miércoles, 5 de julio de 2017

TEATRO E IDENTIDAD: PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS, METODOLÓGICOS ESTÉTICOS (II)


1)      La voz de las minorías: la exclusión del indígena y la negación del negro.

1.1.El término “indígena” involucra imágenes diversas generadas por estereotipos que provienen de la ecuación  blanco/europeo portadora  de una cultura hegemónica que fue aceptada desde el comienzo por la mayoría de los indígenas/americanos, condenados a una marginación que les impidió, inclusive, participar del publicado “crisol de razas”, noción de alcance relativo, verdadero cliché que dominó los estudios migratorios hasta los años  ´60.

Los argentinos han cultivado  históricamente  una nociva práctica de alterización que los llevó a ejecutar  desde la política del  Estado, pero con el acuerdo explícito o tácito de un sector significativo de la ciudadanía, la desaparición y cultural del “otro”.  De esta práctica de exterminio da cuenta el teatro de Luisa  Calcumil[1], que puede asociarse a la corriente indigenista que reconoce a las comunidades originarias de América una prioridad cronológica y una jerarquía equiparable a otras: esa voz propia de  América es la que habría que recuperar como raíz.[2]

La producción de Calcumil ya fue analizada en  otros  trabajos (Ormeño, 1998; Zayas de Lima, 1998); me interesa ahora enfocarla desde el punto de vista de la enunciación y de la lengua. Decía Octavio Paz: “Las lenguas son visiones del mundo, modos de vivir y convivir con nosotros mismos y con los otros”, y agregaba: “Hablar una lengua es participar de una cultura: vivir dentro, con o en contra, pero siempre en ella” (1987).

Resulta claro que la incorporación que del idioma mapuche realiza  Luisa  Calcumil en sus obras funciona como punto de partida de toda elaboración sobre la pertenencia, es decir, para la construcción de su identidad individual y la identidad colectiva de su pueblo (“Mi expresión nace de las tristezas, recuerdos y ganas de seguir siendo de mi gente”). En Es bueno mirarse en la propia sombra (1987) el bilingüismo hace cohabitar  dos tradiciones y dos espacios, el de los dominadores y el de los dominados. El eje de este monólogo femenino  se ubica en la voz de la víctima que se presenta como víctima. Desde una narrar autobiográfico, la incorporación de relatos, poemas y canciones escuchados en su comunidad  que se integran naturalmente  a textos propios, le permite a la autora/actriz /directora trabajar sobre la alternacia memoria/ olvido, aceptación/ rebeldía, reconocimiento/ transformación.

La utilización de la lengua mapuche no apunta a una reconstrucción folklórica sino que responde a una concepción del lenguaje como elementos estructurador de una manera propia e intransferible de comprender y pronunciar al mundo (esto ya lo había experimentado en 1987, en su Monologo de raíz  mapuche). Tampoco busca que el bilingüismo sea un instrumento  para que el blanco entienda lo que dice el indígena (o a la inversa) sino para mostrar los efectos del paso de una cultura a otra, sus diferencias, el acto de traducir. Este bilingüismo refuerza la construcción de un contradiscurso que permite el rescate  de una tradición el  redescubrimiento del poder  y de la necesidad de la memoria, la utopía de la transformación (“La idea es revalorizar nuestra cultura e incorporarla a estos tiempos, para recuperar valores que nos permitan crecer, sin cambiar”). Asimismo este bilingüismo le permite generar un espacio ritual que no sólo estructura el espectáculo (emplea el mapuche en el comienzo de la obra y la cierra con el español) sino que pone en escena aquellos personajes (loa curandera, la abuela, la adivina) que se conectan con la palabra-poder y generan una narración/conjuro. Desde un locus de enunciación femenino se rebela contra memoria social hegemónica en la que  el indígena está ausente, y su discurso escénico subvierte ideologemas que están en la red del resto de los discursos sociales que durante décadas han circulado (y aún circulan) tanto entre los mapuches como entre  los blancos.

El mito aparece asociado a una praxis: hacer que el indígena entre en la historia para que  haya un lugar para él en el futuro. Calcumil trabaja sobre la identidad individual vinculada al origen (mujer mapuche), que se va modificando a lo largo de un proceso social (marginación, pobreza, exclusión), se afirma en la identidad de un grupo étnico portador de cultura, y se moldea con las herramientas que aporta el  teatro para la expresión, el auto conocimiento y la rebeldía (“Mi trabajo no es para separar indígenas de no indígenas. Tenemos que aprender a vivir con las diferencias, pero las diferencias que tienen que ver con lo cultural, no con las injusticias, no con la falta de dignidad”)[3]. Su teatro constituye un ser y un definirse mediante la escritura y la representación, una indagación a través de su propio discurso, un yo propio, individual y comunitario, una confrontación con una escritura de la historia concebida por un sujeto masculino y blanco que ocultó en la penumbra a los  “otros”.

La investigación sobre la identidad y el papel del indígena en su conformación es continuada en este siglo en las principales zonas del país, especialmente en el Norte, donde es de destacar la labor realizada por el  Centro de  Investigaciones sobre  Cultura  no ha aparecido aún la sucesora  de  Luisa Calcumil en el teatro.

1.2. “Todos extraños, todos blancos” fue el epígrafe elegido para mi artículo “La negritud negada y silenciada: una mirada desde el teatro”. Estas palabras de un refugiado de  Sierra Leona funcionaba como el posible eco de una contraparte (“Todos negros,  todos extraños”). Pero mientras en el primero  de los casos, el temor ante la extrañeza conducía al aislamiento y la marginación, en el segundo, el temor a lo diferente conducía al aniquilamiento y la negación. Estos procesos fueron registrados por una serie de obras que tomaron al negro como personaje, escasísimas si las comparamos con las que eligieron hablar de  otros  “extraños”, los inmigrantes. En ese artículo, y en coincidencia con Teun van Dijk no buscamos “reducir el racismo a sus prácticas discursivas” (2003, 113) sino subrayar hasta qué punto el discurso oficial sobre temas étnicos, con sus estrategias de negación y actitudes xenofóbicas había enquistado en el discurso teatral estereotipos y prejuicios. A través de una decena de obras mostraba el grado de desconocimiento y la desvalorización de la cultura negra, así como una voluntad de silenciar la participación activa de esa comunidad en la construcción de nuestro estado-nación[4]. La imagen negativa de los negros que finalmente conduce a su invisibilidad por exterminio o blanqueamiento se ha construido a lo largo de nuestra historia por distintos agentes sociales quienes los presentaban como “brutales, poco confiables, taimados”, además de sucios y malolientes, solo aptos como sirvientes, mucamos y ordenanzas (Frigerio, 2006, 91) o como objetos de fantasías eróticas.

Dos obras de muy diferentes épocas, no comentadas en dicho artículo, reafirman los conceptos anteriores.

Los inquilinos, tal como lo señala Silvia Pellarolo (1997) se estrenó en medio de dos importantes acontecimientos de la vida política y cultural de  Buenos Aires: la huelga de inquilinos que movilizó a sectores populares e incluyó a los anarquistas, y el concurso teatral organizado por la empresa editorial Losada y el  teatro Comedia  ocasión en la que la obra de Trejo obtuvo el primer premio y paralelamente alcanzó éxito de público.

 Me interesa destacar que en el enfrentamiento de propietarios y la liga de inquilinos, entre los activistas sociales se destaca el negro  Baltasar, quien define su acción como un grito de libertad similar al del  25 de mayo y quía en los cánticos y consignas a los otros compañeros.  Compositor del  “Tango de los  Inquilinos”, genera la música y el baile propios del género saineteril, pero la letra contamina el ámbito festivo con el reclamo d de justicia y dignidad; es quien convoca a los vecinos a rebelarse en contra de la autoridad y con toda la comunidad festeja el triunfo final.  Tal vez, por primera vez, el negro n o aparece como el  “negro alegre”, ignorante o ingenuo, diabólico o lascivo que presentaba el tango, y se soslaya toda  aquella referencia paródico que las comparsas de los negros-blancos habían contribuido a consolidar.  La obra de Trejo le da no sólo presencia, sino voz.

Un siglo después, Jorge  Gómez coordina una creación grupal, El bufón de Rosas  (2004), pieza estrenada en  el circuito  off y seleccionada para los festivales de  mar del Plata y Azul. El dramaturgo  la resume en estos términos:

En la inmensidad de la pampa dos atores juegan a ser  Rosas y su bufón.  Rosas, exiliado en un corral, se niega actuar y con el ello al recuerdo. Eusebio lo punza en la memoria y obtiene  apenas unos fragmentos del pasado que justifican su existencia. En este vaivén, pendulan períodos de la historia que van de un aparente sosiego a un espiral de sucesos, a veces sangrientos. La fábula se repite cíclicamente y arrastra evocaciones que encarnan a los personajes y los transfigura en tiempo  y espacio sin saber quiénes son” (Entrevista de la autora,  8/9/2005).

 
El título ubica al negro en un espacio protagónico, contrafigura del polémico  Restaurador. Este negro que  Rosas intenta domar como a un caballo y al cual patea con sus botas o aporrea con el poncho, no es aquí un bufón que lo divierte, sino la  Voz  del  Otro que conduce la relectura de un período central de nuestra historia, es quien re instala y cuestiona la polémica polarización civilización y barbarie.  El personaje negro-bufón, ser deforme que abre la obra con una interpelación y la cierra con una orden, se desdobla en el segundo núcleo dramático en el cacique  Chocorí, quien le arrostra a éste el pecado de traición. Son precisamente esas voces enunciativas, tradicionalmente silenciadas, oficialmente marginadas, las que en esta obra estructuran los retazos del recuerdo, las que integran fuentes documentales con las ficcionales, las que nos desafía a revisar la historia.

Lo que producen Luisa Calcumil en el campo indígena, y Nemesio Trejo y Jorge Gómez -entre otros- al abordar el tema de la negritud, excede el campo de las reivindicaciones, abre la posibilidad de completar ese proceso dinámico que es la identidad y  borrar del imaginario la creencia  que los argentinos somos todos  blancos. (Continúa)

 




[1] Un antecedente fue Facundina (1983 de  Graciela Serra  dirigida por  Eduardo  Hall.
[2] Para este tema resulta insoslayable la lectura de los artículos de  Alfredo  A. Rogggiano, “Acerca de la identidad cultural de Iberoamérica (Algunas posibles interpretaciones) y de  Raúl  Dorra “identidad y Literatura” incluidos en  Yurkievich (1986).
[3] Todas las citas aparecen en  Zayas de Lima, 1998.
[4] Si bien dentro del repertorio tanguero hay abundante temática negra, la mirada desde el mundo blanco no hace sino reforzar estereotipos, salvo algunas posiciones reivindicatorias.

domingo, 2 de julio de 2017

Robespierre de Mónica Ottino se estrenó en Buenos Aires.



En este mes de julio la obra se estrenó en el teatro Andamio 90 de la ciudad de Buenos Aires. En un blog anterior me referí brevemente a cómo se había gestado esta propuesta que involucra distintas lenguas y culturas y cómo la autora dejaba abierta la posibilidad de relacionar un hecho ocurrido en Francia en el siglo XIX con el pasado y el presente de nuestra realidad. Si bien el texto nos sumerge en los conflictos que asolaron a la Francia de fines del siglo XVIII, también nos interpela a los argentinos del siglo XXI, y no sólo porque reconocemos vínculos directos entre el pensamiento de quienes promovieron nuestra independencia y los ideólogos de la Revolución Francesa (de quienes la precedieron y la continuaron), sino, fundamentalmente porque nos enfrenta a algunos dilemas aún hoy vigentes: qué es el pueblo, pueblo y burguesía son conceptos opuestos o complementarios, la ecuación revolución-violencia-crimen-anarquía, las relaciones entre la historia oficial y la vida cotidiana, la ideología como justificativo de las luchas fratricidas (“el pensamiento tiene siempre su eficacia”, afirmaba Hawthorne).

La puesta en escena logra subrayar este punto con pocos recursos pero altamente significativos (el muñeco ensangrentado, los fragmentos fílmicos proyectados) pero sobre todo con un perfecto tratamiento del espacio en el que los público y lo privado pueden exhibir su estrecha relación. Mónica Lleó, la actriz que encarna al protagonista, nos presenta a un Robespierre complejo -hombre atormentado que queda atrapado entre sus propias decisiones y el destino, político polémico, héroe y a la vez antihéroe que no puede escapar ni del mito ni de la historia­- de un modo tal que todos los matices confluyen en un único retrato.

El segundo punto para reflexionar tiene que ver con su concepción de los límites y posibilidades de imbricar historia y ficción.

Michel de Certeau define la historia como “una relación del lenguaje con el cuerpo (social) y por ende, también por su relación con los límites que instaura el cuerpo, ora en cuanto al modo del ámbito particular desde donde se habla, ora en cuanto al modo del tema diferente (pasado, muerte) de que se habla (1997, 47); es dar la voz a un silencio o su efectividad a un posible” (id. 55) instalada en una ambivalencia, al tiempo que se constituye como un lugar que delimita el pasado, “es una manera de dar cabida a un porvenir” (id. 69). Alejandro Giles, su director responsable también del vestuario y la iluminación marca con precisión estas relaciones: presencia del bilingüismo en cada una secuencias señalado tanto desde lo sonoro como desde lo visual, imbricación de la historia de vida del protagonista con su presente revolucionario (despojamiento de la peluca) y el destino de la revolución (posición central y frontal del personaje), futuro enunciado desde la corporeidad plena.

El diseño del programa es especialmente acertado ya que incluye desde lo iconográfico a lo textual las claves para sumergirnos en el espectáculo: en anverso, el rostro ( postura, gesto y mirada) de Lleó/Robespierre sobre la que se le antepone la opinión de Mirabeau: “Es un político peligroso, cree en todo lo que se dice”; en el reverso, repetición de la cita de Mirabeau,e inclusión al final de otra de Dantón “La opinión pública es una puta” sobre esa figura del tigre (símbolo de la cólera y de la crueldad, pero también de la oscuridad y de la luna nueva) que aparecerá asociada al protagonista.

La obra re-significa el pasado y ejemplifica el pensamiento del novelista sueco Henning Mankell: “La historia no es sólo que queda a nuestra espalda, también nos acompaña”. Sus estrategias discursivas (lo que piensa Robespierre, pero también lo que sueña) concilian la veracidad documental y lo ficcional asociado a la mentira o a la imaginación, la objetividad y el mito, los datos y las imágenes, la coexistencia entre el héroe y el personaje. Si bien coloca en el centro de la escena la figura trágica del protagonista, se aleja de la reconstrucción biográfica, y hábilmente lo despoja de elementos esos elementos fijos (inamovibles) suministra el mito y lo sumergen un una perspectiva histórica flexible (modificables) que le permite también instalar un interrogante sobre los que significa una “revolución, qué la causa y cuáles son sus consecuencias.

En el blog antes mencionaba señalaba cómo el nombre hipoteca desde su primera aparición el destino del personaje histórico al adquiere una “dimensión polifónica” que resulta de la superposición de lo que el receptor ha leído o le han contado. ¿Cuál será nuestra percepción de este Robespierre, contaminada por tantas fuentes (textos de historia –escolares y/o de investigación-, ficcionales -narrativa y teatro-, películas)? ¿Nos compenetraremos emocionalmente para comprenderlo o rechazarlo, o nos situaremos en una distancia crítica?

Después de asistir a su representación. Si el texto de Mónica Ottino invita al espectador a realizar sus propias lecturas sobre los protagonistas de la Revolución Francesa y sacar sus propias interpretaciones acerca de las consecuencias de la misma; la actuación de la protagonista es tan potente, creativa y convincente (tonos de voz, gestualidad, proyección de la mirada) que será muy difícil pensar en “otro” Robespierre que no sea el de Mónica Lleó.





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//Año II, n° 81//


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miércoles, 28 de junio de 2017

TEATRO E IDENTIDAD: PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS, METODOLÓGICOS ESTÉTICOS (I)


Introducción

Tal  como lo muestran  las investigaciones realizadas en el continente americano en los campos de la antropología, la sociología, la lingüística, la sicología, la historia,  y los estudios culturales se ha desarrollado con gran énfasis el concepto de identidad como un mecanismo de explicación teórica. Pero, en general se ha pensado a la nación-estado como una estructura que contiene etnias múltiples y aisladas y la definición resultante se ha sustentado en los aspectos diferenciales, trabajada sobre  los límites antes que sobre umbrales.
 

“El hombre no solamente sabe que tiene pasado, sino que también y con más certeza, lleva consigo su pasado, es su pasado, a menudo ignorándolo tanto como ignora su futuro, que también el comporta y es; es un  ser cuyo presente no puede ser en gran parte otra cosa que una actualización”.

   Creemos que el rescate de estas palabras escritas por  Bernardo Canal  Feijóo   en 1951 puede ser un útil punto de partida para reflexionar sobre un tema  tan complejo   como el de la identidad, un campo difícil de abordar  porque se trata de un proceso abierto y en estrecha relación con la conflictiva percepción de la alteridad.   Frente a los fenómenos que la regionalización y la globalización comenzaban a generar, este dramaturgo investigador y docente argentino había planteado en sus ensayos, hace ya más de medio siglo, un debate específico: por una parte, la ubicación y el papel del artista como individuo y como ciudadano comprometido; por otra, la valoración del teatro como elemento insoslayable en la configuración de una identidad nacional y americana.

Creo que un ejercicio interesante relacionar algunas de las ideas  de  Canal  Feijóo con la de un investigador que apareceré citado  en forma  habitual en las bibliografías, Michel de Certeau, quien definiera la historia como una relación del lenguaje con el cuerpo social y en la que el tiempo se constituye  como un lugar que delimita el pasado y como  “una manera  de  dar cabida a un porvenir” (1997, 69).

Se tiende a considerar que el problema de  la  identidad es un  problema básicamente  incómodo, ya que supone reconsiderar conceptos tales como etnia, cultura, nación, historia y mito; y en nuestro caso también  el de  “americano”. Ya en  1984, José  Luis de Imaz indagaba lúcidamente sobre la historia de este término que aparece integrando términos igualmente equívocos como “Iberoamericanos” y “Latinoamericanos”. Años más tarde Lola Proaño se interrogará sobre si la argentinidad no sería en sí una ficción (2002, 79). También creo que resultaría esclarecedor conectar los trabajos de estos investigadores de nuestro continente con  Gerd  Baumann quien al plantear con claridad  el tema de lo nacional, lo étnico y lo religioso en relación con la identidad, entiende a esta como “una construcción socialmente flexible” y no como “una propiedad personal adquirida por nacimiento” (2001, 80);  define a la nación como  “uno  o varios grupos étnicos cuyos miembros creen, o en cierto modo les inducen a creer, que  poseen un  Estado”, en razón del nacimiento, del compartir rasgos culturales y de integrar una comunidad de destino (id., 44-45); y a la cultura como  “una construcción discursiva doble”  producto de “una  esencia deificada en un primer momento y una posterior  nueva construcción exploratoria de instancia procesual (id. 120)
 

Nuestra identidad en escena.

  Desde  distintos campos del arte y desde el momento de los tiempos de la  Revolución  de Mayo los creadores nos han ofrecido varias vías de acceso para resolver  ese tema-problema de la identidad nacional transitar el camino que nos conduzca a nuestros orígenes, crear barreras que no permitan la llegada de lo otro, focalizarnos en la construcción de un proyecto común para el futuro, reconocer y anular todo tipo de dependencias (económica, política, ideológica, lingüística, artística) o incorporar naturalmente en el devenir  pluralidades y discontinuidades.

            En el campo del teatro, un significativo número de textos publicados y estrenados, como asimismo, las declaraciones realizadas en las últimas décadas, tanto por los dramaturgos como por actores y directores, coinciden  -al margen de  las diferentes opciones estéticas- en la necesidad de  i)  generar un lazo entre lo colectivo y lo individual, ii) aprehender una modulación particular de la historia a partir de las experiencias individuales y detectar las mediaciones existentes entre la racionalidad individual y la identidad colectiva, iii) completar, cuestionar y potenciar el grado de conocimiento que la sociedad tiene sobre  sí misma, y iv) rectificar las imágenes generadas por la mirada mutilada de quienes, viviendo en la periferia se colocan las lentes de los países centrales.

            Al analizar hoy, las producciones escénicas locales vemos como las obras de teatro pueden contribuir a configurar y consolidar nuestra identidad y poner en funcionamiento la dinámica de la memoria y el olvido. Al rescatar arquetipos nacionales y regionales, ese teatro ofrece una barrera de contención a los elementos que intencional y estratégicamente operan para desdibujar las identidades nacionales en nuestro continente americano. Es decir, que frente a políticas culturales que apuestan al olvido o a escamotear la memoria,  tanto el escritor – que domina el espacio letrado- como el director -que domina el mundo de las imágenes- se encuentran en privilegiadas condiciones para  hallar un fructífero equilibrio entre lo propio y lo ajeno.

            Cabe preguntarnos, entonces: ¿Existe un hiato entre el “legado de la tradición” y lo que se ha convertido la  Argentina hoy? ¿Cuál es el papel que le corresponde al teatro en la conformación de las identidades regionales, nacionales,  y americanas,  y su reconocimiento individual y colectivo? ¿Es posible contrarrestar esa penetración de elementos que opera para  generar la aculturación?

            En este escenario  en el que el  mundo pareciera estar dominado por el desencanto posmoderno, en el que los grandes relatos se fragmentan, se deshilachan , en el que la disociación del sujeto se corresponde con la incertidumbre de su presente y de su destino, y del cual no se ha desterrado ni la violencia ni la frustración, en nuestro país, un número importante de teatristas apuesta en estas últimas décadas a restablecer una relación potente entre vanguardia y tradición, entre memoria y descubrimiento, entre la interrogación al pasado y la construcción de utopías. Son creadores que continúan planteando la responsabilidad del artista en términos de eticidad como Canal  Feijóo los propusiera.

Diferentes proyectos escénicos de manera consciente se reconocen como factores que contribuyen a configurar, modelar una identidad colectiva que en algunos casos se reconoce como nacional, en otros, como latinoamericana.  A estos he decidido agruparlos dos líneas: 1) la voz de las minorías, la exclusión del indígena y la negación  del negro; y 2) la historia y la política en el diseño de lo identitario. (continúa)
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Año II, n° 80
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miércoles, 21 de junio de 2017

LA CONTROVERSIA DE VALLADOLID, UN TEXTO SOBRESALIENTE DE MARÍA ELENA SARDI.

María Elena Sardi estrenó en la primera mitad del 2017 (su escritura data del 2013) La controversia de Valladolid, obra destacable por la forma en que esta escritora  imbrica distintos discursos  (autorreferencial, religioso, teológico, histórico, político y jurídico), sin que esa interdiscursividad resulte artificiosa o conspire en contra de la teatralidad.  El espacio  es el ensayo de una sala teatral  pero que se convertirá a lo largo del transcurso de la acción en el salón de la controversia y el claustro del  Colegio San Gregorio en Valladolid; el tiempo, tres momentos significativos: 1550, 1961 y el actual. Tres personajes masculinos, representados por las tres actrices que ensayan la pieza condensan el conflicto: Fray Bartolomé de las Casas, su oponente,  Juan  Ginés de Sepúlveda, y el teólogo Domingo de Soto, el  mediador. La autora también decide situar al  tribunal en el público.
El tema central, el debate sobre “los justos títulos de dominación de España en el  Nuevo Mundo”, se abre hacia otros que se encuentran interconectados: la legitimidad del accionar de los conquistadores, civilización y barbarie, los silencios de la historia oficial, el imperialismo las verdaderas conductas, las ficciones de la política, la ambigüedad y los límites de la argumentación.
El juego dialéctico entre  Sepúlveda, quien apoya jurídicamente la legitimidad de la conquista, y Las  Casas quien la cuestiona revela cómo ambos  pueden apoyarse en las mismas  fuentes jurídicas, bíblicas y filosóficas: Aristóteles, Séneca, el Libro de los Proverbios, el Eclesiastés, el profeta Isaías, San Mateo, San Agustín, San Isidoro de Sevilla. Sólo divergen en dos puntos: Francisco de Vitoria quien en sus escritos había expresado serias dudas sobre la conquista como una causa  justa y  por lo tanto es fuente sólo para el que fuera obispo de Chiapas; para el capellán de Carlos V y preceptor del príncipe Felipe, lo importante es basarse en textos jurídicos (el derecho de tutela, la idolatría, el canibalismo y las conductas antinaturales que predican los bárbaros y la necesidad de la evangelización.
 
Las distintas secuencias del debate son interrumpidas por la distancia crítica que generan las actrices, al comentar desde el presente el material escénico, mientras  beben y comen algo. La crítica apunta a la historia que calla el accionar de Carlos quien mandara secuestrar al citado  Vitoria y sus escritos (había propuesto  la creación de una confederación bajo la corona pero con indios propietarios que se  gobernaran), su ambivalencia frente a los encomenderos y los indios, los intereses económicos y políticos como motor de la convocatoria a las Juntas.
 
Las actrices, asimismo subrayan las coincidencias con el presente: el siglo XVI  con los imperios que  en la actualidad buscan expandirse destruyendo a los que  se les oponen; los indios exterminados,  los daños colaterales de Bush; los conquistadores, empresarios privados; la convocatoria a las juntas, una farsa que se actualiza, y después de  467 todavía se sigue debatiendo sobre lo que significó la Conquista. La frase de Leonor, “vivimos en el mundo de Sepúlveda”, sintetiza en el campo ficcional lo que Huizinga afirmaba en el campo de las ciencias sociales: “nuestra  cultura mundial actual  más que nunca está impregnada del pasado”. A la mirada crítica del trasplante del feudalismo europeo medieval al mundo hispanoamericano se corresponde el hecho de que los personajes se transformen a la vista del público -tal como lo señalan las acotaciones-como si fuera una ceremonia: capa azul y una mitra para Beatriz/de Soto; capa negra con detalles bordó y sombrero para  Leonor Sepúlveda y capa marrón corta  para María  Elena/Las  Casas (los colores adquieren un claro color simbólico).
 
La teatralidad se intensifica en el segundo acto con la confrontación espacial (Sepúlveda en su celda, B. de las Casas en la galería) e ideológica (monólogos paralelos confrontantes) de los oponentes. El primero, apoyándose en Maquiavelo, con la necesidad de salvaguardar el imperio, de deshacerse de del fraile[1], y la defensa de la guerra justa. El segundo, apoyándose  en Santo Tomás  De  Aquino, opuesto a la codicia. También la teatralidad se pone al servicio de conectar el pasado con el presente: las campanadas,  Bach y el  Magnificat  que enmarcan el drama histórico) son reemplazadas por la música de toros  que ilustra la parodia de Leonor sobre la llegada de  Colón y por sobre todo se impone en el desenlace  el sonido de la sirena de una ambulancia en la que será sacado de escena Bartolomé de las  Casas.
 
Como en el caso de Las obreras, obra que Sardi estrenara en 1985, La  Controversia de  Valladolid es el resultado de un examen profundo y exhaustivo de documentos, y la reconstrucción de la época es realizada con una distancia crítica desde la perspectiva de “acontecimiento”[2]. Y nuevamente como sucediera en otras de sus obras (Duse…la  Divina; Locas por el biógrafo, Con olor a agua florida, ¿Vos te creés que es fácil ser Sofía Bozán?), dicha perspectiva es abordada desde la mirada de la mujer. Se instala en este punto el interrogante ¿Las mujeres recuerdan  de modo diferente?
 
María  Elena  Sardi se consolida en La Controversia… como una dramaturga capaz de conciliar ciencia, arte  y ficción,  evidencias e intuiciones, datos e interpretación de esos datos, investigación y memoria para redefinir conceptos como “derechos  humanos”, “civilización”, “barbarie”, “violencia”, “política”, “globalización”. “genocidios”, “teatro histórico” y “responsabilidad social”.

Año II, n°79.
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[1] Esto lo logrará efectivamente  Felipe. Tal como se señala en el texto, ante la quiebra financiera del reino les regalará todo a los encomenderos  y destruirá su lucha y sus escritos.
[2] “Generalmente  parto de investigaciones sobre un tema lo que me lleva  de seis meses a un año, y luego armo la estructura dramática. Escribo desde el escenario, como una actriz que desde el escenario debe decir su texto” ( en:  Perla  Zayas de Lima, Diccionario de  Autores  teatrales  Argentino (1950-1990), Bs. As., Galerna, 1991, pp. 251-2).

jueves, 15 de junio de 2017

FEDERICO FERNANDEZ PRESENTA SU “BUENOS AIRES BALLET”.


El 9 de junio pasado se presentó en el NDTeatro el  grupo de danza “Buenos Aires Ballet” sobre el cual nos referimos en un blog anterior, antes de su debut. Todas las expectativas fueron colmadas, tanto por la elección del repertorio como por la actuación de sus doce integrantes, y la coherencia y solvencia del director artístico.

En la primera parte, el repertorio incluyó seis piezas de obras estrenadas  en las postrimerías del siglo  XIX y comienzos del  siglo XX  cuyas coreografías  implicaron  para los  bailarines verdaderos desafíos (la mayoría de estas originales de Marius  Petipa). Una de ellas, Harlequinade basada en los argumentos y personajes de la comedia del arte,  constituyó un verdadero ejemplo de cómo fusionar técnica, expresividad y teatralidad. Más allá de los méritos del coreógrafo citado un aspecto sobresaliente radicó en los intérpretes  Camila  Bocca y Jiva Velázquez dueños de toda una serie de recursos capaces de dar cuenta de un vertiginoso juego de ritmos en sus solos y las variaciones proxémicas (alejamientos, aproximaciones, contactos) en los agrupamientos de los dúos.  Harlequinade les proporcionó a ambos integrantes  del  ballet  Estable del Teatro Colón la posibilidad de generar el admirado reconocimiento del público 

Otro momento especial fue la versión que Eliana Figueroa, primera bailarina del  ballet  Nacional  DANZA, realizó de El Cisne. Desde el momento en que Anna Pavlova la estrenara, famosas bailarinas la reprodujeron e los más diversos escenarios. En esta oportunidad a la pautada coreografía de  Mikhail  Fokine, Figueroa le sumó recursos expresivos propios que la enriquecieron y generaron una personalísima performance que le permitió salir airosa de toda comparación.

Dos coreógrafos argentinos también  integran el programa.  En la primera parte,  Romina Simone, propone en Souls un “dúo contemporáneo” con música de  Yo Yo Ma interpretado por Aldana Percivati y  David  Gómez, quienes antes habían  puesto de manifiesto su dominio del ballet clásico en Alto de  Caballería. Ambos cumplen a la perfección con lo que la coreógrafa propone: una interacción entre la energía y el espacio, una dinámica expresiva y una interacción de movimientos capaces de construir el encuentro de los cuerpos en los que habitan “dos almas gemelas”. En la segunda parte, Emanuel Abruzzo,  reúne en Cuerdas,  a diez bailarines, entre los que también se cuenta. Combina conocidos fragmentos de Bach y Vivaldi, con los de compositor  austro- bohemio del siglo XVIII menos difundido, Heinrich Ignaz Biber, músico que tuviera predilección por el canon y utilizar los instrumentos en varias combinaciones, lo que se corresponde perfectamente con su diseño coreográfico.  Dichos fragmentos pautan melodías y ritmos que permiten mostrar a través de solos, dúos, tríos y  conjunto  total de los performers, los diferentes modos de  comunicación y dominio  que los hombres pueden ejercer en la  sociedad; conductas de Individuos individuales que terminan reproduciéndose, y a pesar de las variantes, homogeneizándose. Esto queda claramente fijado por el tratamiento de los cuerpos en el espacio y el acertado vestuario de Lorena  Durou.

Buenos  Aires Ballet ofrecerá una nueva función en el  ND/Teatro, el  próximo  15 de julio.
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año II, n° 78
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lunes, 12 de junio de 2017

RITMO: IDEOLOGÍA Y ESTÉTICA


Las definiciones más difundidas sobre el ritmo aparecen como simples y poco problemáticas: “Estructuración de las duraciones sonoras” es una de ellas. Sin embargo, se trata de una categoría a la que se le asocian variados conceptos con valor sinónimo (velocidad, percusión, discontinuidad, ruido, esquema de duraciones, acentuación, articulación, medida, métrica, configuración, equilibrio), lo que  indica de  por sí una gran complejidad.  Desde mi perspectiva dicha complejidad se acentúa porque puede mantener simultáneamente una estrecha relación con lo estético y lo ideológico, hecho del que da cuenta la producción artística caribeña.

 Específicamente me centraré en las músicas llamadas “mulatas”. Esta elección obedece a tres razones: la creatividad en el campo de la música y la danza, su relación con lo africano y la vigencia que sus expresiones artísticas tienen fueran de su espacio originario. -un ejemplo evidente, la salsa- (Quintero Rivera, 2009). Considero pertinente  señalar que hablamos de ideología en cuanto esta noción designa una configuración de opiniones o de representaciones de la sociedad (seguimos en este punto a Eliseo Verón), en cuanto conjuntos más o menos coherentes de representaciones, determinadas tanto en su contenido  como en su forma  por la estructura social, y a través de las cuales los hombre , o mejor, grupos de hombres definen actitudes ante el mundo social, la naturaleza, sus propias condiciones de existencia, etc.; configuraciones sociales de la conciencia que se manifiestan ya bajo el modo de un saber semiformalizado de  “lugares comunes” y prescripciones éticas, ya bajo el modo de discursos sistemáticos (Altamirano- Sarlo). Es decir que se trata de un sistema de ideas vinculadas con el orden social  vigente.

En un trabajo anterior (Zayas de Lima, 2009)  mostré que el concepto del ritmo en el plano musical –de por sí un tema complejo no sólo a la hora de la teoría sino de la praxis, se complicaba aún más cuando adquiría connotaciones ideológicas, y tomamos como ejemplo la música africana, a la que cual se le suele atribuir un carácter esencialmente rítmico. A esto se asocia históricamente la perspectiva eurocéntrica, que   establece en una polarización con el ritmo, la melodía y le otorga a esta última una mayor “jerarquía”, posición que consideramos falsa por reduccionista.  Así también lo entiende  el investigador Norberto P. Cirio, quien considera que la sinonimia “África = tambor”, que circunscribe la música al ritmo “es una idea de blancos fuertemente simplificada y gestada en un contexto colonialista- paternalista de dominación, en el que no interesaba reconocer en los negros  demasiados méritos culturales” (2006, 30).

Este investigador, asimismo,  había analizado la función del ritmo en la fiesta de  San Baltasar, en la que el tambor aparece como “vehículo de la voz del santo”, como objeto sonoro potenciador de la alegría y como símbolo de la libertad (Cirio, 2003: 196), lo que puede ser  sintetizado en la siguiente ecuación: Música=tambor= negro=modo devocional=alegría=libertad.

 Si nos despojamos de los prejuicios y nos sustraemos a los moldes occidentales podemos también, entonces, comprender el valor socio cultural y el alcance integrador que poseen  los bailes que componen la festividad del  Gagá[1], en los que se celebra  la vida con sus goces y sufrimientos  y se  impreca a  los Seres.  En esta  convocatoria a los santos,  los tambores asumen rítmica y sincopadamente  melodías y cantos, en consecuencia el efecto antes mencionado  obedece al protagonismo que adquiere el ritmo en convivencia con la melodía, el lirismo y el relato mítico.

Ánibal  Quijano, por su parte,  relata cómo, a partir de su participación en el multitudinario encuentro que congregó a miles de “negro/ras” que marchaban y cantaban en ocasión del entierro del músico boricua  Rafael  Cortijo en 1982, entendió “que el ritmo contra el sufrimiento era el más poderoso descubrimiento de los “negros en América, la puerta a la otra margen”, y cómo  una vez que  la esclavitud fue abolida “el ritmo pudo ser también liberado” (2009, 34).  Se opone a la concepción weberiana que percibía en la música, fundamentalmente, el orden y propone que el ritmo negro, originado “en la resistencia contra el sufrimiento en América” sea hoy interpretado como “el sonido de la subversión del poder en todo el mundo. Es decir, que según su hipótesis, resultan claras  las relaciones  “entre música, baile y dominación” (p. 35).

            Mi postura es, en este punto, coincidente. La bomba puertorriqueña -de procedencia africana- debe  ser considerada como un ritual comunicativo entre el sonido y el movimiento “entre toques rítmicos, cantos, repiqueteo de tambor y baile”  (Quintero Rivera, 2009: 42). El tambor que repiquetea elabora, sobre el toque del tambor básico, una serie de variaciones rítmicas que revelan y potencian la creatividad coreográfica. El diálogo rítmico de los tambores convierte el espacio danzante en  “la base central de las identidades” (p. 46), pero también remite a “los  ritmos del dios de la fertilidad” (p. 47), genera un proceso de tensión.

En esta misma línea puede ubicarse la comparsa cubana del Día de Reyes, surgida como contracultura en un sistema colonial opresivo, como legitimación de una cultura  considerada subalterna. Es descripta por el poeta cubano  Felipe Pichardo Moya en su poema “La comparsa” de 1916, como “una culebra colosal” que se arrastra por las callejas, en la que “los cuerpos se desconyuntan con una furia demoníaca/al impulso irresistible de los palitos y el timbal”. Precisamente son las manifestaciones artísticas cubanas las que mejor ejemplifican la existencia trinitaria de ritmo-estética-ideología. Las ruinas circulares (1992), creación colectiva del Grupo Teatral Buen día dirigido por  Flora Lauten, apela a la interculturalidad, la estructura onírica y al ritual para revelar el sincretismo latinoamericano. Como lo propone la cultura africana, es importante focalizarse en las similitudes, no en las diferencias: un negro esclavo puede albergar en su cuerpo otros seres: el  Caballero Andante y su  Escudero, o la Iku; y vivir espejismos: María, Dulcinea y Ochun. El ritmo narra y es el cuerpo del actor el que dirige  y/o dialoga con los  tres batás, la batería,  o las dos tumbadoras, y  determina el orden de las palabras (de Borges, Unamuno,  Shaffer,  Martí,  Colón, Lydia Cabrera, Miguel  Barnet,  Raquel  Carrió,  Baudrillard, y Carpentier) que revelan la copresencia de España,  África y América.

Frinalmente, otra variante de interculturalidad en la que lo estético y lo ideológico se sustentan en el ritmo, lo ofreció el espectáculo  generado a partir del intercambio organizado por SZDanza y Proyecto Cuvilas (Mozambique/Buenos  Aires y que oportunamente comentara (Zayas de Lima, 2007).

 

Textos citados

Alegría-Pons, José  Francisco (1993) Gagá y Vudú en la República Dominicana (Ensayos  Antropológicos), Puerto Rico,  El Chango Prieto.

Cirio, Norberto Pablo (2006) “La presencia del negro en grabaciones de tango y géneros afines”, en L. Maronese comp.,  Buenos  Aires  negra. Identidad y Cultura., Buenos  Aires, Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la  Ciudad de  Buenos  Aires, pp. 26-59.

------- (2003)  “La desaparición del candombe argentino. Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”,  Música e investigación, Rev. Del Instituto Nacional de Musicología  Carlos Vega, n° 12-13, pp, 181-202.

Dort, Bernard (1973) Lectura de  Brecht,  Barcelona,  Seix  Barral.

Lehmann, Hans-Thies (1999) Le Théatre postdramatique, Paris, L´Arche.

 Martin, John (1966) The Modern Dance, N. Y., Barnes.

Quijano,  Ánibal, (2009) “Fiesta y poder en el Caribe, en   Á. G. Quintero Rivera, Cuerpo y cultura Las músicas “mulatas” y la subversión del baile, Madrid/ Frankfurt am Main, Iberoamericana/Vervuert, pp 33-38.

Quintero Rivera, Ángel  G. (2009) Cuerpo y cultura Las músicas “mulatas” y la subversión del baile, Madrid/ Frankfurt am Main, Iberoamericana/Vervuert.

Selden, Samuel (1972) La escena en acción,  Buenos Aires, Eudeba,

Scheinin, Adriana, (2008) “En los límites de la tensión dramática”, en O. Pellettieri editor,  Perspectivas teatrales, Buenos Aires, Galerna,  Fundación Roberto Arlt, pp. 51-58.

Zayas de Lima, Perla (2007) “Una propuesta de danza intercultural, el  proyecto Sur-Sur”, en telondefondo, Revista de Teoría y Crítica Teatral, n° 6.

Zayas de Lima, Perla (2009) - “El ritmo del intérprete de la danza y disciplinas afines”, I Jornadas Nacionales de Investigación y Crítica Teatral, Fundación El Libro y Aincrit, 30  de abril.



[1] Gagá  es el nombre  dado a los grupo de Rará, grupos ambulantes de músicos y adeptos del  Vudú, que al llegar la  Cuaresma recorren varios lugares tocando y bailando a manera de peregrinos, en la  República Dominicana (Alegría-Pons, 1993: 117)

martes, 6 de junio de 2017

PAPEL DE MUJER, DE STELA CAMILLETTI: UNA DRAMATURGIA BASADA EN LA CREATIVIDAD Y LA INVESTIGACIÓN.

Papel de mujer propone a los lectores (y potenciales actores y directores) un texto  sustentado en la interrelación de creatividad e investigación. Creatividad entendida como un modo específico de pensar,  de manejar informaciones, de ver cosas y de reaccionar frente a las circunstancias; aptitud que se potencia cuando se trata de un arte como el teatral. Investigación, trabajo sistemático sobre fuentes que implica búsqueda pero también selección de datos que se convierten  en significativos.  Desde el 2001 sus obras obtuvieron premios otorgados por instituciones oficiales y privadas, nacionales y extranjeras: Cosas de  Familia  (Pr. Club de  Autores), Barajar y dar de nuevo (3° Pr. Nacional Teatro de  Humor), En Tránsito (finalista en “La scrittuta della defferenza”, Italia), Casting de ilusiones (Pr. Teatro de Humor Breve), El ahorcado, historia de una pasión (2°Pr. Concurso Nacional de Obras de Teatro por el  Bicentenario),  Frutos  Silvestres (Concurso Internacional “Teatro  Incluido),  Detrás de la reja (Faja de Honor de la SADE 2015).
La historia argentina y el mundo femenino han funcionado como ejes en la mayoría de sus producciones para la escena. En Papel de mujer, su interés en las problemáticas sociales se focaliza precisamente en el segundo. Allí interactúan varios niveles:

Teatro-Vida. Protagonizada por dos personajes femeninos, desde el mismo título aparece una bifurcación del sentido. Papel como rol a jugar  ficcionalmente en la escena; papel como  comportamiento de un sujeto que debe enfrentarse a pautas de conductas y normas sociales históricamente consolidadas.
Teatro y Psicodrama. Estos dos personajes femeninos ante el hecho de la representación pueden encontrar la verdad que  des-aliena y que permite el encuentro real consigo mismo y con el otro. Artaud  afirmaba: “El teatro nos restituye todos los conflictos que duermen en nosotros, con todos  sus poderes  y da a esos poderes nombres que saludamos como símbolos”. Representar se convierte en algo más que un hecho artístico; como  decía el padre del psicodrama, J. L. Moreno, el amor a sus propios demonios es  “lo que  impulsa al teatro a desencadenarse. Para poder escapar de sus jaulas, desgarran sus más hondas y secretas heridas y ellas sangran  ahora externamente ante los  ojos de la gente”.
Teatro dentro del teatro.  Estratégicamente  el recurso  del teatro dentro del teatro es lo que permite contar y representar el abuso y la violencia de género. Los conflictos afloran a partir de un ensayo en el que analizan fragmentos de diferentes autores y se revelan, se ordenan y racionalizan en el desenlace: la representación que ambos personajes (mujeres que asisten a un centro cultural)  afrontan  a pesar de la ausencia del director (en un acto de autogestión) ante el público.
Intertextualidad y Teatro. Precisamente son las palabras de “otros” los que pueden generar la catarsis, eliminar el temor. En esos ensayos, las  aspirantes actrices al leer fragmentos de autores clásicos griegos (Eurípides,  Aristófanes)  hasta llegar al monólogo de Laurencia de Lope de Vega descubren la magia y el poder revelador y curativo del  hecho teatral.  En ese  viaje de ida y vuelta,  de lo real a la ficción y de la ficción a lo real al que se refería Jean Franchette, los personajes pueden superar la incomunicación, la soledad y el desamparo  y descubrir su papel de mujeres  en lo artístico y en lo social.
Teatro Documento. El texto aparece enmarcado en dos contextos históricos  específicos: en el pasado, la mujer sometida, restringida a roles domésticos y/o decorativos; y en un tiempo presente, mujeres acosadas, violadas, y asesinadas a pesar de las nuevas leyes contra el femicidio y las marchas  de protesta a nivel mundial.
Todos estos niveles se imbrican de manera natural y conforman un texto atractivo (premiado y publicado este año en España) y que revela cómo Stela Camilletti, dramaturga, actriz y docente,  ha sabido internalizar el legado de los autores clásicos, presentar “teatralmente” los conflictos y desarrollarlos, y proponer artísticamente un  desafío a las mujeres de nuestro tiempo.

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Año II, n° 76
pzayaslima@gmail.com