miércoles, 21 de febrero de 2024

EL TEATRO NORTEAMERICANO EN BUENOS AIRES EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX.

 

 Buenos Aires descubre el teatro norteamericano a mediados de la década del ´50 cuando teatros oficiales, comerciales y, en especial, grupos independientes comienzan a difundir asiduamente obras de Elmer Rice, James  Maxwell   Anderson,  Erskine Caldwell, T. S. Eliot, Tennessee Williams, Eugene O´Neill y Arthur Miller. Confluyen variadas elecciones estéticas (realismo, costumbrismo, expresionismo, simbolismo, teatro poético en verso), variados género (comedias brillantes y sentimentales, dramas melodramas, comedias musicales) y el público asiste entusiasmado a todas estas eclécticas propuestas, pero consagra como los mejores los tres últimos dramaturgos citados.

No sólo se trata sólo de representaciones; los textos aparecen traducidos y las ediciones agotadas vuelven a reimprimirse con largas tiradas; y se divulgan en español los principales ensayos e historias sobre el teatro norteamericano y sus dramaturgos.

En 1964, el público porteño se sacude con el estreno de ¿QUIEN LE TEME A VIRGINIA WOOLF, de Edward Albee. Los críticos se desconciertan ante un autor muy difícil de clasificar y sus opiniones divergen: algunos lo califican de iracundo, otros de vanguardista, o de representante del realismo exasperado, o del hiperrealismo. Pero, al margen de la polémica generada, lo verdaderamente significativo es que esta pieza dramática se convierte en un “modelo productivo” para algunos dramaturgos argentinos. ¿A QUÉ JUGAMOS ?,de Carlos Gorostiza, y SE ACABÓ LA DIVERSIÓN, de Juan Carlos Gené – ambas de 1968- son claros ejemplos.

A partir de la década del ´60, y hasta mediados de los ´70, se difunden –aunque ya no en un nivel masivo- la labor John, Alan Kaprow y otros cultores del happening, y, en ámbitos más politizado, las propuestas del  Living  Theater de  Beck-  Judith Malina, el  Open Theater de  Chaikin, la  San Francisco  Mime  Troupe, el  Teatro de  Guerrilla y el  Café  La  Mama.

En los ´80 las jóvenes generaciones de actores y directores se alejan del teatro dialogado en prosa tradicional y prefieren expresarse a través del cuerpo, y, siguiendo las propuestas, en especial las de Richard Schechner, apuestan por las “performances”.

También en esos años comienzan a difundirse con gran éxito las comedias musicales difundidas por el cine de Hollywood y las producciones de Broadway.  El título de uno de los espectáculos del director Pepe Cibrián, AQUÍ TAMBIÉN PODEMOS HACERLOS, sintetiza expresamente la existencia de estas relaciones. El género mantiene su total vigencia en nuestro país hasta nuestros días, tanto en lo que hace a estrenos en castellano de las más paradigmáticas obras extranjeras (HAIR, AMOR SIN BARRERAS, CATS, entre muchas otras), como aquellas generadas originalmente por autores, directores y músicos nacionales

 Frente a un panorama tan extenso y complejo en este artículo me focalizaré en un breve análisis sobre qué tipo de estímulos produjeron y qué tipo de respuestas generaron las piezas dramáticas de Arthur Miller y la labor de Allan Kaprow en el público, la crítica y los creadores escénicos.

 

ARTHUR MILLER Y EL TEATRO ARGENTINO

Tanto por el atractivo que ejercieron sobre los espectadores y los críticos como por el impacto que produjeron en los escritores que conformaron nuestra generación realista de los ´60, las obras de Miller contribuyeron a afianzar y canonizar un realismo social que había comenzado en nuestro país en 1949 con EL PUENTE, de Carlos Gorostiza. El punto de partida de este autor había sido “la búsqueda de un estilo expresivo que nos represente que nos diferencia y que nos reconozca, como así también mostrar “al hombre argentino de ley (TALIA/ 5, n°30,1966, p.10).

Varios números del BOLETÍN SOCIAL DE ARGENTORES revelan la enorme afluencia de pública para asistir a las representaciones de la producción dramática de Miller en los escenarios capitalinos, las que en todos los casos sobrepasaron las cien representaciones, a lo que se suma las reposiciones posteriores en Buenos Aires y el interior del país de PANORAMA DESDE EL PUENTE, LA MUERTE DE UN VIAJANTE y LAS BRUJAS DE SALEM. Las críticas periodísticas, los artículos aparecidos en prestigiosas revistas literarias y los ensayos dedicados a Miller surgidos en dicha década, revelan la unánime admiración generado en nuestro campo cultural.

PANORAMA DESDE EL PUENTE fue uno de los acontecimientos escénicos más importantes en 1956 y estuvo casi tres temporadas en cartel; un año antes LAS BRUJAS DE SALEM se había representado simultáneamente en idisch (en el teatro IFT), en castellano (en el Instituto de Arte Moderno) y en francés (elencos independientes.  Una década más tarde, tres obras ocupan la cartelera capitalina: RECUERDO DE DOS LUNES, DESPUÉS DE LA CAÍDA y LA MUERTE DE UN VIAJANTE, en 1971 se difunden INCIDENTE EN VICHY, una versión de PANORAMA DESDE EL PUENTE –representada en el antiguo puente de hierro de la Boca- y LAS BRUJAS DE SALEM. Estos son sólo algunos ejemplos.

En lo que se refiere al sistema de relaciones que se establece entre la producción dramática de Miller y Roberto Cossa, las palabras de este último resultan esclarecedoras:

“Tanto me apasionó LA MUERTE DE UN VIAJANTE, que una vez, por simple ejercicio trasladé sus parlamentos al lenguaje porteño” (s./f., “EL fin de semana que duró cuatro años”, PRIMERA PLANA, 26/5/1964, p. 44). “Fui dos veces a verla. Primero me llevaron mis tíos, cuando tenía quince años, y luego arrastré a varios amigos. Tuve que hacer cola desde las siete de la mañana para conseguir lugar en las primeras filas. Ahora me doy cuenta de que aquella representación me marcó definitivamente para el teatro. A partir de allí quise estar cerca, introducirme en esa magia. Toda mi familia había visto la obra y durante icho tiempo fue tema de discusión en mi casa” (Pedro Espinosa, “Miller en la Argentina, TEATRO, año 5, n° 18, p. 56).

Basta comparar las declaraciones de Miller sobre lo dicho y escrito sobre esta obra desde el punto de vista sicológico y político social, y las del propio Roberto Cossa  para entender la atracción de éste por personajes capaz de marcar “carnalmente” a un receptor, personajes ni heroicos ni malvados, debatiéndose en la ambigua condición de víctimas y cómplices, que se mueven en torno a un eje culpa-responsabilidad.

El proyecto realista de Miller se encarna en la obra de Cossa básicamente en tres planos:

A)    La utilización de todos los procedimientos que contribuyen a reforzar la legibilidad y la coherencia interna del drama (acotaciones escénicas, empleo de diversos registros lingüísticos, repeticiones, personajes y situaciones cotidianas, especialmente en NUESTRO FIN DE SEMANA (1964).

B)   La indagación seria de la historia contemporánea a la cual se integran las historias de los personajes dramáticos, como sucede en LA PATA DE LA SOTA (1966).

C)   El empleo de imágenes estructurales simples (con mayor o menor intensidad en la totalidad de su producción).

 

Es decir, existe una común adhesión a la estética de la “mimesis”, entendida como transparencia de lo real y de lo verosímil referencial, y también a una filosofía que muestra a la persona como influida o determinada por el medio.

La intertextualidad se manifiesta claramente en la obra de 1966, no sólo por la utilización del recurso del flash back (es imposible no asociar a esos pasados que se integran al presente de Willy Loman), sino por la mostración de ciertos mitos de la clase media como el del éxito, de sus rutinas y alienación y, finalmente, por esa pedagogía que se evidencia cada vez que el conflicto es llevado al plano de las opciones morales. Las relaciones entre ambas obras se estrechan en el campo de la estructura.   “Sobre todo en el sentido estructural yo buscaba hacer un drama con verdadera apariencia de vida”, sostenía Miller (TEATRO. Con una introducción del autor, Buenos Aires, Compañía Fabril Editora, 1964).

En ambas piezas, LA MUERTE DE UN VIAJANTE y LA PATA DE LA SOTA, se registran varias de esas imágenes estructurales simples. La imagen del envejecimiento (Willy  Loman y  José  Dagostino), imagen del ensañamiento cuando el amor se va transformado en otra cosa(Willy-Linda, Juan Carlos-Marta), las relaciones familiares desquiciadas de los Loman y los Dagostino), imágenes de futilidad (las  “vacías tardes domingueras lustrando el automóvil”, mencionadas por  Miller; las prácticas religiosas  exteriores de Clementina en la obra de Cossa); la imagen de la gente convirtiéndose en extraños (frente a ella,  Willy y José cumplen con la función que los caracteriza como personajes: no comprender). Y, retomando las palabras del dramaturgo norteamericano, “la imagen de una necesidad mayor que el hambre o el sexo o la sed, una necesidad de inmortalidad”.

Además de las obras de Cossa citadas, en las que la de Miller opera como un “modelo productivo”, podríamos citar otras obras de autores argentinos como Ricardo Halac y Carlos Somigliana en las que este modelo fue adoptado e internalizado. Y en el caso de la recepción, tanto en el público general como en la crítica, Miller y nuestros autores de la generación del ’60 provocaron una especial fascinación un efecto de ilusión referencial, de proyecciones e identificaciones diversas. 

 

EL HAPPENING

El primer happening que dio nombre a ese tipo de actividad artística y en ocasiones contestataria, fue el del discípulo de John Cage, Allan Kaprow, 18 HAPPENING IN 6 PARTS, presentado en los Estados Unidos en 1959. Durante cierto tiempo la actividad productiva de happenings fue llevada a cabo por artistas vinculados a la galería de Reuben: Robert Whitman, Jim Dine, Red Grooms, Claes Oldenburg y otros.  Hacia 1962 Vostell lo difunde en Alemania y Marta Minujin en la Argentina.  Ella continúa la propuesta de Kaprow y cumple con dos de sus principales objetivos: suprimir la distancia entre el arte y la vida, y despertar los sentidos, el reconocimiento de los demás y del entorno para poner nuevamente en juego al individuo y a  la sociedad creando una especie de  ”contraentorno”[1]. Continúa también el pensamiento de Michael Kirby, quien sostiene que en el happening no se dispone de asociaciones lógicas o de detalles no ambiguos que ayuden a establecer un contexto racional[2].

Entre 1962 y 1966, un número considerable de happenings son estrenados en Buenos Aires auspiciados por el Instituto  Di Tella[3]. Un dato insoslayable   es que la mayoría de los autores de esos espectáculos estaban estrechamente relacionados con los creadores norteamericanos.

Entre enero y marzo de 1966, Oscar Massota estuvo en  contacto con Allan Kaprow,  Dick Higgins, Al Hansen,  Carolee  Schneemann  y asistió en Nueva York a la representación de  alrededor de diez  happening.  Dos de ellos le interesaron especialmente pues incluían la presencia física del creador y un número que no sobrepasaba el de 200 espectadores; sus autores: Michael Kirby y La Monte Young.

De regreso en Buenos Aires planea SOBRE HAPPENING´S. Con sus colaboradores del Instituto Di Tella seleccionó happenings que resumían una progresión histórica: MEAT JOY, de Carolee Schneemann; AUTOBODYS, de Claes Oldenburg, y uno del mencionado Kirby.  Se usaba así un happening para reatar otro, y el nuevo era un mediador, un “lenguaje” de hechos ausentes, ya inexistentes; los acontecimientos, más que hechos, eran signos.  Se trataba de algo original:  la idea de una actividad artística puesta en los medios y no en las cosas, en la información sobre los acontecimientos y no en los acontecimientos.

En abril de 1966, la argentina Marta Minujin, el alemán Wolf Vostell y el norteamericano Kaprow idearon crear tres diferentes sucesos simultáneos en sus respectivos países. El suceso de Minujin, en colaboración con Leopoldo Males y producido en el citado Instituto Di Tella, se basaba, por una parte, de una invasión instantánea – radio, televisión, teléfono, telegrama-, y por otra, de una simultaneidad envolvente –cine, televisión, radio para cada una de las personas participantes, slides, fotografías, grabadores. La transgresión de la “normalidad” se logra por la multiplicación (sesenta televisores en un mismo lugar físico, sesenta radios, sesenta consumidores) y por la utilización simultánea de los medios. Sin cuestionar la creatividad de la autora argentina, debe recordarse como una valioso antecedente el happenig que Kirby realizara en el ST, Francis College de   Nueva  York en esos años y en el que trabajaba con proyectores de cine,  tres o cuatro diferentes proyectores de diapositiva y grabadores.

 Como sus pares norteamericanos, nuestros happenistas buscaron nuevas vías de expresión y comunicación e intentaron –y en cierto grado lo lograron- modificar el espacio teatral, actualizar los conceptos de actor, espectador, autor y director; utilizaron con audacia nuevos materiales, y con la música, la danza, la pintura y la escultura apelaron al área perceptiva- sensorial de los participantes y a las posibilidades que cada ser tiene de imaginar y crear.

Al respecto, resulta altamente clarificador y leer y compara los textos teóricos de artistas norteamericanos sobre el tema en los que las aproximaciones resultan evidentes. Nos referimos específicamente a ASSEMBLAGE, ENVIROMENT AND   HAPPENINGS, de Allan Karpow (New York, Abrams, s/d), HAPPENINGS, de Michael Kirby (New York, Dutton, 1966), y HAPPENING, de Oscar Massota y colaboradores (Buenos Aires, Ed. Jorge Álvarez, 1967)

 

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 AÑO VI, n° 273

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[1]Un análisis más extenso sobre este tema puede encontrarse en Perla Zayas de Lima, RELEVAMIENTO DEL TEATRO ARGENTIO (1943-1975), Buenos Aires, Editorial Rodolfo Alonso, 1983, CAP. IX.

[2] Sobre este tema, véase de Leopoldo Maler “Algo más sobre el happening (TALÍA,6, núm. 32, 1967)

[3] Para datos más completos y juicios de valor sobre este Instituto: la obra antes citada de Zayas de Lima, y los ensayos TEATRO EXPANDIDO EN EL DI TELLA (2013), DE   María Fernanda Pinta, y LA GENERACIÓN DI TELLA Y OTRAS INTOXICACIONES  (2016), de Kado Kostzer.   

miércoles, 17 de enero de 2024

AUDIVERT-SHAKESPEARE-MACBETH. UNA ECUACIÓN REVELADORA.

En el Teatro Metropolitan, uno de los íconos de la Calle Corrientes se presenta en su  cuarta temporada, HABITACIÓN MACBETH. El éxito de público, la consagración de la crítica y los premios recibidos son el resultado de la potencia y perfección de su dramaturgia, puesta en escena y actuación.

Cuando Pompeyo  Audivert  describe el proceso creativo recorrido durante los años del encierro por el  Covid, en el que reconoce un antecedente lejano  (“la necesidad  llevar adelante un trabajo en el que un actor hiciera todos los personajes de una obra” cuando comenzó su carrera actoral), y otro más cercano (“una versión sobre Macbeth (…) antes de la pandemia”). Y agrega una reflexión que otorga un especial sentido al título, a su adaptación, y a su doble rol de actor y director: “la única zona teatral era mi propio cuerpo” y la única salida volverse Macbeth. (Comunicado de prensa)

Más allá de esta elección personal que revela al actor que acepta desafíos de alto riesgo, y comprometido con la profesión (representar una obra como MACBETH   en versión para un actor), los valores de este espectáculo apuntan en múltiples direcciones. “Habita” a Shakespeare y redescubre su concepción pesimista del mundo en el que los malvados –aunque mueran despreciados-  dominan el mundo; a través de sus personajes, subraya la convicción de aquél sobre como las relaciones humanas   están mediatizadas por el interés.

“Habita” a la época- tan bien caracteriza Ágnes Heller- con su concepción dinámica del hombre que busca modelar su propio destino, la desintegración de los dogmas y del viejo mundo, la lucha por el trono que marca una nueva etapa, el disimulo como forma normal de comportamiento. Y “habita” a sus personajes. A Macbeth, malvado y primitivo, quien reaparece reencarnado hoy, siempre en medio de las luchas por el poder y los medios violentos para conseguirlo; a las brujas, como fuerzas ciegas, reinstalando el conflicto filosófico entre libertad y predestinación y las relaciones entre “hado, destino y fortuna”; a Lady Macbeth, a la que dota de un humor cáustico y por momentos  y la diseña  como eco de Maquiavelo, otra de las figuras centrales del Renacimiento; Como contracara, el actor expone la ingenuidad de Banquo, incapaz de descubrir el verdadero rostro del protagonista y la cobardía de un Macduff que abandona a su familia a la ira de  Macbeth.

El texto recreado por Audivert subraya aquellos temas que hoy siguen vigentes (las brujas maléficas y grotescas que preanuncian el futuro (hoy reaparecen en forma de horóscopos), o la violencia  despiadada de los conflictos bélicos (de las guerras nacionales, a los conflictos globalizados), en suma, de la insondable maldad de la  que es capaz el hombre.

La puesta en escena concreta ese “piedrazo en el espejo” de la que habla  Audivert, El diseño lumínico de Horacio Novelle  parte de la luz roja del inicio (color cálido símbolo de la sangre), seguida del azul (color frío, índice del proceso de debilitación) y del verde (matiz que remite a las fuerzas de la naturaleza) y acompaña el patrón rítmico de la música y los desplazamientos y juegos gestuales del actor. El vestuario de Luciana Gutman, funcional y a la vez simbólico, es “renacentista” y contemporáneo; el maquillaje blanco remite a ese mundo infrahumano, de “fuerzas larvadas”, sede de los espíritus, que tan bien operaba en el Noh. Los elementos escenográficos incorporados por Lucía  Rabey,  exhiben un expreso teatralismo que convive con la ficcionalidad, y citan inteligentemente el espacio  escénico  tal como lo concebían los contemporáneos de  Shakespeare; la música original de Claudio Peña, compositor e interprete, con su cello parece invocar a la “música de las esferas”,  y logra  en  vivo un diálogo auténtico con el actor.

Audivert encarna a todos los personajes; además de cumplir con su inicial objetivo, un actor que pueda representar a todos los personajes de una obra, encarna con precisión las diferencias que existen entre el protagonista, su esposa, el portero/bufón, Banquo, las Brujas, Duncan… Pero, al mismo tiempo, marca con sutileza qué elementos los conectan frente al tema del mal (¿el egoísmo elemental que caracterizara a la burguesía renacentista? ¿a la sociedad actual?)

Su representación puede ser leída como la perfecta concreción de la afirmación de La Rochefoucauld: “No hay menos elocuencia en el tono de voz, en los ojos y en el porte de la persona que en la elección de las palabras”. Constituye una verdadera lección de cómo transformar un rostro abierto en hermético según el discurso corporal y el verbal, cómo hacer significantes los puntos vulnerables del cuerpo humano e imponer un código gestual propio.

El espectador queda cautivado por un cuerpo que fluye, se transforma y otorga un nuevo sentido no sólo al texto shakespereano, sino a las reglas habituales de la representación teatral. Y por una inusual confluencia de filosofía, historia, sociología, política, y práctica escénica.

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AÑO VI, n° 272

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domingo, 3 de diciembre de 2023

PROYECTO GARLAND


 

Este espectáculo inspirado en la vida de Judy Garland acaba de finalizar una exitosa temporada en el teatro NoAvestruz. Los términos del título denominan y sitúan al mismo tiempo a la protagonista y a su destino. Si bien se focaliza en la vida de la actriz, la proyección a ámbitos más generales es evidente como aparece en el programa de mano. Los textos proyectados durante el espectáculo subrayan este punto de vista.

Nadie puede encajar completamente en el mundo que le toca en suerte”.

Nadie se salva de los  jabalíes”[1]

La composición del equipo creativo explica en gran medida los valores de esta obra: la actriz, Marina Munilla  y el director, Gerardo Grillea, son los responsables de la dramaturgia, del  vestuario; Munilla es la autora de las letras de las canciones a las que Gustavo García Mendy le puso música, y Grillea es el responsable del diseño escenográfico. Este hecho genera un perfecto ensamblaje de los diferentes lenguajes del espectáculo.

Narrar una historia, interpretar una historia. Narrar actuando, actuar narrando. Y un receptor que queda atrapado por una actriz que a través de palabras que le pertenecen representa a otra, en un espacio propio del teatro de cámara.

De frente a los espectadores Marina/Judy exhibe un dramático forcejeo con las palabras que parecen estar detenidas en el interior, con otras que revelan el plano lógico y el anverso físico y afectivo, una dimensión espacial por la sonoridad, y la gestualidad que acompaña; no sólo trabaja con la verbalidad, sino con lo no verbal y hasta lo pre-verbal-. Como coautora, Munilla presenta un texto en el que cada palabra cuenta tanto en los diálogos como en las canciones, y en su rol de actriz se revela como una perfecta ejecutante por su dicción, sus ritmos, sus timbres e intensidades lo que le permite revelar la complejidad del mundo afectivo de Garland y también el de todos los seres humanos, porque si bien las emociones son privadas los sentimientos son universales.

De los numerosos datos conocidos sobre la tormentosa y atormentada vida de la estrella, los autores eligieron revelar el grado de mutilación de los días infantiles, el sentido trágico que para Judy Garland, una mujer marcada por permanentes fugas frustradas (sexo, alcohol, drogas). Lo que se quiere olvidar siempre aflora en virtud de una memoria inmanejable. El texto coloca a la protagonista en medio del conflicto a la hora de definir las relaciones entre realidad-apariencia, verdad-falsedad, naturaleza-artificio, amor-odio, por lo que sus actos deben ser entendidos más como preguntas que como respuestas.

Como director y escenógrafo, Grillea trabaja los objetos como materialización de lugares: de vida y muerte (la bañera), comedor y clínica (la mesa); o cita de ellos, casa de la madre y oficina del productor (el teléfono). Y como espacio simbólico de poder (los micrófonos) defendido por los personajes masculinos, y modificado a través del arte musical e interpretativo de la protagonista. Si Luft y Kupper pueden someter a Garland, ésta es capaz de capturar a su público.

Gastón Biagioni y Leonardo Murúa son mucho más que “partenaires”, encarnan el difícil rol de ser simultáneamente ayudantes y oponentes y transmiten con gran oficio esa permanente dualidad. Por ello, el director los coloca repetidamente adelante, próximos al público, no para que el espectador “vea”, sino como “elección de foco” (Peter Brook).

Las imágenes que ilustran el Programa de Mano ofrecen una guía de lectura del espectáculo, lo mismo que el texto incorporado. Las manos masculinas que presionan el rostro de Judy simbolizan la idea de apropiación, de posesión, de un poder patriarcal autoritario; en la contra cara del programa, muestran los gestos “transparentes” de los tres personajes y cómo el espacio territorial de la protagonista está incluido en el de su esposo e invadido por el del médico. El Programa constituye una perfecta síntesis de un proyecto que la predetermina, y la muestra de una vida no vivida como propia.



 

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AÑO VI, n° 271

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[1] Subrayo la palabra inicial “nadie” precisamente por el sentido de universalidad que implica. La primera frase involucra una visión del mundo en la que el azar ocupa un lugar preponderante; la segunda, apela a lo simbólico: el jabalí como símbolo del desenfreno (Paul Diel), y, como lo señalaba el antiguo DICCIONARIO UNIVERSAL DE LA MITOLOGÍA, del arrojo irracional hasta el suicidio. Sin duda esto remite a la personalidad de Judy Garland.

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

OKASAN

 

Paula Herrera  Nóbile,  Sandra Durán y  Carola  Reyna  se reúnen para adaptar el libro  de  Mori  Ponsowy, OKASAN (2019), y llevarlo a escena en el Teatro Picadero (2023).

Resulta clave el subtítulo “Diario de viaje de una madre”, porque el texto nos propone un estimulante itinerario por un país básicamente alejado geográfica, cultural y lingüísticamente del nuestro; otro, en el que los receptores comparten etapas de la vida de una madre y, finalmente, son motivados a realizar un viaje personal por el interior de sus respectivas vidas.

El texto instala estimulantes interrogantes sobre la memoria y el olvido: ¿se revela la memoria como una organización del olvido?  (así lo entiende Henry Rousso), o debe hablar de una “oposición entre distintas memorias rivales, cada una de ellas incorporando sus propios olvidos” (posición de Elizabeth Jelin).

La protagonista aparece situada en varios “entre”:  entre dos culturas (la japonesa y la argentina), entre dos escrituras (la alfabética latina y el ideograma japonés) entre dos generaciones (la de su madre, la de su hijo) y entre tres temporalidades: el pasado, el presente y el futuro. La transposición propone una poética dialógica en varias direcciones, y lo narrativo se impregna de teatralidad, y rescata la necesidad de recorrer otro itinerario paralelo al “turístico”, el del conocimiento como acceso al autoconocimiento

El espectáculo adquiere con el aporte de todos quien en él participaron una infrecuente perfección. La actuación (Carola Reyna), la escenografía (Cecilia  Zuvialde), la iluminación (Matías  Sendón) el vestuario (Ana  Markarian), la música (Gingo  Ono), y los efectos visuales (Ivana Kairiyama)  bajo la coordinación de  Paula  Herrera  Nóbile) logran plasmar el criterio  de belleza que  el Japón sintetiza a  través de cuatro  términos: “miyabi (elegancia refinada), mono no aware (pathos de la naturaleza), wabi (gusto  tranquilo) y sabi (elegante sencillez)”[1].

 Carola Reyna ofrece su cuerpo como portador de un estilo que refleja tanto “el humus” de la tradición oriental como el occidental y los cambios que se operan una vez producido el encuentro entre ambos mundos. Su decir fluidamente transita entre lo literario y lo coloquial del texto de Mori Ponsowy, pero otorgando una lugar especial a los poético.[2] Subraya los puntos de tensión y desconcierto que genera  la trama, y reconoce el valor especial que ofrece cada instante. Materializa en el personaje los efectos del acto contemplativo (el árbol de un templo, el cuerpo femenino) y con su manipulación con los mínimos objetos (lúcida selección de la escenógrafa) genera imágenes contundentes que revelan tanto el mundo interior como el de la cultura japonesa: la piedra, el cuenco del agua, la cinta que coloca en el árbol. Agua, piedra, árbol, símbolos que comparten en casi todos sus aspectos orientes y occidente (símbolo de vida y purificación; solidez, cohesión, morada de lo divino; árbol de la vida).

La actriz logra una simbiosis perfecta con los dos tipos de vestuario: zapatillas, pantalones “occidentales” y kimono; fue acertada la decisión de Ana Markarian de no reproducir al detalle el kimono y elegir para el OBI el color rojo, como el del árbol del templo, pero también el del paraguas. Si para la cultura japonés el rojo –color sagrado en la religión- representa el poder de las emociones, la vitalidad, el calor, el poder y la fuerza de la vida y la energía en las personas; para Occidente, la energía, la excitación, la pasión, el sentimiento, el principio unificador, y en Jung se asocia a la herida y sublimación. El color no funciona aquí como elemento decorativo sino definitorio de muchos aspectos de la conducta de la protagonista. Con enorme talento y pulido oficio, Carola  Reyna logra imponer , vestida, la imagen de un cuerpo desnudo, moverse como una geisha; con la mirada, la voz y la gestualidad representar  el dolor indecible, diseñar el tamaño de una pérdida, apostar por la esperanza. Dos itinerarios, el de la madre y el del hijo.  Dos historias. Dos futuros. Dos mundos.

Nos aproxima al “lado”, lo interioriza, lo describe, lo narra, lo actúa, lo interpela,.. Y casi mágicamente incorpora al espectador en ese viaje en el que lo teatral se revela, como lo entendía Artaud, “poesía en el espacio”.

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AÑO VI, n° 270

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[1] Perla Zayas de Lima,  TEATRO ORIENTAL, Bueno  Aires, Instituto de  Investigaciones en  Historia del  Arte (IUNA), 2002.

[2] La transposición de la obra  del 2019 incluye poemas del libro ENEMIGOS AFUERA,(2001), de la misma autora.

sábado, 7 de octubre de 2023

ARIEL OSIRIS PROTAGONIZA EL HOMBRE QUE DE NIÑO JUGABA CON DINAMITA.

 

En el Teatro Anfitrión se estrenó EL HOMBRE QUE DE NIÑO JUGABA CON DINAMITA, texto y dirección de Pehuén Gutiérrez. Este unipersonal impone al actor una  gran exigencia a nivel  físico  e interpretativo en el  que el punto fuerte  es la voz. Solo, arrojado a un espacio   escenográfico despojado y sólo recortados por túmulos de piedra, que citan un cerro y una casa aislada, y luces que marcan temporalidades (diseño de escenografía de Maite Corona y diseño de luces de Lucas Orchessi).

El personaje de un hombre anciano que recuerda momentos significativos de su niñez es enriquecido por la actuación de Ariel Osiris, quien logra revelar las brumas acumuladas y desatadas en el interior de dicho personaje: el paso del tiempo, la soledad, la tristeza, el dolor, los sucesivos fracasos de una existencia patética. Nunca pudo separarse de los recuerdos, los olvidos transitorios no son sino frágiles suturas: “Las heridas hay que cerrarlas, pero me pasé una vida salándolas” (Programa de mano).

 El actor logra una íntima relación con el público y una identificación con el texto: con su gestualidad y su voz narra una historia individual, y la vuelve universal (Coetzee y Pessoa en el LIBRO DEL DESASOSIEGO señalaban cómo todos los hombres andamos muy carentes de un buen pasado). Interesa señalar de su actuación, el dominio de los lenguajes verbales y no verbales, y la interacción que realiza con el diseño sonoro propuesto por Gabriela Calzada; asimismo su capacidad para subrayar   la teatralidad del texto, y resolver el problema que supone un conflicto en el que las fuerzas opuestas y el objeto buscado confluyen en un mismo sujeto. Su dominio de los timbres e intensidades de la voz potencian la propuesta dramatúrgica, así los susurros y los gritos expresan respectivamente el dolor y la desesperación; transita entre luces y sombras, oscila entre la inmovilidad y loso desplazamientos, entre la palabra dicha y los silencios que operan como pausas significantes.

Su performance me hace recordar aquellas palabras de Arthur Miller en VUELTAS AL TIEMPO (Barcelona, Tusquets, 1999), ensayo en el que señala que un tema no es una idea sino una acción, un proceso incontenible: “destruye mientras cambia y crea o mata, paradoja que nada puede impedir se desarrolle con todas sus contradicciones hasta llegar a la resolución, que en ese instante preciso, ilumina el conjunto desde el comienzo (p. 327).

Su tránsito entre la rememoración, el sueño y la vigilia abre los intersticios del texto y convierte a la representación en un encuentro entre varias subjetividades, la del dramaturgo, la del actor, la del personaje y la de los espectadores.

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AÑO VI, n° 269

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domingo, 17 de septiembre de 2023

LAS CAUTIVAS Y LA VIDA EXTRAORDINARIA: UN AUTOR, DOS OBRAS, TRES ACTRICES.

Mariano Tenconi Blanco, en un su doble papel de autor y director, está presentando LAS CAUTIVAS y LA VIDA EXTRAORDINARIA, en dos teatros: El Picadero y Metropolitan, respectivamente. En la primera, las protagonistas son Laura Paredes Lorena Vega; en la segunda, Lorena Vega comparte la centralidad con Valeria Lois. En ambos espectáculos participan los principales miembros del equipo técnico: Magda Banach (vestuarista), Matías Sendón (iluminador), JazmínTitiunik (coreógrafa) y Ian Shifres (compositor y director musical). Estos datos trascienden lo meramente informativo; de allí su incorporación en este  breve comentario.

Las dos obras presentan diferencias, tanto en lo que se refiere a su dramaturgia como a su puesta en escena. 

 La escenografía de LAS CAUTIVAS impone una forma visual potente que guía al espectador en un camino sin ambigüedades y refuerza un discurso verbal que, más allá de la duplicidad que aportan las secuencias cargadas de humor, no deja dudas sobre el sentido de esta “saga europea”. En el vestuario, como puede apreciarse en las fotos del programa de mano, confluyen la estética y el semantismo al tiempo que remite a la época y a los dos espacios culturales, pero en ambos casos  sin ceñirse a la reproducción histórica: es a la vez “materia sensual para el actor y signo perceptible  para el espectador” . Esta concepción del vestuario se aplica a los músicos en escena,  Agustín Cañas y  Fabio Pérez, cuya interacción con las actrices resulta central para reforzar el teatralismo que la escenografía con el corrimiento de diferentes telones propone. El maquillaje de Lorena Vega, casi máscara conforma en sí mismo un verdadero lenguaje simbólico que define física y espiritualmente al personaje. Los monólogos de las dos protagonistas exponen una mirada crítica sobre los conceptos de civilización y barbarie y ponen en evidencia la visión sesgada que condicionaban la visión de los europeos sobre los indígenas y una recreación ficcional de como una nativa podía concebir al extranjero, Lo histórico resulta traspasado por dos elementos dominantes: el humor y el problema de género

 La escenografía, el vestuario, y la iluminación de LA VIDA EXTRAORDINARIA, con su pura funcionalidad, no apuntan exclusivamente a explicar, describir, o sugerir, y los videos (autoría Agustina San Martín) proyectados en distintos momentos de la acción, no obturan sino que potencian, por su carga simbólica, la narrativa en off (Cecilia Roth), los diálogos y los monólogos. Tenconi Blanco, director, opta por soslayar un protagonismo de la “imagen ilustrativa” que pueden generar las tres aspectos antes citados en favor de la transmisión sin opacidades del texto de Tenconi Blanco autor.  Para ello cuenta con dos magníficas actrices que desde su corporalidad (gestos, movimientos, desplazamientos, proxemia) y la utilización de la voz en todos sus matices (voz entendida como prolongación del cuerpo) transmiten al espectador reflexiones sobre temas fundamentales como la vida y la muerte (“vivir y morir porque sí”), el problema de género, la soledad, el amor y el desamor, el amor y el sexo, el lugar y la identidad (la imagen del programa de mano ilustra varios de estos temas. Como sucedía en la puesta de LAS CAUTIVAS, los músicos en vivo, Teo López Puccio y Elena Buchbinder, interactúan con las acciones de las protagonistas, pero en este caso, dicha interacción se intensifica en los momentos en que se incorporan como “utileros”.

Más allá de las diferencias anotadas, entre ambos espectáculos se descubren puntos en común: uno el que se refiere a las tres actrices mencionadas quien, proponen un juego enfático para  exponer la radicalidad del deseo y un dominio del oficio que les permite  combinar la racionalidad del lenguaje con una actuación avasallante que dinamita  las construcciones identitarias cristalizadas; el otro se  relaciona  con Tenconi Blanco director: la importancia que le otorga a un teatralismo que incluye en determinados momentos la ruptura de la cuarta  pared, y la confluencia de “eros y  tanatos” con el humor. Todo ello muestra su personalísimo estilo, su creatividad y su oficio.



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AÑO VI, n°268

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viernes, 1 de septiembre de 2023

KADO KOSTZER, SOLAMENTE UNA VEZ…QUIZÁS DOS.

Esta obra (Buenos  Aires,  Eudeba, 2023, Biblioteca  Proteatro)  vuelve a reafirmar, ahora con creces, los valores de  Kado  Kostzer como escritor. Esos “encuentros furtivos” que especifica el subtítulo, son suficientes para que el lector penetre en las vidas de más de medio centenar de personalidades, quienes, de manera programada o accidental, se cruzaron en diferentes momentos, situaciones y lugares con el autor. En ningún caso lo efímero de esos encuentros impidió que Kostzer sintetizara acertada y agudamente las principales características que podían definir a sus interlocutores.

En la solapa, una hermosa foto de Sergio García Ramírez muestra a un “furtivo” Kado Kostzer con anteojos negros cuya imagen se sobreimprime parcialmente sobre otra foto tomada por Nicolás Schoenfeld en la que aparece Lida Martinoli, primera bailarina de los años 40 –década por la que el autor siente una fuerte atracción. Un artista (el actor, director, guionista, escritor) sobre una artista (primera bailarina): un tucumano y una rosarina que trascienden lo local y se proyectan a los teatros más famosos. ( Y dos fotografías que se imbrican en un mismo mensaje).

En una entrevista realizada por  Juan  Carlos Fontana1  sostenía que “en el Di  Tella, los artistas tenían el deseo de no parecerse a nadie”, y cómo ellos,  es un ecléctico, no se parece a nadie; pero  dueño de una inusual erudición y de una privilegiada memoria ofrece  una obra que participa de la autobiografía, de las biografías de artistas, de los relatos de viaje, de la narración histórica  (micro y macro), del  breve  sketch, y del estilo periodístico. Transita por todas las gamas del humor: del más corrosivo al piadoso, según sea el destinatario; ataca sin piedad las conductas de quienes revelan “aires de suficiencia” o de los que festejan los fracasos ajenos, como si pudieran borrar con ello borrar los propios, pero también pinta con indulgencia las debilidades de los artistas en su necesidad de ser amados, reconocidos y recordados.

Dota de un auténtico sentido a la frase “atesorar recuerdos”, y en su breve “A manera de prólogo” ofrece dos claves al lector: evita el orden cronológico y la agrupación por las ciudades en que tuvieron lugar los encuentros y “Como hombre de teatro privilegió los decorados y el momento social, en los que se desarrollaron las acciones de las obras, en estos casos ¡de los sketches! dados su brevedad y levedad” (pp.11-12). 

Me permito opinar que su “levedad” es sólo aparente. No se ocultan ni las represiones a los artistas, ni las persecuciones llevadas a cabo en nuestra América, ni el terrorismo de Estado (la triple AAA, la dictadura militar); y en un plano más individual y focalizado en la profesión instala implícitamente un interrogante sobre lo que un artista está dispuesto a hacer para vivir lo que ha elegido.

Los nombres de las figuras y los títulos que abren y cierran el libro son signos codificadores potentes: Tita Merello (“Destino: ¿jodido!”) y Jeane Dixon (“Pitonisa al paso”). La primera, con un “jodete” discepoliano, le auguraba proféticamente a un joven  Kado, que ser “un muchacho brillante, instruido e inteligente” (p. 17) no sería fácil de sobrellevar en este  país: lo haría fácil; la segunda, le vaticina su destino  de escritor. Ambas “profecías” se cumplieron. Sus mayores éxitos y reconocimientos los recibió en el extranjero; y a pesar de su pertenencia al universo de la escena, desde la época dorada del Di Tella hasta hace pocos años, su labor como narrador se ha consolidado. Este libro da fe de su talento como escritor.


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AÑO VI, n°268.

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[1] PICADDERO, 36, AÑO XVI, enero-abril, 2917, pp. 24-25