidades que el escenario y la sala de El Tinglado. La cuarta pared es varias veces perforada y el público puede imaginar el espacio sugerido y con su elección de apertura frente a la clausura que implica una casa, tiene siempre bien en claro de qué manera se va a narrar la estructura textual que le propone Diament. 

En palabras del director, LOS AMANTES DE LA CASA AZUL se inscribe junto a TIERRA DEL FUEGO y FRANZ & ALBERT en una trilogía ya compartida con Mario Diament, en la cual a partir de personas y hechos reales se construye un universo poético-teatral. En mi reflexión final sobre el espectáculo encuentro que MD-DM puede leerse como una marca registrada en la que la integración de texto y puesta en escena genera espectáculos notables por la belleza plástica como por la capacidad de movilizar al espectador a partir de un trabajo actoral capaz de realmente dar vida a esa construcción lingüística que son los personajes generando auténticos receptores activos. 









Año III, n° 185 

pzayaslima@gmail.com 



[1] En el taller-laboratorio “La Odisea: un camino de iniciación”, así la describía: “El actor es el teatro y es actor el eje de todo teatro. Es el actor, su cuerpo (que es su ser), quien hace la lectura del texto dramático literario o lo crea desde su propia fantasía: el teatro es un arte corporal, porque es en el cuerpo del actor donde aquel vive y llega al espectador”

lunes, 22 de julio de 2019

EL MAL DE LA PIEDRA, UNA EFICAZ METÁFORA

España en el presente. El Valle de los Caídos, el monumento faraónico que Francisco Franco mandó a construir terminada la guerra civil como símbolo del triunfo, se está derrumbando desde el interior. Encerrada en la basílica por una trifulca entre neonazis y un grupo de memoria histórica, una restauradora trabaja para diagnosticar el inminente desmoronamiento del lugar. Al no poder salir, Miranda se ve obligada a convivir con un guardia de seguridad cuya postura neutral espejará en ella sus contradicciones políticas y morales. Mientras el agua horada la piedra, los hechos fisuran los discursos. ¿Qué caerá primero? El tiempo corre.

Este es argumento que se incluye en el programa de mano. Los espectadores encuentran allí un completo panorama informativo sobre la obra y sus creadores: reflexiones del director, el contexto histórico, la opinión de la dramaturga sobre su obra, los objetivos de la compañía y los datos de todos los que componen el equipo. Este tipo de programa es inusual (los datos que incluyen generalmente aparecen en los comunicados de prensa)y encuentra un profundo significado si reflexionamos sobre su contenido.


La Compañía El Vacío Fértil[1], creada por los actores Romina Pinto e Iván Steinhardt presenta claros objetivos:

El Vacío Fértil es una metáfora de nuestra postura optimista frente a la vida cuando ocurre un vacío existencial y por consiguiente la incertidumbre que este mismo genera. No nos paralizamos, accionamos para construir. Y también vemos que ese lapso de tiempo surgido a partir de la finalización de un proceso creativo, momento de inactividad, vacío, es el terreno fértil para generar nuevas e artísticas. El objetivo es realizar obras teatrales y audiovisuales cuyo contenido y forma asuma el compromiso que tiene el arte como eje transformador. El Vacío Fértil acciona llevando problemáticas sociales a través de la pluma de diferentes autores del mundo hacia el mundo. 

Como contracara de muchos principios de la escena posdramática, de las posiciones que confirman “el fin de la historia” estos artistas apuestan por un teatro en el que las realidades sociales y las posiciones ideológicas conforman el punto de partida y el punto de llegada, un arte comprometido e instrumento de enriquecimiento, y por lo tanto de cambio. Pero, al mismo tiempo, a través de la elección del repertorio, de los códigos de actuación y de las estrategias de la puesta en escena, soslayan aquellos aspectos que encorsertaron a una línea estética muy presente a lo largo del siglo XX y aún hoy tienta a algunos grupos: el teatro político que instala mensajes cargados de certezas, divide aguas, y que a partir de su dialéctica consolida las oposiciones entre réprobos y elegidos. 

De allí que deba señalarse que el primer acierto es la elección de la obra. Escrita desde una perspectiva presente EL MAL DE LA PIEDRA trata de articular una mirada crítica sobre el pasado oscuro de España. Un pasado que sigue presente. Heridas que continúan abiertas y que están siendo heredadas por las nuevas generación. La concepción del texto parte de la necesidad de apelar a un teatro de la sociedad civil, con el objetivo de reunir al espectador y colocarle frente a un dilema que le concierne: ¿Qué hacer hoy con El valle de los Caídos? No se trata de tomar una posición política determinada y defenderla sino de mostrar el conflicto en toda su complejidad, abriendo un abanico sobre las distintas perspectivas en torno a una profunda herida. En EL MAL DE LA PIEDRA la sentencia debe darla el espectador. [2]

Vemos entonces cómo se desplaza sobre el receptor la responsabilidad de generar su propio “mensaje”. Es el público quien debe hacerse cargo de internalizar los interrogantes y hacer conscientes sus respuestas. La autora apuesta a que la emoción pueda convivir con la razón y diseña su intriga y su trama de modo que siempre haya una distancia que permita el juicio crítico.

La propuesta dramatúrgica encuentra una recepción clave en los integrantes de “El Vacío Fertil”. Tony Lestingi así reflexiona:

Como ciudadanos, como los seres responsables de nuestros pensamientos y acciones que intentamos ser; el hecho de dar a las generaciones venideras algo mejor que este presente oscuro y reiterativo planteado en el texto, es uno de los compromisos artísticos a asumir en esta puesta. Que la acción ocurra en una catacumba de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, monumento obsesivo y faraónico del dictador Francisco Franco, sirve como botón de muestra de lo ridículo del extremismo, cuna fundamental de la intolerancia, el olvido y la negación. Precisamente en este punto neurálgico de los enfrentamientos ideológicos es donde el contenido de nuestra propuesta teatral se universaliza. Hoy desde el arte ponemos foco en un lugar que se llama El Valle de los Caídos pero podría haber sido en otros tiempos el campo de concentración de Auschwitz, el Monumento de la Paz en Hiroshima o la ESMA en Argentina, todos lugares emblemáticos, representativos del dolor y del horror pero a su vez, convertidos en lugares que sirven para que las próximas generaciones sepan lo que pasó. Seguramente habrán generado controversia cuando se decidió qué hacer con ellos, pero los que en su momento tomaron la decisión lo hicieron sabiendo que algo había que hacer y no era simplemente olvidar. Para nosotros, artistas, más allá del hecho o lugar histórico en el que sucede esta obra, hay otro desafío: el de no convertir al arte en un vehículo panfletario sino en el espejo inclaudicable que nos refleja y nos interpela. (El destacado es de mi autoría) 

La puesta en escena ejemplifica de modo claro y contundente lo que significa el teatro: el lugar para ver. Y tanto las proyecciones históricas que abren el espectáculo como las actuaciones desmontan las trampas que colocan las posiciones partidistas, las declaraciones oficiales y los clichés que es capaz de manejar la sociedad. Teatro, el lugar para oír las distintas voces que pueblan distintos espacios: el exterior y el interior, el individual y el colectivo, el del pasado y el del presente, el de los españoles y no españoles. La utilización de objetos funcionales y el cuidado de los detalles busca la verosimilitud; la actuación apunta a que estirar los pliegues que oculta la realidad y dejan rastros que sólo los miopes podrían no reconocer; la puesta en escena demuestra que la historia se enriquece con la ficción, la memoria debe conducir a la autocrítica, y las ideas políticas no pueden disociarse de una actitud ética. La imagen que ilustra el programa sintetiza plásticamente lo antes dicho en una perfecta combinación de metáfora y metonimia: en el centro y en lo alto la cruz, en el centro y sobre el piso la sangre que se desliza hacia la grieta, los nombres de los actores que representan posiciones opuesta en negro uno, y en blanco la otra; el cielo agrisado que anuncia tempestades y el monumento enmarcado en la piedra enferma.

Contra el vacío estéril, un vacío fértil, frente a un mundo inestable y cambiante el teatro como cultura/cultivo que permite arraigar valores, frente a quienes consideran que “lo sólido se desvanece en el aire” y una realidad en la que los monumentos pueden quedar reducidos a escombros, los actores Tony Lestingi, Romina Pinto e Iván Steinhardt en sus respectivos roles (ex)ponen sus cuerpos y sus voces para mostrarnos la importancia de la palabra para encontrar y recomponer fragmentos que permanecen inalterables si somos capaces de iluminarlos y de curarlos, que las esperas resignadas pueden ser abandonadas.




FICHA TÉCNICA:

Dramaturgia: Blanca Doménech

Dirección y puesta en escena: Tony Lestingi

Elenco: Romina Pinto e Iván Steinhardt

Asistencia de dirección: Emilio Zinerón

Diseño de escenografía e iluminación: Eduardo Muro

Música original: Enrique Pareta

Canción del final El mal de la piedra: Iván Steinhardt (letra) y Alejandro Ávila (música)

Fotografías: Ailín Moreno




Año III, n° 184

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[1]El Vacío Fértil, distinguida en 2018 por el jurado de Teatro del Mundo en su XXI entrega en rubro Instituciones, cuyo contenido esté conectado con problemáticas sociales, políticas y económicas, siempre con el arte como eje reflexivo y transformador.

[2]La autora así sintetiza su perfil autobiográfico en el comunicado de prensa: Aunque desde muy pequeña el teatro formó parte de mi vida, mi formación como dramaturga comenzó en la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid, siendo alumna de autores como Juan Mayorga y Luis Landero. Completé mis estudios junto a José Sanchis Sinisterra, Jordi Galcerán y Ernesto Caballero, entre otros. Las obras que han marcado mi evolución, creando un punto de giro en mi carrera: Vagamundos (donde desarrollé mi concepto de surrealismo y reflejé el mundo insular, consecuencia de mi estancia en Menorca), La musa (inspirada por mi obra breve La zona, escrita en el Obrador de la Sala Beckett de Barcelona), Punto muerto (que abrió mi trabajo a nuevas formas de entender la dramaturgia, dirigiéndose hacia el teatro político), Boomerang (que me aportó una visión mucho más profunda y técnica en conexión con el equipo y la escena) y Brain (escrita en Nueva York). He participado en proyectos desarrollados en colaboración con otros artistas como Theatre Uncut, Pioneras, Ocupa Madrid, Calderón Cadáver, Mapa de recuerdos de Madrid o ¿Qué se esconde tras la puerta? También los viajes han sido clave para el desarrollo de mi escritura: París, Menorca, Londres, Buenos Aires y Nueva York.



lunes, 15 de julio de 2019

LA TRAMPA DEL PARAÍSO PERDIDO. DE ADÁN A AMY WHINEHOUSE

Patricio Suárez y Rhea Volij estrenaron en el Centro Cultural de Cooperación, un original y potente espectáculo de danza que pone en cuestión los límites de género y de géneros, y reafirma aquel concepto nietzscheano que señala la necesidad de contemplar la forma “como el verdadero contenido”. En este caso implica relacionar la danza butho de Kazuo Ohno con el poema de Milton y lo cyborg.

BUTOH (Bu “enterrarse con los pies”, toh “volar con los brazos”)

“El cuerpo delicado, envuelto en un aura mística. Los movimientos pequeños, tranquilos. El cuerpo que se perfila erecto y equilibrado, o el cuerpo que se curva introvertido, en búsqueda infinita de la intimidad. Una máscara maquillada de blanco donde se distinguen la boca, entreabierta, y los ojos, teñidos de tristeza. La angustia que esa máscara tiene. La composición teatral, refinada al extremo. Ese es el Butho, el acceso al mundo de la poesía que sólo la expresión del cuerpo puede propiciar” (Ohno). 

En nuestro país, este arte fue conocido en 1986 – en ese mismo año también por primera vez llegaba una compañía de teatro kabuki- con la visita de su creador quien no sólo mostró su arte ( Admirando a la Argentina, Mar muerto, Vals vienés y fantasmal) sino que explicó objetivos y ciertos aspectos técnicos de su trabajo. En 1992 participó en el Festival de Londrina[1].

En 1995 Gustavo Collini Sartor, quien estudiara esta danza en Japón con su creador, publica en Buenos Aires el primer material con textos y fotografías sobre la danza y la estética Butoh en lengua española; así sintetiza su esencia: “El Butoh es: una vanguardia que crea, con imágenes de pesadilla. Una danza donde los movimientos se eternizan en estampa y los contenidos alcanzan la densidad expresiva de verdaderas esculturas cinéticas.”[2] 

En 1998 regresa a Buenos Aires Rhea Volij después de formarse en parís durante cinco años en danza Butho con Sumako Koseki. Docente, directora y coreógrafa, su presencia en LA TRAMPA DEL PARAÍSO PERDIDO como intérprete junto con Popi Cabrera, y Malena Giaquinta muestra la eficacia del butho a la hora de poder plantearse y responder interrogantes que implican lo estético, lo social y lo filosófico.

¿Qué podemos afirmar hoy de lo humano en los confines de la técnica, en su vaivén existencial entre lo orgánico y lo inorgánico? ¿Qué experiencia física constituye lo Cyborg? ¿Qué formas de placer ensayamos dentro de nuestro paraíso indoor que se impone como expresión de la vida en la Metrópoli?

¿Será posible borronear la domesticación, hacerle una burla a la hipótesis de una historia evolutiva y binaria?, se preguntan los creadores en el programa entregado a los espectadores. En el espectáculo cobra un nuevo sentido la obra de Milton EL PARAÍSO PERDIDO (1667) en la que el tema de la caída de Adán y Eva se focaliza en el análisis del mal y el sufrimiento y en la que Adán es el sujeto capaz de tener visiones del futuro de la humanidad. (Dentro de esas visiones hay un espacio en el que colocar el proceso de destrucción y autodestrucción de Amy Winehouse?)

La coreografía y dirección de Volij compartida con Patricio Suárez apuesta al significado de la imagen y la fuerza de lo sonoro, a la riqueza de la fusión de técnicas en pos de develar y revelar posibles pasados presentes y futuros a través de 

“Cuerpos anónimos, andróginos, técnico-humanoides. Cuerpos-pregunta que conectan con fuerzas que insisten: Adán entrando al paraíso sin saber qué hacer con el deseo que lo acecha; mujeres-pollito aprendiendo a caminar arriba de sus tacones; Amy Winehouse resucitada en el acto de ver y ser vista.” (Programa de mano)

Lo andrógino como enigma y como signo desconcertante remite a la estética neobarroca con funciones operatorias como repeticiones, claroscuros, juego de anversos y reversos en la que no tiene lugar la dimensión binaria, sino la presencia de lo impar (siete paneles que refractan las imágenes de tres bailarinas, un oasis verde con trece frutos). El místico romántico Jackob Böhme pensaba lo andrógino como “pérdida del paraíso”, ¿será por ello, que ese símbolo edénico desaparece después de la primera secuencia?

Adrián Cangi quien ha estudiado el sentido de la androginia en la obra poética y narrativa de Echavarren aporta una serie de conceptos que creo pueden ser aplicados a LA TRAMPA DEL PARAÍSO PERDIDO. Lo andrógino como estado originario inorgánico y pre individual, su desplazamiento y oscilación entre fetichismo y sexualidad, la convivencia de la esbeltez y la potencia, la pesadez y la liviandad un perpetuo movimiento de la forma que en su exploración de bordes alternativos deja al descubierto intersticios.

Entre ellos el que permite acceso a lo cyborg (término creado por Manfred E. Clynes en 1960 y lo define como un compuesto de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos). Creo que el MANIFIESTO CIBORG de Donna Haraway[3] encuentra en la propuesta de Patricio Suárez y Rhea Volij una transposición perfecta, tanto en lo que se refiere a la organización como a la ejecución de la obra.

Ese “híbrido de máquina y organismo” es paralelamente “una criatura de realidad social y también de ficción (la nueva ficción está llena de ciborg ordinarios que son simultáneamente animal y máquina que viven en mundos ambiguamente naturales y artificiales”: Mujeres-pollito que trastabillan, serpientes que reptan o aves que intentan levantar vuelo, las tres intérpretes “bailan la trampa” (palabras finales de la declaración programática) y “se concentran en su cuerpo, como si éste fuera un objeto” (Collini Sartor acerca de las características del butho).

“…-nuestra era, un tiempo mítico-, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquinas y organismos; en unas palabras, somos ciborgs”. Volij, Cabrera y Giaquinta potencian precisamente el espacio vacío, la necesidad de autorrepresentación, y la presencia de paneles/ espejo que adquieren luz propia y enmarcan sus desplazamientos.

“el ciborg no espera que su padre lo salve con un arreglo del jardín (del Edén) es decir mediante la fabricación de una pareja heterosexual”. El verde jardín con sus frutos ha desaparecido; el vestuario, el peinado y el maquillaje como una máscara que unifica muestran cuerpos vaciados de yo; la blancura erradica todo naturalismo y cita al ritual, mientras que el negro lo hace con ese más allá cristalizado de los interrogantes.

LA TRAMPA DEL PARAÍSO PERDIDO conforma dentro del panorama teatral de Buenos Aires un ejemplo de cómo una tradición ajena como el butoh puede ser integrada a un contexto cercano y presente, y como la danza puede plantear problemas estéticos y filosóficos relevantes.




[1] Allí fue entrevistado por Alejandro Cruz, corresponsal de La Maga, publicación de la que tomo las declaraciones  hechas por el creador sobre sus obras ( La Maga, 1° de julio de 1992, “Teatro”)
[2] Collini-Sartor,  KAZUO OHNO, EL ÚLTIMO EMPERADOR DE LA DANZA,  Buenos Aires  Editorial Vinciguerra.
[3] Manifiesto  Ciborg. El sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el círculo integrado, por  Donna  Haraway (1984).  Trad. de  Manuel  Talens, en  http://xenero.webs.uvigo.es/profesorado/beatriz_suarez/ciborg.pdf.

lunes, 8 de julio de 2019

LA POESÍA DE LO COTIDIANO. HASTA EL MARTES, DE VERÓNICA MC LOUGHLIN.

La joven dramaturga y directora Verónica  Mc. Loughlin presenta en su segunda temporada,  en el  teatro  Vera  Vera, HASTA EL MARTES, una obra que toma distancia de la estética  posmoderna y retoma  elementos propios del realismo ( incorporación de diálogos cotidianos, desarrollo  lineal y  progresivo de la trama, una escenografía compuesta por objetos de la vida real), pero los dinamiza  hasta  alcanzar un nivel poético  inusual.

La autora sintetiza así el argumento: “Mario, hombre de  60 años, un viudo que vive solo en su departamento repleto de viejos electrodoméstico y objetos olvidados decide contratar a una persona para limpiar  y acomodar ese espacio. Cada martes, Mario y  Azucena, van entablando un vínculo singular. El encuentro  entre ellos demorará lo que un acorde, lo que un mate, lo que una anécdota. O quizás, un instantes más”.

Las individualidades dramatizadas no responden a tipos o a una fácil caracterización: ni él ni ella  a responden a los personajes (empleador y empleada doméstica)  diseñados en  otras  comedias sino que escapan  a la galería de tipos convencionales.

En qué radica la singularidad de su vínculo?  Ambos son capaces de aceptar las adversidades que marcan  sus  vidas  pero también de encontrar las vías para mejorar la vida de ese otro con el que aleatoriamente han entrado en contacto a través de elementos cotidianos (una planta en reemplazo de objetos inservibles, la música que potencia el recuerdo de momentos felices, la comida compartida).

Según un principio Zen “el mayor  refinamiento consiste en la mayor simplicidad”  (nos lo recuerda M. Asensi); en esta aspecto, la  escenografía de  Emiliano Pandelo juega un rol central. La cuidada recreación de del departamento, la profusión de objetos biográficos pertenecientes al empleador y los objetos funcionales que pertenecen a la empleada doméstica van adquiriendo una dimensión simbólica que acompaña al progreso de la acción. La limpieza realizada por la mujer  conduce a un embellecimiento que moviliza todos los sentidos del hombre (los colores de la manta que adorna el sillón, los olores de la comida, el  sabor del pan casero, los sonidos de la música, y la luz recobrada de una lámpara descompuesta) y conduce a un renacimiento de sentimientos olvidados.

La música elegida apunta a tres campos, uno individual, otro colectivo y otro específicamente dramático.

Julio Tahier debe ser recordado como pionero en el uso de la música y la letra  de  la música popular –en su caso los tangos- como elemento central en la organización del material dramático,  y luego seguido por  Silvia Copello y Betty Gambartes, entre otros autores. En este  caso Mc. Loughlin apela a las canciones de Leonardo  Favio  y Sandro,  que no sólo están cargadas de subjetivismo sino que pintan situaciones comunes a una colectividad y  favorecen  el desarrollo de la acción teatral.

Asimismo la creatividad y la posición ética de Mc. Loughlin hace que una pequeña historia alcance  una inesperada trascendencia al plantear sin ambigüedades el tema de un modo posible (y deseable) de  (re) construir  los vínculos interpersonales y la importancia de dotar de intensidad a los sentimientos y generar el espacio propicio para la memoria afectiva.

Los dos protagonistas, Karina  Antonelli y Mauricio Minetti (quien también se destaca en la versión de Hamlet ofrecida en el  teatro  San Martín en los papeles  de Fantasma y  Sepulturero  1) generan una transferencia  inmediata  con el espectador ayudada, sin duda, por el  pequeño tamaño de la sala; la empatía que se genera en el espacio escénico se traslada rápidamente  al espacio ocupado por los espectadores quienes resultan inmersos  en el mundo ficcional que se les ofrece y que paradójicamente es  vivido como verdadero. Ambos  logran plasmar la propuesta de la autora: la vida como instantes  sucesivos, la existencia como “un simple parpadeo”, la utilidad de las palabras (“quién sabe si este mundo no sería un poco más decente si supiéramos cómo juntar unas cuantas palabras que andan por ahí sueltas” –decía  José Saramago en su ENSAYO SOBRE LA LUCIDEZ),  el poder curativo de la música.





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Año  III,  n° 182
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lunes, 1 de julio de 2019

LOCURA Y EROTISMO EN JUANA LA LOCA DE PEPE CIBRIÁN CAMPOY.

Entre los jóvenes actores debe señalarse la  presencia de Nicolás Pérez Costa, quien de manera notable encarna a la protagonista de esta obra. Resulta siempre difícil precisar, definir o e explicar que  lo que significa “un gran actor”, un “actor sobresaliente”, es decir, justificar desde la lógica de las palabras las impresiones personales en la efímera instancia de la recepción.  Sin embargo  me permito  afirmar que él muestra atributos que hacen a un gran actor: aquel  que captura a un personaje al tiempo que captura al público, oficio, ductilidad, carisma, dicción perfecta. Le basta un movimiento, un desplazamiento por delante, por detrás o por los costados del sillón del trono, el cambio de registro vocal y su manejo del vestuario (un bello y funcional vestuario de  Coral  Barcos que no busca tanto reproducir el “histórico” como citar la estética barroca), para recrear las diversas situaciones  y los seis personajes que el texto propone. Establece asimismo una singular relación cuerpo/luz (su diseño le pertenece): los distintos colores simbólicos (blanco, rojo, azul) guían la lectura de la historia en sus saltos temporales y delimitan los diferentes espacios en la que ella transcurre. El maquillaje  diseñado por Elisa  Dagustini  que subraya al mismo tiempo locura y teatralidad, permite que Pérez Costa exprese con una gesto o una mirada los más variados estados de ánimo: amor, deseo, soledad, angustia, violencia, autoridad, lubricidad, furor; y revela esa cualidad esencial del erotismo el poner en cuestión la vida interior, como lo señala Georges Bataille.

Su voz como prolongación del cuerpo diseña sin hiatos los  distintos  personajes. El autor  no sólo se focaliza en  la protagonista, su angustia y su delirio, su orgullo y su humillación como mujer y como reina, en un plano ficcional;  sino  que  ofrece  un enfoque histórico   con sus referencias a la corona española en la época de la conquista, y en sus relaciones con otros reinos europeos; y una aproximación desde lo sociopolítico propone una reflexión sobre género y poder, a partir del paralelismo y la confrontación entre lo que significa la pareja  Isabel-Fernando y Juana- Felipe.

Un texto de inusual belleza que cita la poesía barroca, una puesta que potencia  el valor rítmico y plástico de una adecuada partitura lumínica. Una actuación modélica. Ese puede ser un resumen de la versión sobre la vida atormentada de Juana la Loca ofrecida en el  Teatro La Mueca.

Pérez Costa es Juana la Loca, anuncia el programa. Me permito invertir los términos y afirmar que para el receptor  Juana la Loca “es” Pérez Costa.






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Año III, n° 181.
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lunes, 24 de junio de 2019

SHAKESPEARE OTRA VEZ EN ESCENA

Uno  de los directores más innovadores y provocadores a la hora de  poner en escena a  Shakespeare, Jorge  Azurmendi, acaba de estrenar Mucho ruido y pocas nueces en el  teatro  La  Comedia.  En el  2011 había dirigido Noche de  Reyes, y en el  2014 con la FSA (Fundación Shakespeare  Argentina) inauguraba la compañía de repertorio con su  puesta en escena de  Como les guste.

Como espectadora, he sentido sobrepasadas todas mis expectativas frente  a una comedia  que presenta dificultades  al traducirla: los juegos de palabras en el original originan la risa, se pierden;  y los cambios de registro con sus juegos de alternancias y rupturas proponen un peligroso desafío a los actores.

En el Reino Unido, Trevor Nunn, director artístico de la  Royal Shakespeare Company a fines de los  ´60, quien puso en escena numerosas comedias y tragedias shakespereanas, consideraba fundamental que  el montaje adoptara  “un enfoque explícito sobre el material del que  parte”. Y Declan Donnellan, quien a partir de los ´80 ha  realizado una decena de montajes de obras de Shakespeare, soslaya  el vestuario de época y todo se concentra para que actores y espectadores se focalizan en ver (el teatro lugar donde se ve a sí mismo y a los otros).

No se trata de comparar los montajes  de Much Ado About Nothing  de los antes citados con el encarado por Jorge Azurmendi sino apreciar de qué manera  el director argentino incorpora  inteligentemente toda una tradición, la modifica y la enriquece. Sabe contar la historia sin buscar  ser el  “dueño” de la narración, y subraya con inteligencia y se focaliza en aquellos aspectos que hacen al género comedia.

Como  Nunn  expone  explícitamente su enfoque sobre el material del que parte. Se centra  en lo que considera el eje   “de todo el teatro de  William  Shakespeare: la representación dentro de la representación o del teatro dentro del teatro” y  entiende que   “Toda la  confusión  y el engaño en esta obra son provocados por un encadenamiento de sucesivas representaciones” .

Como  Donnellan respeta lo esencial del teatro de Shakespeare al situar a los actores en el eje de la representación y proponer una integración natural entre el texto, la música la acción y la imagen. De allí la importancia de la música original de Rony Keselman , la participación  en vivo de  los músicos Cecilia  Zárate,  Pamela  Sleiman,  Andrés Reboratti y Carolina Senes  quien participan activamente de la acción(Carolina Senes, percusión y teclado, pero también  Guardia 4, es un claro ejemplo); la convocatoria a Mecha Fernández para hacerse cargo de la dirección coreográfica marca el interés del director por dar protagonismo a los distintos lenguajes; la escenografía propuesta por Carlos  Di  Pascuo  que reproduce a través de la simetría de seis paraguas suspendidos la función de los seis personajes centrales (las parejas Claudio/Hero, Benedicto/Beatriz y la dupla Dogberry/Verges) sintetizan la mezcla de lo cotidiano y lo fantástico propio del género comedia (para ello cuenta con el aporte del iluminador Roberto Traferri), los paraguas ubicados a los costados funcionan como dispositivos de ocultamiento (esta vez cuenta  con la complicidad del espectador), y los paraguas utilizados como armas refuerzan el espíritu lúdico de la obra.

El director apela al travestismo tanto en el caso del personaje “serio” (Cristina Dramisino es  Leonato y el Guardia 1) como en el cómico (María  Rosa  Frega encarna a Dogberry). Para  Azurmendi “en esa transformación-representación se puede ver el modo en que lo femenino y la masculino fluctúa constantemente, hasta confundir los límites del género”.

Vida cotidiana y  teatro, una unión que afecta a actores y espectadores. En ese lugar para ver y para verse como en la vida hay confusión y engaño. “Los personajes creen lo que ven o escuchan,  porque lo notan o perciben erróneamente.  Por lo tanto me propuse seguir ese hilo conductor y jugar como si esta  comedia se titulase ´Tanto alboroto por una representación´”, al tiempo que  reconoce  que una síntesis del subtexto de la obra podría ser “hay mucho más  que lo que vemos a simple vista”.

Azurmendi, conocedor de los resortes que hacen funcionar a la comedia, regula a  través del ritmo y el tono los movimientos y la atmósfera,  y utiliza la repetición,  por su costado de automatismo  que genera el vacío emocional (Jean Sareil, L´ Écriture Comique). Sus  veintidós actores  conforman lo que se espera de una verdadera compañía de repertorio: talentos y estilos individuales pero homogeneidad a la hora de “representar  Shakespeare”. Un comentario aparte merecen María  Rosa  Frega y  Gustavo  Monje, que encarnan a “los personajes hiperteatrales” de  Dogberry  y  Verges respectivamente, a los que el director le otorga un especial  protagonismo  y “me recuerdan a esos cómicos itinerantes que llevaban su compañía de un pueblo a otro, y por  lo tanto, los incluí como presentadores de la obra”. Mérito de ambos actores es operar sobre el ridículo y la incongruencia, apelar a gags conocidos (y esperados) por el público pero con simpatía, elegancia y justa medida.

La versión de Azurmendi de Mucho ruido y pocas nueces es una “celebración al teatro” pero también una celebración de la vida, una muestra más del poder del arte.






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Año III, n° 180.
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lunes, 17 de junio de 2019

CRISTINA BANEGAS DIRIGE EDIPO REY EN EL TEATRO NACIONAL CERVANTES.

Si alguien encarara el proyecto de  analizar las producciones de los directores más representativos de los siglos  XX y XXI de la  Argentina, sin duda tendría que incluir Edipo rey  y el nombre de Cristina  Banegas. 

El montaje de los clásicos siempre es un desafío y su actualización obligatoria (otra lengua, otro tiempo, otro tipo de espacio, espectadores de heterogénea competencia, diferente  presencia de la música) obliga a quien decide asumirlo un enorme riesgo.

Como catalizadora  del montaje, Banegas sólo genera aciertos. Se podría decir, ante todo, que “traslada eficazmente el texto al escenario”; en qué consiste su eficacia es lo que intento mostrar.

Ante todo la precisa dramaturgia adaptación y versión final que realiza en colaboración de  Esteban Bieda a partir de la traducción y versión originales de  Alberto Ure y  Elisa  Carnelli. La organización de la acción en un espacio circular giratorio  permite el desplazamiento del coro y los actores desde el centro a los bordes  y viceversa y su agrupamiento junto al piano desde el cual Carmen Baliero marca el ritmo de los diferentes discursos.  La escenografía y diseño de imágenes de  Juan  José  Cambre junto con la iluminación y video de Jorge  Pastorino permiten la convivencia de lo clásico y lo actual. Tras el escenario circular giratorio circular las imágenes no figurativas proyectadas marcan secuencias (líneas verticales y luego diagonales según las peripecias) pero especialmente  son los  cuadrados de color cambiante (signo de las edades de la vida, de los cuatro puntos cardinales, de aquello que da orden y fijeza al mundo) los que completan el valor simbólico del círculo (emblema solar y signo de perfección) y así  se representa el diseño  propuesto por Sófocles en su tragedia: el paso de la disonancia a la armonía.

La elección de  Guillermo Angelelli como protagonista es otro acierto. Crea un Edipo clásico y a la vez contemporáneo siempre oscilante entre la violencia y la vulnerabilidad, capaz de trabajar el rostro como si fuera una máscara, alejando sus acciones de lo mecánico para dirigirlas a la generación de imágenes en especial en su enfrentamiento con  Creonte  y el encuentro con sus hijas o, hacia fina, cuando  vuelca todo su peso sobre la tierra. Diseña asimismo su propia partitura  optimizando las propuestas  de  Decroux o de  Barba y genera ese espacio de quietud externa  que permite la aparición de lo invisible que todo gran actor deja  ver en la vida del personaje , muestra con maestría, su poder de disidencia,  su  desnudez y desamparo, la soledad y el desarraigo. Su actuación se corresponde con lo que sugiere la imagen del programa de mano y con lo que  propone  Sófocles en su  discurso “la contradicción entre lo que él creía ser y lo que realmente es” (Karl  Reinhardt). Y agrega un plus: con su gestualidad, su mirada  y su voz que se prolongan fuera de él mismo se proyecta a los receptores  y los involucra  e  interpela generando una verdadera empatía, una catarsis.

La música en escena con la presencia de Carmen Baliero es factor determinante como generadora de energía (energía que se ramifica que sale al exterior, que impacta como un relámpago) como diálogo rítmico con los  actores. La coreografía  que  Jazmín Titiunik propone al Corifeo (Raquel Ameri) y  a los dos coreutas (Liza  Casullo y Hernán Franco) dota de teatralidad a la danza; ellos  con precisos  y provocativos movimientos  “extracotidianos” que obligan al cuerpo al desequilibrio y contraposición de fuerzas,  potencian esa energía extendiéndose siempre más allá, traspasando contornos. También el vestuario trasciende limitaciones  de época: cita, alude pero no busca reconstruir puntualmente una época, no se necesitan ni máscaras ni coturnos.

Esteban  Bieda así  sintetiza el porqué de la elección de la obra y el objetivo de esta versión en el programa de mano:
“En un presente signado por la valoración hiperbólica de las libertades individuales,  Edipo Rey representa una  vuelta a los fundamentos de ese ser-en-el-mundo que somos: aun cuando son pocas –o, incluso, ninguna- las decisiones que tomamos voluntariamente en contra de nuestro propio bienestar, nuestra limitada capacidad de comprender el todo del que formamos parte y nuestro desconocimiento de las implicancias derivadas y de las resonancias para nosotros inaudibles de nuestros actos hacen que en muchas ocasiones seamos los  colaboradores principales de nuestra propia ruina (…) Si hay algo que resuena  en nuestros días de la obra de  Sófocles es la denuncia de las opiniones personales infundadas, del empecinamiento en creer tan solo en nosotros mismos, descuidando aquello que nos define: somos falibles, somos limitados, el errar nos constituye”





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Año  III, n° 179
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