lunes, 24 de junio de 2019

SHAKESPEARE OTRA VEZ EN ESCENA

Uno  de los directores más innovadores y provocadores a la hora de  poner en escena a  Shakespeare, Jorge  Azurmendi, acaba de estrenar Mucho ruido y pocas nueces en el  teatro  La  Comedia.  En el  2011 había dirigido Noche de  Reyes, y en el  2014 con la FSA (Fundación Shakespeare  Argentina) inauguraba la compañía de repertorio con su  puesta en escena de  Como les guste.

Como espectadora, he sentido sobrepasadas todas mis expectativas frente  a una comedia  que presenta dificultades  al traducirla: los juegos de palabras en el original originan la risa, se pierden;  y los cambios de registro con sus juegos de alternancias y rupturas proponen un peligroso desafío a los actores.

En el Reino Unido, Trevor Nunn, director artístico de la  Royal Shakespeare Company a fines de los  ´60, quien puso en escena numerosas comedias y tragedias shakespereanas, consideraba fundamental que  el montaje adoptara  “un enfoque explícito sobre el material del que  parte”. Y Declan Donnellan, quien a partir de los ´80 ha  realizado una decena de montajes de obras de Shakespeare, soslaya  el vestuario de época y todo se concentra para que actores y espectadores se focalizan en ver (el teatro lugar donde se ve a sí mismo y a los otros).

No se trata de comparar los montajes  de Much Ado About Nothing  de los antes citados con el encarado por Jorge Azurmendi sino apreciar de qué manera  el director argentino incorpora  inteligentemente toda una tradición, la modifica y la enriquece. Sabe contar la historia sin buscar  ser el  “dueño” de la narración, y subraya con inteligencia y se focaliza en aquellos aspectos que hacen al género comedia.

Como  Nunn  expone  explícitamente su enfoque sobre el material del que parte. Se centra  en lo que considera el eje   “de todo el teatro de  William  Shakespeare: la representación dentro de la representación o del teatro dentro del teatro” y  entiende que   “Toda la  confusión  y el engaño en esta obra son provocados por un encadenamiento de sucesivas representaciones” .

Como  Donnellan respeta lo esencial del teatro de Shakespeare al situar a los actores en el eje de la representación y proponer una integración natural entre el texto, la música la acción y la imagen. De allí la importancia de la música original de Rony Keselman , la participación  en vivo de  los músicos Cecilia  Zárate,  Pamela  Sleiman,  Andrés Reboratti y Carolina Senes  quien participan activamente de la acción(Carolina Senes, percusión y teclado, pero también  Guardia 4, es un claro ejemplo); la convocatoria a Mecha Fernández para hacerse cargo de la dirección coreográfica marca el interés del director por dar protagonismo a los distintos lenguajes; la escenografía propuesta por Carlos  Di  Pascuo  que reproduce a través de la simetría de seis paraguas suspendidos la función de los seis personajes centrales (las parejas Claudio/Hero, Benedicto/Beatriz y la dupla Dogberry/Verges) sintetizan la mezcla de lo cotidiano y lo fantástico propio del género comedia (para ello cuenta con el aporte del iluminador Roberto Traferri), los paraguas ubicados a los costados funcionan como dispositivos de ocultamiento (esta vez cuenta  con la complicidad del espectador), y los paraguas utilizados como armas refuerzan el espíritu lúdico de la obra.

El director apela al travestismo tanto en el caso del personaje “serio” (Cristina Dramisino es  Leonato y el Guardia 1) como en el cómico (María  Rosa  Frega encarna a Dogberry). Para  Azurmendi “en esa transformación-representación se puede ver el modo en que lo femenino y la masculino fluctúa constantemente, hasta confundir los límites del género”.

Vida cotidiana y  teatro, una unión que afecta a actores y espectadores. En ese lugar para ver y para verse como en la vida hay confusión y engaño. “Los personajes creen lo que ven o escuchan,  porque lo notan o perciben erróneamente.  Por lo tanto me propuse seguir ese hilo conductor y jugar como si esta  comedia se titulase ´Tanto alboroto por una representación´”, al tiempo que  reconoce  que una síntesis del subtexto de la obra podría ser “hay mucho más  que lo que vemos a simple vista”.

Azurmendi, conocedor de los resortes que hacen funcionar a la comedia, regula a  través del ritmo y el tono los movimientos y la atmósfera,  y utiliza la repetición,  por su costado de automatismo  que genera el vacío emocional (Jean Sareil, L´ Écriture Comique). Sus  veintidós actores  conforman lo que se espera de una verdadera compañía de repertorio: talentos y estilos individuales pero homogeneidad a la hora de “representar  Shakespeare”. Un comentario aparte merecen María  Rosa  Frega y  Gustavo  Monje, que encarnan a “los personajes hiperteatrales” de  Dogberry  y  Verges respectivamente, a los que el director le otorga un especial  protagonismo  y “me recuerdan a esos cómicos itinerantes que llevaban su compañía de un pueblo a otro, y por  lo tanto, los incluí como presentadores de la obra”. Mérito de ambos actores es operar sobre el ridículo y la incongruencia, apelar a gags conocidos (y esperados) por el público pero con simpatía, elegancia y justa medida.

La versión de Azurmendi de Mucho ruido y pocas nueces es una “celebración al teatro” pero también una celebración de la vida, una muestra más del poder del arte.






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Año III, n° 180.
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lunes, 17 de junio de 2019

CRISTINA BANEGAS DIRIGE EDIPO REY EN EL TEATRO NACIONAL CERVANTES.

Si alguien encarara el proyecto de  analizar las producciones de los directores más representativos de los siglos  XX y XXI de la  Argentina, sin duda tendría que incluir Edipo rey  y el nombre de Cristina  Banegas. 

El montaje de los clásicos siempre es un desafío y su actualización obligatoria (otra lengua, otro tiempo, otro tipo de espacio, espectadores de heterogénea competencia, diferente  presencia de la música) obliga a quien decide asumirlo un enorme riesgo.

Como catalizadora  del montaje, Banegas sólo genera aciertos. Se podría decir, ante todo, que “traslada eficazmente el texto al escenario”; en qué consiste su eficacia es lo que intento mostrar.

Ante todo la precisa dramaturgia adaptación y versión final que realiza en colaboración de  Esteban Bieda a partir de la traducción y versión originales de  Alberto Ure y  Elisa  Carnelli. La organización de la acción en un espacio circular giratorio  permite el desplazamiento del coro y los actores desde el centro a los bordes  y viceversa y su agrupamiento junto al piano desde el cual Carmen Baliero marca el ritmo de los diferentes discursos.  La escenografía y diseño de imágenes de  Juan  José  Cambre junto con la iluminación y video de Jorge  Pastorino permiten la convivencia de lo clásico y lo actual. Tras el escenario circular giratorio circular las imágenes no figurativas proyectadas marcan secuencias (líneas verticales y luego diagonales según las peripecias) pero especialmente  son los  cuadrados de color cambiante (signo de las edades de la vida, de los cuatro puntos cardinales, de aquello que da orden y fijeza al mundo) los que completan el valor simbólico del círculo (emblema solar y signo de perfección) y así  se representa el diseño  propuesto por Sófocles en su tragedia: el paso de la disonancia a la armonía.

La elección de  Guillermo Angelelli como protagonista es otro acierto. Crea un Edipo clásico y a la vez contemporáneo siempre oscilante entre la violencia y la vulnerabilidad, capaz de trabajar el rostro como si fuera una máscara, alejando sus acciones de lo mecánico para dirigirlas a la generación de imágenes en especial en su enfrentamiento con  Creonte  y el encuentro con sus hijas o, hacia fina, cuando  vuelca todo su peso sobre la tierra. Diseña asimismo su propia partitura  optimizando las propuestas  de  Decroux o de  Barba y genera ese espacio de quietud externa  que permite la aparición de lo invisible que todo gran actor deja  ver en la vida del personaje , muestra con maestría, su poder de disidencia,  su  desnudez y desamparo, la soledad y el desarraigo. Su actuación se corresponde con lo que sugiere la imagen del programa de mano y con lo que  propone  Sófocles en su  discurso “la contradicción entre lo que él creía ser y lo que realmente es” (Karl  Reinhardt). Y agrega un plus: con su gestualidad, su mirada  y su voz que se prolongan fuera de él mismo se proyecta a los receptores  y los involucra  e  interpela generando una verdadera empatía, una catarsis.

La música en escena con la presencia de Carmen Baliero es factor determinante como generadora de energía (energía que se ramifica que sale al exterior, que impacta como un relámpago) como diálogo rítmico con los  actores. La coreografía  que  Jazmín Titiunik propone al Corifeo (Raquel Ameri) y  a los dos coreutas (Liza  Casullo y Hernán Franco) dota de teatralidad a la danza; ellos  con precisos  y provocativos movimientos  “extracotidianos” que obligan al cuerpo al desequilibrio y contraposición de fuerzas,  potencian esa energía extendiéndose siempre más allá, traspasando contornos. También el vestuario trasciende limitaciones  de época: cita, alude pero no busca reconstruir puntualmente una época, no se necesitan ni máscaras ni coturnos.

Esteban  Bieda así  sintetiza el porqué de la elección de la obra y el objetivo de esta versión en el programa de mano:
“En un presente signado por la valoración hiperbólica de las libertades individuales,  Edipo Rey representa una  vuelta a los fundamentos de ese ser-en-el-mundo que somos: aun cuando son pocas –o, incluso, ninguna- las decisiones que tomamos voluntariamente en contra de nuestro propio bienestar, nuestra limitada capacidad de comprender el todo del que formamos parte y nuestro desconocimiento de las implicancias derivadas y de las resonancias para nosotros inaudibles de nuestros actos hacen que en muchas ocasiones seamos los  colaboradores principales de nuestra propia ruina (…) Si hay algo que resuena  en nuestros días de la obra de  Sófocles es la denuncia de las opiniones personales infundadas, del empecinamiento en creer tan solo en nosotros mismos, descuidando aquello que nos define: somos falibles, somos limitados, el errar nos constituye”





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Año  III, n° 179
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lunes, 10 de junio de 2019

LA TEMPORADA 2019 EN BUENOS AIRES SE PERFILA COMO EXCEPCIONAL.


En lo que va del año la temporada teatral ofrece una serie de datos que me llevan a pensar que será realmente excepcional. En estos primeros meses se registra una notable concurrencia de público, calidad y variedad de la programación de los teatros oficiales, comerciales y del aún llamado “off” y la realización de festivales internacionales y nacionales ya realizados, y otros proyectados para lo que resta del año. Pero considero como hecho especialmente significativo la creación de nuevas salas teatrales y espacios culturales en distintos barrios.

 Tal como figura en el informe de prensa, tras 20 años de ininterrumpida labor cultural, el Camarín de las Musas lanza su formación actoral e inaugura el “Teatro Escuela El Camarín” en donde un programa de formación de tres años a cargo de las actrices y docentes Paula Brasca y Eloísa Colussi, los alumnos podrán adquirir no sólo técnicas de interpretación, sino también herramientas para su inserción laboral en la industria cultural. Colussi sostiene 
Para nosotros es fundamental que quienes se forman aquí puedan orientar los recursos aprendidos al mundo laboral si así lo desean. Se cubre exhaustivamente el aspecto técnico pero también el comercial, que incluye materias opcionales como marketing y personal branding, técnicas para audiciones y una taller de montaje permanente que realiza funciones en el teatro y forma parte de la cartelera teatral del Camarín de las Musas.


Resultó auspicioso que dos actores de la relevancia de Claudio Da Passano y Malena Figó protagonizaran una charla/debate sobre diversos aspectos del oficio y la técnica del actor con motivo de la inauguración y esta no se limitara a un brindis. Quienes están al frente de El Camarín han demostrado en su extensa y continuada trayectoria que más allá de crisis económicas o conflictos políticos, las propuestas serias, encaradas con solvencia, capaces de atraer al público (a diferentes públicos) son sustentables en el tiempo. Fuera del circuito oficial y comercial, situado en el barrio de Almagro, el Camarín llena de público sus varias salas, ofrece espacios a exposiciones, ofrece un buen servicio de bar y restaurante y ahora una escuela que promete convertirse en referente insoslayable.


En abril se abrió “Planta” en el barrio de Parque Patricios. Este centro de investigación y Creación Transversal con el objetivo de transformar e interpelar la práctica, las tradiciones artísticas y los modos de producción. Sus coordinadores en el campo artístico (Elisa Carricajo, Melina Seldes, Juan Onofri Barbato) planta es una plataforma para por este impulso asuman el riego de seguir en la pregunta, y en la acción, en la potencia y en el despliegue. Su programación y los cursos a dictar que incluyen creadores argentinos y uruguayos se orientan hacia el cuerpo, como autorreferente (Seldes), situado entre el intento y la hazaña (Barbato) “en el marco del proyecto insurrección de lo sensible” (Folco), como sujeto de exploración “de las fuerzas del mundo que nos afectan” (Lang), como sujeto de investigación para potenciarlo tanto en el entrenamiento como en el juego (Manso Hoffman), como protagonista en contact improvisación (Molina), como sede de tres sentidos -tacto, vista y kinestesia- centrales a la hora de la comunicación y composición coreográfica (Pereiro Numer) y de las actividades motrices (García Lizziero).
Melina Seldes y su presenta un programa internacional de creación, intercambio y reflexiones y prácticas: cuerpo performático, discurso y contexto. El grupo Piel de Lava plantea un seminario como un espacio de producción en el que se probarán ejercicios y dispositivos que habilitan la creación grupal, y hay que agregarle cursos y seminarios sobre cine y música.


También resultado de la iniciativa privada se inaugura en junio “La Golondrina Espacio Cultural” en un espacio del barrio del once, en el que por más de cuarenta años funcionó un depósito de mercaderías. Esta apertura acompaña, tal como lo indican sus responsables, a una transformación del barrio que gracias a la iniciativa de las autoridades capitalinas que hicieron muchas de sus calles peatonales, instalaron luminarias, ensancharon veredas “lo cual le devolvió una vida social y comunitaria más allá del horario del comercio”
En mayo de Nicolás Juan Porrás nos enviaba un extenso mensaje en el que explicaba los motivos de por qué abrir hoy un Espacio Cultural. Ante todo su deseo de trascender el hecho de poner una obra en escena y tener la posibilidad de vincularse con otras disciplinas a través de seminarios; desde el teatro aportar un saber “que atañe al fondo de la existencia humana”, más allá de “entretener, conmover, provocar o cuestionar”; escuchar a los poetas que permiten “vislumbrar nuestra existencia desde otro lugar, el del arte y la palabra poética”. Dos metáforas podrían resumir el sentido y los objetivos de este nuevo centro: un viaje semejante al de la “pequeña y aventurera golondrina” y el transformar un depósito de mercancías, vaciarlo, y finalmente llenarlo de todas las posibles formas del arte, en especial, el teatro.


Estos tres ejemplos de iniciativa privada revelan la vitalidad y libertad creativa que una ciudad como Buenos Aires es capaz de generar cuando los artistas talentosos se nuclean a partir de proyectos pensados con objetivos claros y concretos. Y que se suman a focos culturales anteriores como el CELCIT -gestionado por Carlos Ianni-, El Muererío –dirigido por Diego Starosta- y Andamio 90 -inspirado por Alejandra Boero- entre muchos otros.

En el campo oficial debe destacarse la nueva actividad abierta a la comunidad que lanzó en mayo el Complejo Teatral de Buenos Aires. La Escuela de Oficio del Teatro de la Ribera, surgida en 2017 bajo la necesidad de “promover la capacitación y actualización de profesionales y técnicos del espectáculo en vivo y con el objetivo de preservar y sistematizar los saberes artesanales del oficio teatral” ofrece dos talleres a cargo de sus docentes: sastrería y zapatería teatral.

Todos estos hechos resultan auspiciosos a la hora de enriquecer una temporada de por sí excelente habida cuenta, como lo señalamos al principio la calidad y la diversidad de obras, directores, bailarines, músicos y performers que se presentan en las numerosas salas distribuidas en toda la ciudad.

 
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Año III, n° 178
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lunes, 3 de junio de 2019

SANTIAGO DORIA REAFIRMA LA VIGENCIA DEL TEATRO CLÁSICO ESPAÑOL

El estreno de El lindo Don Diego en el Instituto de la Cooperación bajo la dirección de Santiago Doria ejemplifica la vigencia del teatro clásico español cuando esos textos encuentran un director capaz de convertir lo lejano en cercano. No necesita alterar y “modernizar” las palabras de Agustín Moreto para generar una recepción participativa, ni de escenografía alguna para encandilarlo o contextualizarlo. Le bastan la excelencia de los intérpretes (Gabriel Virtuoso, Andrés D´Adamo, Mónica D´Agostino, Ana Yovino, Pablo Di Felice, Irene Almus, Francisco Pesqueira y Gastón Ares), el vestuario funcional, lúdico y simbólico diseñado por Maydée Arigós y la música original de Gerardo Gardelín que contextualiza los cuadros que abren y cierran el espectáculo.

El director reconoce los motivos de su elección. Moreto es “un fino cincelador de caracteres, un gran observador y un maestro del diálogo gracioso, elegante e inteligente “que sabe “jugar con enredos y situaciones cómicas para deleite del público” (Programa de mano) Reconozco en Doria cualidades semejantes. Su experiencia en el género comedia hace que acierte en la elección del elenco y los oriente en la conformación de los personajes de modo que, al tiempo de respetar los rasgos típicos impuestos por el autor y la época, los nutren de individualidad. Los enamorados y los criados confluyen con sus acciones, sus gestos y los tonos de sus respectivos discursos a revelar desde el comienzo la obstinación, la ignorancia y la ridiculez del protagonista hasta que este al desengaño final. Doria organiza su puesta manteniendo siempre esos dos equilibrios inestables que exige el género, según Marie-Claude Canova: placer/instrucción y acción/personajes. Realza su elemento más importante, el ritmo, con una adecuada dosificación de aceleraciones y desaceleraciones, en las que participan no sólo los desplazamientos físicos sino que resulta determinante la perfecta emisión de los versos (acentos, pausas, modulación).

La centralidad espacial que otorga a los criados subraya la derrota del cortesano ridículo que llega al cenit del autoengaño cuando a pesar de las ropas que viste la criada la sigue viendo como condesa. El cuadro final reafirma la teatralidad como potencia reveladora, el rostro del protagonista a diferencia del cuadro del comienzo se enfrenta al público como un espejo en el que este puede refractarse. ¿Hasta qué punto los humanos utilizamos como Don Diego un espejo “empañado” en el que nos vemos como nos gusta imaginarnos?

El espectáculo subraya las dos funciones que el mito de Narciso y la obra de Moreto le ofrecen: la función tópica erudita (actualización), la función comparativa (metáfora), función ejemplificadora (el mito como “aviso”), función metamítica (re-creación estética) y función burlesca (el mito al servicio del humor)
[1]. Por ello, la elección de El lindo Don Diego no resulta una reconstrucción de algo pasado: la “comedia de figurón, basada en satirizar al “lindo” de la que habla Doria es mucho más porque nos habla del narcisismo contemporáneo que exalta la belleza física como valor superior, la ceguera ante la opinión del otro con la que se disiente, y la consagración de las “selfies” como nuevo espejo de autocontemplación. El ser = ser visto, o dicho de otro modo “no poder ser sin ser visto”.

El lindo Don Diego, estrenado en el marco del Ciclo del Siglo de Oro Español, ha sido invitado para presentarse en el 42° Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro a raíz del éxito que la edición anterior del citado encuentro obtuviera el espectáculo La discreta enamorada, dirigida también por Doria y protagonizada por Ana Yovino (premiados en nuestro país en los rubros Mejor Espectáculo, Mejor Director y Mejor Actriz con el ACE de Oro y el Pr. Trinidad Guevara 2017).






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 Año III, n° 177
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[1] Tomo la clasificación de las cinco funciones de la obra de Rosa Romojaro, Las funciones del mito clásico en el Siglo de Oro, Barcelona, Anthropos, 1998.  

lunes, 27 de mayo de 2019

DOBLAR MUJER POR LÍNEA DE PUNTOS … REVISITADA

Margarita Bali acaba de presentar en el Teatro Payró un espectáculo ofrecido en 1995 en el Centro Cultural Recoleta, Sala Capilla El Aleph, en el ciclo Contemporánea Homenaje a Ana Itelman. El reestreno ofrece interesantes aspectos a tener en cuenta. Quien fuera intérprete de la obra original, Gabriela Prado, lo vuelve a ser en esta oportunidad, y además colabora en la coreografía original de Margarita Bali, quien a su vez participa como intérprete de lo que en esta oportunidad califica de performance.

El espectáculo se organiza en tres principales secuencias. Una, de tono informativo sobre la obra original, su intérprete, la primera actuación de Núcleo Danza en los ´70, fragmentos de coreografías y de algunas opiniones de la crítica que aparecen sobreimpresas en el cuerpo de la bailarina. Esto puede ser entendido en dos direcciones: como voluntad de registro, pero asimismo la crítica como inseparable del hecho artístico y de los artistas. De hecho también una opinión crítica, la de Silvia Gsell (La Nación, abril 1996) aparece citada en el programa de mano:

“Ella se desliza, se retuerce, se funde y agoniza con los muebles, que son parte de su vida cotidiana y de su realidad “surrealista”. Prado es deslumbrante, a la par que conmueve en la personalidad dolorosa, desesperada y solitaria de ese personaje que le impuso Bali. La coreografía es excelente, en movimientos angulares con direcciones contrapuestas. Obligan a raras acrobacias que solo una intérprete con enorme sensibilidad espacial puede realizar. Es así que Prado baila sin miedos y con un equilibrio de ave. Soberbia y audaz es continente de una obra concisa para la reflexión profunda.”

En esta reposición, el desempeño de la bailarina confirma estas reflexiones. Su técnica perfecta está en íntima sintonía con una expresividad que naturalmente incorpora teatralidad a la danza: ella se expone y al mismo tiempo representa. Sus recursos técnicos se orientan a la creación de imágenes poéticas y dinámicas que comunican sensaciones y afectan a la sensibilidad del espectador. Lo estético es entendido como “la organización sensorial de la realidad anárquica y aleatoria, en formas que le dan sentido, y a nosotros, placer”
[1]

El soporte tecnológico (videos y proyecciones compaginados también por Margarita Bali) permite por momentos homologar, en otros completar, en otros contraponer, la versión original con la actual y reafirmar las cualidades de la intérprete, en especial su “equilibrio de ave”.

Los previos trabajos de la coreógrafa -exitosos todos ellos y muchos de ellos de proyección internacional- en los que utiliza el video como herramienta artística y la elección de un formato interdisciplinario con proyecciones y coreografías escénicas son ilustrativos de las líneas expresivas exploradas: doce obras de video danza (1993-2009), veintinueve videos instalaciones (2001-2014), cuatro obras específicas sobre edificios (2005-2012). La tercera secuencia de Doblar mujer por línea de puntos…revisitada vuelve a propone el diálogo entre cuerpo/s vivo/s y la visualidad electrónica. Combina tiempos progresivos y recursivos, lo compositivo estructurado en repeticiones y diferencias. No se trata de generar puras sensaciones; hay un efecto de seducción, pero de ambigüedad o irracionalidad: hay historia, memoria, secuencialidad; el tiempo es registrado como instante y como duración (en el 2018, esta obra participó del Festival de Danza Contemporánea de Buenos Aires en la sección “Memorias en movimiento”). El registro de momentos y circunstancias como dato objetivo y como selección subjetiva.

La relación con el cubismo es clara por el diseño de los objetos y las líneas de los desplazamientos del cuerpo (segunda secuencia) y de los cuerpos (tercera secuencia) en el espacio, conexión que la propia coreógrafa se encarga de explicitarlo. La geometría “bárbara” propuesta por Picasso le permite descomponer y recomponer la realidad, compenetrar planos y generar “simultaneísmo de visión” (Guillermo de Torre)

Margarita Bali en su diálogo con la bailarina despliega como performer un sutil dominio del humor y sabe dosificar las referencias autorreferenciales, de modo que ciertos códigos inmediatamente reconocidos por un sector “calificado” del público (coreógrafos, bailarines, actores, críticos), no resulten herméticos para el espectador “profano”.

Estoy consciente de la dificultad de intentar traducir en palabras lo visual y lo sonoro no lingüístico, y tengo dudas de hasta qué punto es comunicable una experiencia artística. Pero sí la legitimidad de transmitir, de hacer partícipes a otros de una recepción enriquecedora, de la presencia y la vigencia de dos artistas notables en el campo de la danza: Margarita Bali y Gabriela Prado.







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Año III, n° 176
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[1] Augusto Boal “El Pensamiento Sensible y el Pensamiento Simbólico en la Creación Artística” (La Puerta. Publicación de Arte y Diseño, Universidad nacional de La Plata, Facultad de Bellas Artes, año 3, n° 3, 2008, p. 41.

lunes, 20 de mayo de 2019

DIEGO STAROSTA, UN ACTO DE CREACIÓN

Al frente de la Compañía El Muererío Teatro, Diego Starosta presentó El immitador de Demóstenes. Esta “conferencia teatral” -así por el subtitulada-orienta en una dirección totalmente nueva el hecho escénico. Dice con el texto escrito la palabra hablada (proyección en scroll del texto que el actor pronuncia), con el cuerpo (voz, desplazamientos, trabajo con los objetos diseminados en el espacio), pero ese decir soslaya cualquier tipo de estereotipo. Hay sí, en principio un reconocimiento inmediato por parte del receptor, pero los recursos puestos en juego se organizan para que a una primera percepción estética (comunicación sensorial) le siga mucho después de finalizado el espectáculo una reflexión sobre lo visto-oído.

Starosta eligió dos textos: Vacío y Presencia, de José Sanchís Siniserra, y fragmentos del libro Rapsodia para el teatro, de Alain Badiu. En el programa de mano incluye un manifiesto que explica la génesis del espectáculo:

“Es que no hay mejor texto que yo pueda abordar ahora que es un tiempo de vacío en esta cultura de pobre materialidad. El vacío no es la nada, sino la ausencia, y es este presente, que no es de nada sino de ausencia.” 
“Esta ausencia se multiplica en todos los planos de la cultura porque se acciona (y se enuncia) con una desmesura que atropella el presente. Es esta una ausencia negativa, de falta.”

Esa pobreza y esa ´nadidad´ aparecen ejemplificadas para el espectador desde el mismo que entra a la sala: maderas dispersas sin orden aparente a través de las cuales el actor se desplaza y su gestualidad intensifica lo que el video reproduce: la política como espectáculo, el gesto insustancial y a lo sumo glamoroso.

“Por el contrario, el texto de Sanchís Sinisterra refiere a partir de la presencia inevitable de un cuerpo en la ficción, a una ausencia que es el germen de todas las cosas, un vacío que aparece como la fuete donde un sentido nace, donde algo inédito de la vida misma en su inagotable trascendencia encuentra el espacio necesario para decirse, entregarse a ser creado. Un vacío positivo, de potencia”

De allí, el diálogo entre la palabra pronunciada y la actuación se refuerza con las proyecciones de distintos espectáculos y artistas relacionados con el teatro, y confirma lo que teóricamente afirmaba al final del manifiesto:
“Este espectáculo instala su razón en esa tensión, en esa frágil frontera entre el vacío terminal de una realidad y la potencia creadora de la ausencia en otro escenario”.

La fuerza de las imágenes radican en esa dinámica por la que al hacerse presente implican también una ausencia; el presente, un pasado; y en el caso de las de contenido político revelan la falsedad pero al mismo tiempo la verdad porque Starosta supo escoger aquellas en las que “se expresan los síntomas” (Georges Didi- Huberman) y le permiten “cepillar la realidad al revés” (Walter Benjamin).

La música elegida tiene que ver precisamente con el interrogante que plantea al promediar el espectáculo: “¿Será la política eso de lo cual la Historia no es sino su escena?¿Idea demasiado romántica?” Esta elección no sólo puede ser entendida como ilustración (Schumann es uno de los compositores más representativos del Romanticismo) sino como símbolo que sintetiza todo el espectáculo (el lied se caracteriza por su brevedad, su relación con el poema y la canción popular y es escrita para voz solista)

La imagen del programa que muestra a “Demóstenes, ahí, frente a las olas, practicando oratoria a grito pelado (…) berreando ante el mar embravecido” es paralela a la del actor del espectáculo, luchando para hacerse entender por el espectador (el otro) a través de una obra que semeja a un “remolino que se abre y se cierra”, en la que predominan los interrogantes y ofrece como certezas (si es posible hablar de certeza ) la nada, el vacío, el silencio y la falta de esperanza.
[1]

Tres momentos se me presentan como claves de lectura: los desplazamientos pugilísticos en un escenario/ring con los guantes de boxeo; las referencias a la importancia de la recepción; y el final, en el que el protagonista construye con maderas y clavos una caja en la que se encerrará. Momentos que están estrechamente conectados: el actor y su lucha para vencer y dominar el “texto”, el espacio y al público en un juego dialéctico de rechazo del aplauso y necesidad del reconocimiento.

Este comentario no pretende decodificar El immitador de Demmóstenes, propuesta compleja y abierta a diferentes temas (el teatro y su relación con la moral, lo real, la política y el Estado; el rol del espectador y el del actor), ni interpretar el pensamiento de su creador, sino dar testimonio de una recepción individual que se reconoce ante la presencia de una “obra de arte” cuyas metáforas ´crean´ contenidos, que no repite ni copia. Combina historia, ensayo y ficción y cambia la forma de simbolizarlos; no se limita a apropiarse de ciertos textos, sino que los “incorpora” y explora la “tensión entre la obra de arte como fenómeno histórico y fuerza viva en nuestra cultura actual (Robert Weimann).

Como Demóstenes, Starosta, supera todas las dificultades, descubre en su puesta en escena el valor del ritmo y apela a los mejores recursos para seducir y convencer al receptor.

 







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 Año III, n° 175

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[1] Las citas corresponden al texto del libreto.

lunes, 13 de mayo de 2019

MARCELO SAVIGNONE FRENTE EL UNIVERSO SHAKESPEREANO.


¿Cuáles son las herramientas con las que un director/actor puede sumergir a los espectadores en el universo shakespereano sin intentar reconstruir el los elementos que hacían a la puesta en escena en el siglo XVI?

Un profundo conocimiento del autor y de la obra le permite organizar los elementos que hacen a la representación de modo sincronizado y perfecto, de modo que todos y cada uno orienten la mirada del espectador hacia lo que él se ha propuesto como adaptador (en colaboración con Patricio Orozco), actor y director. 

La necesidad de este material radica en la posibilidad de presentar el síntoma de la ambición que provoca el poder,, declarando la maldad como una realidad más, como una vivencia en donde nos reconocemos. Me interesa profundamente hablar del poder como un lugar donde hablamos y padecemos, donde nuestra vida se consume y la codicia es el símbolo de la existencia, el desprendimiento del mal trágico de Ricardo III como poesía de la destrucción y la llegada de la conciencia como un alivio, inflingiendo al tirano”. (Informe de prensa)
Así aparece su pensamiento sintetizado en el Programa de mano: “Cruel se manifiesta como un espejo deforme de la condición humana, la representación de lo horriblemente bello, las palabras de Shakespeare golpeando la puerta de nuestro presente, las voces del pasado que hacen eco en la crueldad de nuestros días. Cruel es la aceptación de todo aquello de lo que estamos hechos”.

Estas lúcidas reflexiones teóricas se plasman en la praxis.

Marcelo Savignone director ofrece una concepción del espectáculo en la que los elementos simbólicos (máscaras y objetos realizados respectivamente por Alfredo Iriarte y Cristian Cabrera; el vestuario creado por Mercedes Colombo) potencian esta visión sobre la vigencia del pasado en nuestro presente.

La escenografía de Gonzalo Córdoba Estevez no sólo optimiza el espacio con los telones transparentes al fondo y la tarima que avanza al frente, sino que habilita junto con la precisa iluminación de Ignacio Riveros una inmediata comprensión de los apartes, de los diversos espacios citados e implícitos, el afuera y el adentro. Paralelamente su creación de una larga mesa representa la co-presencia de eros y thanatos, el núcleo de las intrigas y el lugar en el que se sitúa el poder. Las máscaras de los funcionarios separadas de sus rostros transmiten de modo claro la duplicidad y la falsedad. La máscara animal que el protagonista usa sobre la nuca, su lado bestial y la fuerza de los deseos impuros, el abismamiento amoral en lo perverso”
[1].

La música original del compositor argentino Sergio Bulgakov, sitarista consagrado y cultivador de una personalísima “música de fusión”, ofrece para este espectáculo una partitura de claro valor narrativo a la hora de revelar estados de ánimo y de fuerte carga rítmica al relacionar los elementos del sonido (altura, duración, intensidad y timbre) con los de los desplazamientos coreográficos (energía, espacio, tiempo) especialmente en el caso de Savignone, quien diseña junto el músico el ritmo de toda la puesta en escena.
[2]

En su desempeño como actor Savignone nos ofrece un Enrique III único e irrepetible. Su cuerpo funciona como apropiado instrumento para revelarnos paralelamente el mundo que presenta Shakespeare y la interpretación que de este se realiza en la adaptación. Enrique III obra perversamente y es dueño de una libertad que le ofrece todo tipo de recursos sin trabas para corromper, despojar y despojarse de la humanidad sustancial, revelar al egoísmo como motor del individuo. Pero el título ha cambiado: el nombre del rey ha sido sustituido por un adjetivo (“cruel”). Ya no se trata tanto de presentar la historia (o la prehistoria) de la realeza inglesa y la corrupción y mediocridad de los políticos de entonces, como subrayar una homologación con el presente al que los distintos lenguajes escénicos (vestuario, música, objetos) como el discurso verbal empleado en esta traducción/versión se orientan. De modo enérgico pero al mismo tiempo sutil el protagonista impone su interpretación sobre el erotismo como conquista, y la desmesura como ejercicio de la libertad.

La escena de la lucha con el oso remite al autor inglés, pero también al violento mundo actual; es también un signo del presente la ubicación central que le otorga a los personajes femeninos. Por esto resulta acertada  la elección del color negro del vestuario, porque en todas a las época  aporta una  fuerte carga simbólica ( dolor, duelo, el mal, lo primitivo y originario...)

A los ojos de Shakespeare, aquellos que pueden aceptar y seguir el término medio entre el cinismo y la confianza ciega, la ingenuidad y el desprecio por la humanidad, son los únicos que, en su verdadera naturaleza, son capaces de sostenerse en un mundo cuyas normas se desintegran
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A los ojos de Marcelo Savignone es posibilidad del teatro descubrir el ´alma de la época´ y a través de un esquema de imágenes y símbolos profundiza nuestra comprensión del dramaturgo inglés y lo muestra como nunca como nuestro contemporáneo. Supo encontrar en Enrique III las claves para interpretar el presente y precisar los alcances de su aclamada  universalidad.



Ph Cristian Holzmann


Ph Cristian Holzmann

 
www.goenescena.blogspot.com.ar
 Año III, n° 174.
 pzayaslima@gmail.com



[1] Paul Diel, Simbolismo en la  mitología griega, Barcelona, Labor, 1991.
[2] Perla  Zayas de Lima, “Introducción a la problemática del ritmo en el arte de la danza”, Ruthmos 21 mars 2016  (en línea).http//www.ruthmos.eu/spip.php?article842
[3][3] Ágnes  Heller,  El hombre del  renacimiento, Barcelona,  Ediciones península, 1994, p.  233.