lunes, 10 de febrero de 2020

CANÍBAL. UN MUSICAL VORAZ.

Reestrenado en el  Teatro Picadero en plena  temporada veraniega, CANÍBAL surge dentro del panorama escénico de  Buenos  Aires como una comedia musical atípica y deslumbrante. Su autor,  Sebastían  Suñe, partió de una idea de  Sebastián  Holz, uno de sus  protagonistas para generar un texto que ofrece  una serie de elementos (el humor, la música, los roles de los tres personajes) que se articulan perfectamente en la  puesta de  Corina Fiorillo. La directora descubre en un género altamente codificado aquellas fisuras que  le permiten grabar su peculiar impronta. 

El carácter polifacético de la comedia que puede asumir diversos matices (no parece tan desacertada aquella calificación cromática: comedia blanca, comedia rosa, comedia negra, comedia brillante) aparece subrayado  por la posición de la directora  al dinamizar todos los recursos que los tres integrantes del elenco  -Sebastián  Holz,  Dolores Ocampo y  Belén  Pasqualini- aportan como peformers.

La organización espacial (escenógrafo Gonzalo Córdoba Estévez y la partitura lumínica (iluminador Ricardo  Sica) contribuyen a poner en evidencia las variables  en la intensidad del contacto físico que derivan no sólo del rechazo, la indiferencia y el recelo sino del propio amor. La música elegida, especialmente  la melodía y las letras de los boleros, opera por contraste al  mostrar la violencia física que parte tanto de una interpretación hiper literal  de estas últimas como del alcance de las pasiones. Por una parte, las canciones cumplen una “función lírica”, sus letras forman parte del guión; pero más allá de su selección, lo más significativo  es el montaje,  en qué escenas fueron incorporadas y como su melodía se acopla de modo ajustado  (o desajustado) con las acciones físicas que las acompañan. Las conocidas letras de las canciones se integran con el texto  de  Suñe que  combina agudas observaciones sociológicas y políticas con consideraciones filosóficas y frases de la vida cotidiana. Pero, precisamente, el discurso hablado proyecta lo cotidiano hacia un plano diferente  y lo ilumina de modo que plantea al respecto la necesidad de entenderlo desde una nueva perspectiva. Y los cuadros, en principio aparentemente independientes, se conectan entre sí al final, universalizando el tema.

La esencia del diálogo entre los actores y  los tres músicos (Carlos Britez, piano y dirección musical; Mario del  Risco, trompeta, violín y flauta; y Clement Silly, violoncello) se  revela en el minucioso trabajo con lao cadencia de las frases por parte de los primeros y los efectos sonoros que generan los segundos.

La actuación de los tres performers/personajes ensambla perfectamente  el canto,  el baile y la representación resultado de la sólida formación de cada uno de ellos. Sebastían Holz  cantante, bailarín y actor (discípulo entre otros de la  talentosa actriz  Mónica  Cabrera), Dolores  Ocampo, esa “actriz que hace todo bien” (calificada así por Laura Ventura en el 2015, discípula de Alejandra  Boero, Agustín  Alezzo y  Juan  Carlos Gené) y  Belén  Pasqualini (discípula de  Ricardo  Bartis,  Cristina  Banegas y  Raquel  Sokolowicz), demuestran de qué manera es posible integrar de modo homogéneo lo mejor de lo recibido de sus maestros,  y potenciar su propia energía, oficio y creatividad al servicio de un activo desempeño en la escenificación (Al no haber asistido a los ensayos esta última opinión debe ser entendida como una hipótesis totalmente personal).

Fiorillo concreta  esa metáfora  sobre el lado oscuro de una sociedad que devora y es devorada –según las palabras del citado Holtz por el capitalismo, el ego y  las redes sociales y construye una comedia musical que simultáneamente propone al receptor regocijo y reflexión y sobre todo otorga el placer de la obra bien hecha.

Ph. Nacho Lunadei

Ph. Silvina Galdi


www.goenescena.blogspot.com.ar
Año  IV, n° 207.
pzayaslima@gmail.com.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario