miércoles, 9 de noviembre de 2016

MARILÚ MARINI Y EL ÉXITO DE CANCIONES DE AMOR.

El disparador de estas reflexiones es el comentario del autor Santiago Loza,  y que aparece en el Programa de mano.  Allí se lee
“La gran Marilú Marini. No sé qué se puede decir sobre ella que no se haya dicho y no resulte redundante (…) Ella es historia y presente. Marilú es también el amor hecho escena. Ella es una niña que, de manera inocente se roba todas las miradas y una hechicera que nos cautiva para siempre. Marilú es alguien inolvidable.  Deliciosa, intensa, poseedora de una fuerza demoledora”.
Palabras que adquieren para mí una especial importancia ya que apuntan al centro de este problema cómo desde el análisis de un desempeño actoral calificar a un actor/actriz de bueno, malo, excelente, etc. Cuando realizamos un comentario o la crítica de un espectáculo, al referirnos a la función del texto, al desempeño del director, del escenógrafo, del vestuarista, del iluminador o de la dirección musical podemos comunicarnos de modo efectivo a través de una organización discursiva en la que se puede narrar, describir, explicar y argumentar. No resulta tan fácil cuando nos detenemos en el campo de la actuación. Tal vez porque allí la irrupción de lo subjetivo parece ser lo predominante, tal vez porque para el espectador le resulta muy difícil separar la persona del actor/actriz, del personaje que asume.
El caso de Marilú Marini me resulta ejemplificador. Antes de ver Canciones de amor recogí entre mis conocidos las opiniones de varios asistentes[1]: “En cuanto me entero que M.M. estrena algo, voy. No me pierdo nada”; “Todo lo que hace lo hace bien”; “La obra no me importa tanto, si que ella actúe”, “Es una maravilla”, “Los momentos que ella crea hacen que la vida y el teatro tengan más sentido”, “Es un regalo para el alma. No te la pierdas”. Mi experiencia de la representación en lo que concierne a la recepción de los espectadores, confirmó estas opiniones (o sentires). No fue sólo el aplauso cerrado –propio del público de los teatros “comerciales”- en cuanto ella aparece en escena, sino el tipo de comportamiento a lo largo de la función: densos silencios, tensión, risas cómplices… y en el final, aplausos, bravos y el grito de una espectadora: “Gracias Marilú,  Gracias”.
Nuevos interrogantes: ¿por qué convoca MM?, ¿qué es lo que se pierde al no asistir?, ¿qué es lo que ella entrega que despierta agradecimiento? Para intentar responder a esto, asumo el desafío de referirme a ella en su relación con el texto, la puesta y la recepción a partir de una argumentación que pueda fundamentar su excelencia como actriz. Santiago Loza ha organizado  las secuencias de su texto de modo que los arcos de tensión alternen con momentos en que irrumpe el humor, y hace confluir el mundo interior femenino de la protagonista con el exterior que proviene del universo masculino representado por el esposo y el hijo. Amor por el hijo vivido como absoluto, pequeñas fisuras por las que afloran dudas y sospechas sobre otro amor, el marital, que en un momento pareció ser absoluto y dejó de serlo. La obra, que transita de la cotidianidad a la reflexión filosófica, apunta a que el receptor reorganice en ella sus propias experiencias subjetivas de la realidad. ¿Será el teatro, como dice Kalldewey  Farce, “el último de nuestros mágicos intentos para quitarnos la angustia”?
Marilú Marini trabaja sobre cada palabra de su monologo, convirtiendo tal como lo  propone el texto que la suma de momentos insignificantes se revista de un aura memorable: levantarse, higienizarse, cocinar son convertidos por ella en instantes poéticos y reveladores; lo que es cotidiano se reviste de nuevas significaciones a partir de su modo de comunicar. Su manejo del ritmo (pausas, acentos, agrupaciones) subrayado por el  aporte sonoro del excelente músico  Diego Penelas, contribuye a  potenciar las estructuras emocionales de nuestro pensamiento; son precisamente las intervenciones musicales en las que participa con virtuosismo el cantante y actor Ignacio Monna, las que marcan hitos  de una tensión creciente que desemboca en una intensa “celebración, en la canción final en las que confluyen las voces de la madre y el hijo.  
Todo en la puesta en escena es acertado. La partitura lumínica de Alejandro Tantanian, Oria Puppo y Omar Possemato acompaña los tiempos del discurso (presente, pasado, anticipación del futuro), marca las diferencias entre lo vivido, lo imaginado y lo deseado; pero nunca cae en el  “light  show”. El vestuario propuesto por Oria Puppo conlleva dentro de su sencillez un alto valor significante  por la relación que mantiene con los elementos escenográficos y marca la pertenencia de esa madre a la casa en la que vivió y a la que regresará el hijo. Marilú Marini potencia la elegancia y el manejo de los detalles que Tantanian como director propone. Nunca cae en el clisé ni en la sobreactuación, ni un despliegue de una “exhibitory action”[2] . Y sin embargo captura al público con los grados de vibración de su voz que abarcan de la introspección al grito, con sus miradas, a los objetos escénicos, a un espacio propio y al público, con la energía que imprime a sus movimientos y gestualidad, por cómo transforma efectivamente el espacio.
A pesar de mis intentos por “explicar” el espectáculo, siento que no llego a desentrañar qué es lo que hace que Marilú Marini sea, desde su aparición en el  Instituto  Di Tella hasta nuestros días, la gran actriz que convoca a un público heterogéneo y lo cautiva (en sentido literal y metafórico) independientemente de la obra que le toque protagonizar. No se trata de un argumento racional, pero coincido con el autor en que ella es una “hechicera”; parte de su magia consiste en hacer que todos los que asisten a sus espectáculos acepten voluntariamente aquellas cosas “que queremos ver y también cosas que no queremos ver” (D. Donnellan).
 



[1] No debe  entenderse esto como una encuesta, ni entrevistas pautadas  que puedan ofrecer  porcentajes o lecturas de medición.
[2]Concepto definido como: “the  ´showing-off o a performer, who dominates the stage due to his or her own personality and skills”(Jacqueline Martin & Willmar Sauter, Understanding Theatre, Stockholm, Almqvist & Wiksell International, 1995, p. 85).

martes, 1 de noviembre de 2016

EL TEATRO MÁS ANTIGUO DEL MUNDO (UNA LECTURA DESDE EL SIGLO XXI)


En una publicación anterior me referí al teatro en India. Ahora retomo algunos pasajes y completo con referencias a sus relaciones con artistas europeos y argentinos.

A pesar de las opiniones de Jung, quien señalaba como incompatible la diversidad entre el mundo europeo y el hindú (“como europeo no puedo tomar nada prestado de Oriente”[1]), varios han sido los directores de escena que han trabajado (y trabajan) materiales hindúes (imágenes, leyendas, personajes históricos y mitológicos) a lo largo del siglo XX. En 1963, Eugenio Barba visitaba el Instituto Kalamandalam de Kerala donde se forman los actores de Kathakali. Su admiración por el grado de perfección alcanzado por éstos al conjugar lo artístico y lo ético, se materializó en la implementación de un nuevo modo de entrenamiento en el ISTA; a fines de los 60 Maurice Béjart erige al teatro asiático como un auténtico modelo de conocimiento de las tradiciones antiguas y como medio de encontrar lo propio que se halla perdido; en los 70, Richard Schechner investiga el modo de producción del teatro en la India pero no para imitarlo, sino para analizar, entre otros aspectos, el grado de relación con los espectadores, y del actor con el personaje; Peter Brook y Ariane Mnouchkine concretizaron modelos de teatro intercultural en los 80 con los montajes del Mahabharata y L´Indiade, respectivamente. Estas experiencias y las de muchos otros, de los cuales Craig, Artaud, Ruth Saint Denis y Ted Shawn (escuela Denishawn) y Brecht son sólo algunos de los más conocidos internacionalmente, justifica la calificación que Edgar Ceballos diera al Oriente, como “sedimento de artes preformativas” (1992, 7).

En nuestro país, los distintos estilos de danza como el Bharata Natyam, Odissi y Kuchipudi han sido difundidos, entre otras, por Myrta Barvie y sus discípulas Leonora Bonetto y Silvia Rissi. Por su parte, estrechamente conectado con el teatro antropológico y el llamado teatro de la imagen, el director Guillermo Angelelli, quien conocía el teatro y las danzas hindúes a través de su entrenamiento con Eugenio Barba en Holstebro, buscó en los 90 el contacto directo con estas manifestaciones, y en la India encuentra específicamente en el Kathakali una herramienta para la actuación: dominar del cuerpo, potenciar los sentidos, dilatar los ojos para aumentar su expresividad. En el campo de la danza teatro, a fines de la citada década, la actriz Cecilia Hopkins se especializó en Natana kairali en el género Kutiyattam para adquirir el dominio de las mudras (gesto simbólico de las manos), la marcha y el golpe con los pies, y el arte de proyectar la mirada en las nueve modalidades existentes en esta forma de teatro. 

Cada uno de los artistas mencionados se acercaron a la India movidos por la seducción, con la esperanza de confrontar las culturas y hallar positivos lazos de encuentro que se tradujeran en un intercambio de procedimientos o una reproducción de técnicas para generar nuevos códigos que facilitaran y canalizaran el pasaje del teatro concebido como un arte de lo legible a un arte de lo sensible.

No es nuestro objetivo evaluar las propuestas interculturales de aquellos teatristas occidentales que recurrieron a experiencias escénicas de la India, sino justificar por la existencia, vigencia y productividad de dichas experiencias, mi interés en reflexionar sobre algunas artes preformativas que pueden contribuir desde lo Otro a revelar, develar y potenciar lo Propio. Dado el interés que en estos últimos años han adquirido en nuestro país (y en general en Latinoamérica) las performances rituales y todo aquello que genere una participación activa y comunitaria por parte de los espectadores, nos detendremos en dos manifestaciones tradicionales de la India; el Kathakali (“pieza que contiene una intriga”) y lo que podemos denominar teatro procesional.

Los antecedentes del primero, desarrollado en Kerala, son varios y complejos. Del Kutiyattam[2], forma local de teatro sánscrito, tomó elementos de maquillaje, vestuario y tipos de personajes, pero se diferenció por el interés en subrayar la expresividad del rostro y manos, y el desplazamiento del lenguaje verbal, de los actores a los cantantes. Otros dos aportes que marcan la evolución de esta danza son las danzas rituales de Tiroyattam y las danzas marciales de Kalaris. En el s. XVII la práctica de esta manifestación artística fue afectada por el movimiento Bhakti. En este siglo surge ya como forma teatral independiente y modelo perfecto de danza drama, que combina en una estricta coreografía, actuación, mimo, música y canto; se empleando los gestos para expresar ideas abstractas en forma descriptiva. 

En su realización colaboran directores y compositores, y el actor, que inicia su formación a los diez años, logra tal categoría, después de quince años de un severo entrenamiento al lado del maestro que lo guía en todos los aspectos. Gloria Kisha describe en detalle diversos aspectos de su formación y de su técnica interpretativa: al actor se le exige un total control de los músculos del cuerpo y de la cara para lograr fortaleza, flexibilidad, elasticidad; debe memorizar un vocabulario de 600 gestos, movimientos y poses de los diferentes miembros, que combinados le permiten contar una historia- no importa su extensión- sin necesidad de emplear la palabra, sólo ayudado con el maquillaje y el vestuario que indican su condición y procedencia. Con mirada occidental Eugenio Barba afirma:

Ser un actor de Kathakali no es una elección, es una vocación. Desde su más tierna edad, el niño queda sujeto a una ´disciplina´. Entra en un universo teatral que es contiguo a un universo religioso. No es sólo cuestión de oficio, sino de una misión. Ocho años de austero y laborioso aprendizaje durante el cual es conducido casi más allá de sus límites, lo marcan para siempre, tanto desde el punto de vista de su habilidad técnica como el de su concepto mental. Esta larga ´iniciación´ condiciona la psique y el comportamiento del actor de Kathakali, haciendo que adquiera una sensibilidad que es profundamente distinta de la sensibilidad profana” (1987, 357)[3]

La atención que se presta al maquillaje y la perfección del más diminuto accesorio lo es todo, por razones que van más allá del puro esteticismo. Es como si a través de la pureza en los detalles uno intentara acercarse lo sagrado. Los principales ritos conectados con este teatro comienzan en el camarín muchas horas antes de la representación. La primera acción que los actores realizan es una plegaria, sostienen sus manos delante del pecho mientras contemplan una pequeña lámpara de aceite. Finalizados sus rezos, aceite de la lámpara es esparcido sobre los rostros que sólo entonces están en condiciones de ser maquillados. En el cuarto se mantiene un silencio reverente todo el tiempo de preparación de modo que los actores puedan concentrarse en sus personajes y en la historia que será representada (a menudo sólo se enteran qué relato será escenificado cuando llegan al teatro) El ritual kathakali continúa con los actores orando también en silencio sobre sus tocados, los pues se cree que éstos poseen poderes especiales para transformar a los actores en los personajes que van a encarnar. Si un actor representa a Rama o a Krishna, dos de las más veneradas encarnaciones de Vishnu, los espectadores extienden las manos para tocar los pies de aquellos en su paso hacia el lugar de la representación, y mostrarles su respeto. Cuando el actor llega a dicha área toca con humildad todos los instrumentos musicales y luego su cabeza, porque sin ritmo no puede haber danza. Luego toca los pies del cantor principal: sin su presencia no habría canto para acompañar la danza. Y finalmente se coloca detrás de un lienzo sostenido por dos asistentes y se inclina hasta tocar el piso del escenario para pedir respetuosamente perdón a la divinidad que preside el escenario porque pisará muy fuerte sobre él. 

El lenguaje de las manos (mudra[4]) se conforma a partir: a) de los movimientos de los dedos de las manos envueltos en la realización de algún rito religioso; b) posturas cotidianas de las manos; c) posturas cotidianas estilizadas de las manos; y d) posiciones inventadas y luego codificadas. Este lenguaje le permite al bailarín nombrar desde el objeto material más simple, hasta al Creador. Pero todo este conocimiento y perfecto dominio de la técnica resultan insuficiente si el actor/bailarín no posee la capacidad de hacer suyo el personaje- así como el pintor Zen y su cuadro son uno-, sino explota al máximo su facultad imaginativa y su energía para interpretar los caracteres. Su vestuario se compone de una túnica delgada y transparente colocada sobre miriñaque y un extraño tocado de brillante color rojo. El maquillaje determinado para cada personaje, que muestra su naturaleza y carácter, es muy elaborado y para su realización se emplean entre dos y tres horas. Salvo las mujeres y quienes encarnan las cualidades espirituales, el resto lleva el rostro cubierto de colores brillantes: el fondo con sombras profundas y manchas de color rojo, verde, negro, ámbar y blanco, lo que le confiere el aspecto de máscara. Resultan así codificados los siete tipos principales de caracteres del kathakali:

-Pacca, el héore noble, bueno y caritativo (cara blanca con rayas ondulantes en color verde bajo los ojos.

-Katti, el arrogante y sabio (cara verde con cejas rojas, grandes bigotes y uñas de plata)

Chakanatadi, el vicioso (cara negra, dos grandes dientes curvados y barba roja).

-Veluyatadi , el general de los monos, hijo del dios del viento (la mitad de su cara es roja y la otra mitad negra, con nariz verde y dos puntos rojos en la frente).

-Karappuatdi, el cazador (cara grisácea con un enrejado de rayas alrededor de sus ojos, lumas de pavo real en la cabeza).

-Kari, seres perversos, brujas, demonios (caras negras con manos encorvadas y gran nariz).

-Minukki, yoguis, brahamines (caras casi carente de maquillaje, pintada de amarillo y salpicada de mica).

El bailarín español Juan P. Enrile, quien en los 90 recibiera entrenamiento en este arte en la India, describe los distintos pasos de la representación escénica. A las diez de la noche comienza la representación de los cinco rituales que preceden al drama propiamente dicho.

1)Keli. Los cuatro instrumentos básicos[5], colocados en el centro del espacio escénico, convocan al público.

2)Keli del Maddalam. Un solo del tambor que es golpeado con ambas manos, sigue invitando a la audiencia a presenciar la representación.

3)Todayam. Ritual de invocación a los dioses (generalmente los que aparecerán en el drama) Dura cerca de media hora y ser realiza oculto respecto al público. Los tambores se desplazan a la izquierda y los cantantes a la derecha. Dos personajes “ausentes” introducen la cortina-telón hecha sobre la base de cuadrados concéntricos de colores brillantes, y la sostienen en el centro del espacio escénico, mientras los actores bailarines representan el ritual detrás de ella, sin maquillaje y con expresión serena.

4)Vandanasloka. Manifestación cantada que describe al protagonista y/o la trama a representar. Al finalizar, los actores-bailarines salen de escena y los cantantes se colocan, ocultos al público detrás de la cortina telón.

5)Purappadu y Pakuripurapar. Ambas tienen la misma estructura subdivida en tres fases: un saludo a los dioses realizado por el protagonista, acompañado por cantantes e instrumentistas (también oculto al público); la presentación ante el público del protagonista; y secuencia de pura danza a cargo de protagonista.

Al ritual le sigue la representación del drama. Los bailarines (en su mayoría hombres) interpretan episodios de las tres epopeyas hinduistas: el Mahabaratha, el Bagatha Purana, y el Ramayana: duelos pelas, e intensas escenas de sangre, amor y odio, y el pathos de la separación y el abandono. El kathakali es en esto una excepción, ya que se aparta de las reglas del Natya Sastra, que prohiben la representación de la muerte en el escenario. Según quienes la cultivan, esto se justifica porque la muerte satisface dos emociones humanas polarizadas: la construcción y la destrucción; el conflicto no residiría en el acto de la muerte, sino en la posición que adopta el espectador que al observarla.

La narrativa escénica, que comienza después que los dos personajes “ausentes” que sostenían el telón, lo retiran, se construye a partir de partes descriptivas cantadas y diálogos a cargo de dos integrantes de la orquesta, que el actor-bailarín representa con los movimientos y gestos previamente codificados. Después de cada estrofa, una secuencia de pura danza funciona como el punto de la narración. También se intercalan pasajes donde los instrumentos de percusión marcan unidades de tiempo en las que los actores exhiben su capacidad de improvisación. La entrada y la salida de personajes acompañados por los “ausentes” que los ocultan detrás del telón señalan el cambio de las escenas.

Todos los roles, tanto masculinos como femeninos, son ejecutados por hombres y los actores siguen reglas muy minuciosas dos de las cuales son particularmente distintivas: apoyarse sólo sobre los lados exteriores del pie y realizar amplios movimientos circulares con las manos y el rostro. Pero además, esto implica una doble estructura: con las manos comunica narrativamente los acontecimientos, y con el rostro, expresa la emoción del personaje frente a lo narrado.

El repertorio mencionado, que ha permanecido prácticamente inamovible hasta nuestros días, no incluye aspecto de los cotidiano sino secuencias relacionadas con personajes mitológicos (dioses, diosas, brujas y héroes) Para el hinduismo, lo cotidiano es sólo apariencia, y la verdadera realidad sólo surge cuando se logra transformar el modo de percepción: la participación del publico debe entenderse como identificación y el lazo creado produce éxtasis. Todo en el decorado, la música y los trajes está hecho para reflejar otro nivel de existencia. El más mínimo gesto está estudiado para eliminar de él lo banal y lo vulgar Todo se desenvuelve como un imaginativo sueño habitado por personajes fabulosos, reales e irreales. El escenario es simple, pero está cubierto de flores e iluminado de modo tenue por una lámpara de cobre alimentada con aceite de coco y cuya llama varía según el viento, generando efectos dramáticos aleatorios. Lo que comenzara con la oscuridad, finaliza al comenzar el día. Nacida de los recintos del templo, esta danza-drama se representa en la actualidad en patios abiertos. Algunos de los aspectos religiosos que muestra el kathakali (inspiración en una cuerpo común de literatura religiosa, relación con diferentes cultos y divinidades y actuado por devotos, e importancia y duración de los rituales preliminares) son comunes a otras formas de teatro tradicional, como el que denominamos Teatro Procesional y del cual sólo mencionaremos tres casos:

a) En Bhavai, el teatro rural del estado de Gujarat, el director dibuja sobre un sector de tierra aplanada en frente de un templo, un gran círculo con aceite de castor para marcar los límites del área de representación y santificando dicha área aleja a los espíritus malignos. Aplica luego un polvo rojo (kumkum) sobre una antorcha cuya luz simboliza la presencia de Ambamata, la diosa madre de los Gujaratis, arroja flores y dicho polvo sobre los instrumentos musicales y la cabeza de los espectadores, invoca a las divinidades y se retira a los camarines.

b) En Yakshgana, la danza drama es precedida de rituales con toques de tambores y danza por novicios. Un clown lleva una máscara de Ganapati sobre sus hombros hasta el espacio de la representación, precedido por dos jóvenes vestidos como Krishna. Un telón rojo sostenido por dos ayudantes oculta parcialmente a los bailarines y al clown. El músico principal canta una plegaria en alabanza de Ganapati al tiempo que el telón retirado y el clown pasea la máscara a través del área de dicha área para santificar el suelo. Cuando éste se retira comienza la danza de los actores que simboliza el raslila (ras, danza; lila, pieza) que Krhisna realizara en el bosque de Vrindaban. Luego, dos actores vestidos como mujeres que encarnan a las gopis (pastoras) enamoradas sin esperanza del dios, descorren el telón que los ocultaba para realizar la danza que cierra el ritual preliminar.

c) Como último ejemplo[6] de la presencia de lo religioso en el teatro tradicional hindú nos referiremos a Ramlila, representación que anualmente se representa en el norte de la India. Los días son elegidos por un cálculo astrológico en coincidencia con el relato mitológico de la victoria de Rama, una encarnación de Vischnu, sobre Ravana, el demoníaco rey de Lanka. Los actores son devotos del dios y pertenecen al pueblo en el que se realiza el espectáculo (Vanarasi es el sitio privilegiado) Los jóvenes que representan a Rama, Sita y Lakshmana (sólo hasta que alcanzan la pubertad) son elegidos por la pureza de su cuerpo y su espíritu. Durante la representación estos jóvenes reciben un tratamiento especial; por ejemplo, los sacerdotes los cargan en sus espaldas hasta el área de representación para que sus pies no se ensucien y no permiten a los espectadores que se acerquen o los toquen. Miles de peregrinos se reúnen a orillas del Ganges, por donde se cree caminó Rama. En algunas aldeas del Norte se recita el Ramayana sin interrupción durante treinta días. Los sucesos más importantes tienen lugar a la noche; durante el día, mientras los espectadores duermen en sus casas, un sacerdote se sienta a leer del libro sagrado. El Ramlila se cierra con una espectacular batalla entre Rama y Ravana en la que el mal, simbolizada por las efigies gigantes de Ravana y sus hermanos demoníacos, es derrotado. Dentro de estas efigies construidas de bambú y cubiertas con tela se ocultan fuegos de artificio, que se activan cuando los sacerdotes indican a Rama arrojar flechas ardientes en el corazón de dichas efigies, lo que provoca la reacción de los espectadores que gritan festejando la victoria del bien. Ellos conocen perfectamente el relato no está atraído por la intriga sino por presenciar la encarnación de los personajes míticos; no se está repitiendo acciones míticas, sino haciéndolas realidad, por eso el actor se convierte en Dios y como tal es adorado por el público. La acción es narrada pero también física, y el movimiento de los personajes épicos que protagonizan guerras, combates, juicios y competencias de guerras conforma una parte axial de la representación. Se trata de un teatro procesional que acompaña los peregrinajes, exilios, persecuciones y secuestros relatados y actuados en distintos espacios, unificados en un claro objeto: anualmente renovar y realzar la presencia de Rama. Quince días después se cree que el dios vencedor retorna triunfal a su reino. El día conocido como Diwali (“el festival de luces”) es tiempo de regocijo general, y la gente del pueblo enciende centenares de pequeñas lámparas de aceite alrededor de sus casas iluminando el camino de la divinidad. Según Banerjee (1994) los efectos de estas representaciones trascienden lo meramente estético y el tipo de participación que supone determina que cada persona que va al Ramlila como individuo, retorne como parte de un todo. [7]

A pesar de las diversidades, estos rituales presentan características unificadoras. Tal como lo señala Farley Richmond (1971, 131), ante todo, el lugar de la representación no siempre es considerado sagrado, se convierte en círculo mágico que no puede ser penetrado por ninguna fuerza disruptiva, después de haber sido ritualmente purificado a través de gestos simbólicos. En segundo término, la escenificación anual de los relatos en fechas que coinciden con celebraciones religiosas, revela el deseo conciente entre los participante de reforzar comunitariamente sus creencias. Tercero, los actores (a través de oraciones, ofrendas y ayunos) y los espectadores (a través de la creencia en la realidad de los personajes representados) a menudo alcanzan un estado de exaltación. Y finalmente, los rituales religiosos representa un tipo de pieza elaborado, cósmica -el término sáncrito lila significa “la obra de Dios”. Según el pensamiento hindú, el hombre y el mundo sólo son imágenes de un sueño divino; en consecuencia, el sentido de realidad del hombre no sino una ilusión (maya). Sólo cuando el hombre trasciende las barreras físicas y materiales de la existencia encuentra a la divinidad. En consecuencia, lila, representada por actores- devotos, es una revelación limitada del misterio del sueño eterno de Dios.

India y América. Había señalado al comienzo, cómo lo propio (lo familiar) podía ser modificado por lo ajeno (lo extraño, lo exótico) y sobre todo, enriquecido. Pero ¿de qué manera acercarnos y “apropiarnos” de aquel arte, sin distorsionar ambos mundos? Si consideramos que cada pueblo organiza su cultura a partir de una selección ideológica de la realidad que condiciona su forma de verla e interpretarla, y que ese condicionamiento estructural se evidencia y concreta, primariamente a través del sistema lingüístico (Pagliani, 1993) resulta evidente que la imitación no es posible como tampoco la adopción de formas “vacías”. Por supuesto, el receptor occidental puede acercarse a estas manifestaciones artísticas/religiosas buscando un goce inmediato a partir de los sentidos y la intuición, que genere una transformación más o menos transitoria. Pero creo que además es posible una mirada más profunda que genere un cambio duradero y productivo, al descubrir la posibilidad de producir un teatro en el que los actores asumen un compromiso doble: lo ético y lo estético, los autores recrean aquellas relatos que reafirman tanto la identidad individual, como la social e histórico, y el público se integra naturalmente en un acto de comunión y de participación. Así lo descubrió el citado Peter Brook cuando decidió montar el Mahabharata, proceso que definió como “vía de conocimiento y un itinerario por donde el teatro de este siglo, viaja a las fuentes de la humanidad en busca de aguas lustrales, de una experiencia radical, de un rito iniciático” y que muestra cómo es posible “vivir en el mundo, en situación de catástrofe, sin perder contacto con aquello que le permite al hombre vivir y luchar de una manera positiva” (Banu, 1985, 7 y 17)



BIBLIOGRAFÍA CITADA


Banu, Georges coordinador (1985) Peter Brook, Mahabharata, El Público/ Alternatives Téatrales, octubre.


Barba, Eugenio (1987) Más allá de las islas flotantes. Buenos Aires, Firpo y Dobal Edit.


Ceballos, Edgar editor (1992) Anatomía del Actor, SEP /INBA/ Universidad Veracruzana/ GEGSA/ International School of Theatre Anthropology.


Enrile, Juan Pedro (1997) “El Kathakali, danza, rito y tradición”, en ADE, n° 58-59, abril-junio, pp. 129-136.


Hopkins, Cecilia (1998) “Natana Kairali, Una escuela entre bananales y palmares”, en Teatro al Sur, año 5, n° 8, mayo, pp. 57-59. 


Jung, Carl (2001) “El mundo ensoñador de la India” en Obras Completas, Civilización en transición, Madrid, Ed. Trotta, Vol. 10, pp. 481-490.


Pagliani, Lucila (1993) “Lenguaje, cultura e ideología: los ´Do-Mi-Sol´ de Mario de Andrade y los ´Yahoos´ de Borges”, Anuario Brasileño de Estudios Hispánicos, III, pp. 95-101.


Richmond, Farley (1971) “Some Religious Aspects of Indian Traditional Theatre”, The Drama Review, vol. 15, n° 3, Spring, pp 121-131.


Zayas de Lima, Perla (2002) Teatro oriental, Instituto de Investigaciones en Historia del Arte, Dirección de posgrado en Artes Visuales, IUNA, 2002. Cuadernos de Cátedra 1.







[1] Jung había viajado a la India en 1938 y escribió sus experiencias en dos ensayos: “El mundo soñante de la India” y “Qué puede enseñarnos la India”.


[2] La actriz Cecilia Hopkins (1998) ofrece una descripción de un festival de Kutiyattam a partir de su experiencia directa. 


[3] Barba llevó a Grotowski en Polonia los ejercicios de Kathakali, que consituyeron la esencia de los ejercicios plásticos y psicofísicos; cuando Barba fundó su Odin Teatret los utilizó como base de su propio trabajo, ya modificados en el laboratorio polaco.


[4] Mudra significa en sánscrito “sello”, “signo ; se aplica al gesto o ademán simbólico.


[5] Los cuatro instrumentos básicos son: un tambor cilíndrico sostenido verticalmente y golpeado con dos palos, un tambor sostenido horizontalmente y golpeado con ambas manos, un gong y un par de címbalos de metal, llevados por los cantantes para marcar los diferentes ritmos.


[6] Existen muchas otras manifestaciones teatrales realizadas por devotos y en las que se rinde culto a las deidades: Kutiyattam, exclusivamente un arte del templo; Prahlada Chraritam, realizado por los devotos de Vishnu antes de la llegada del monzón; Krishnattam, ritual ofrecido en el templo de Guruvayur en honor de Krishna; Krishna Gita, historia del dios representada a lo largo de ocho noches durante la celebración de su nacimiento.


[7] Este investigador señala que precisamente este hecho impresionó e interesó al Richard Schechner y a Grotowski, como así también marcó las representaciones del conjunto Bread and Puppet.

jueves, 27 de octubre de 2016

VICTOR HERNANDO PRESENTA UN NUEVO NÚMERO DE MOVIMIMO. (Parte II)

Los  veintitrés artículos ofrecen variadas miradas sobre diferentes temas que hacen a la creación y puesta en escena del teatro de  mimo. Más allá de la calidad y experiencia de los autores, resulta interesante señalar que  ellos proceden de diferentes países (Argentina, Brasil, Canadá,  Chile,  Colombia, Ecuador, España, Francia, Italia, México) y representan diferentes líneas estéticas (Escuela Internacional de Mimo y Teatro Gestual Nouveau Colombier, Escola de Teatro da Universidade Federal da Bahía, Centro  Moveo 6,  Escuela Latinoamericana de Mimo y Teatro, EscenaFísica, Cuerpo de Creación Escénica,  Cía. Teatro  Gestual  Chileno,  Cía. Les  Éléphants Roses,  Cía. La  Casa del Silencio). La riqueza del enfoque los trabajos compilados por Víctor Hernando trasciende, sin duda, la organización temática que propongo en este comentario.
1)      Análisis de procesos de puestas en escena
El actor chileno  Pablo  Abarca encara sus reflexiones sobre el espectáculo  “El despertar de un Kloketen”, desde un privilegiado sitio como integrante del elenco. No siempre los comentarios de las puestas resultan útiles a los lectores, sobre todo si no las han presenciado; en este caso su lectura es enriquecedora, porque lo que fundamentalmente describe y comenta es el proceso  de una “experiencia inédita”: un mimodrama/ritual dirigida por un argentino (Víctor Hernando) y un chileno (Ricardo  Gaete), ensayada por ambos en sus respectivos países y sólo puesta en común poco antes del estreno. Este artículo se completa  con “Del boceto a la puesta en escena. “El proceso de creación y ensamble de Kloketen” del citado Ricardo Gaete, autor de la puesta en escena de este mimodrama en el  2014. “La dramaturgia en télémimos” de Tania Hernández (México-Canadá) ofrece una descripción pormenorizada del proceso de creación de cada uno de los télémime por ella presentados, al tiempo que  analiza el papel  que juega la improvisación  en ellos, y su búsqueda de superar  los clichés respecto de la oposición femenino/masculino.
2)      Reflexiones metodológicas
 Juan  Carlos Agudelo Plata y Ángela Valderrama Díaz, quienes integran la Compañía la Casa del Silencio (Bogotá, Colombia) en “La creación del personaje en el teatro gestual”, explican  detalladamente el método creativo de ese grupo dirigido por Diana Lucía león, quien capitaliza su experiencia en el teatro, la danza y el trabajo con la máscara neutra y el gesto.  Y se detienen en desarrollar en qué consiste el trabajo sobre las acciones físicas, los personajes reales, urbanos y cotidianos, la emoción, la técnica y los dinamoritmos. El actor, autor y director Daniel Berbedés a partir de su itinerario Argentina/ Brasil/ Argentina,  en  “Mi versión del teatro físico”, explica su elección de un teatro marcado por el eclecticismo y el porqué su rechazo de los moldes (en el caso del mimo, el “molde Marceau”) en favor de un Teatro  Físico que aúne la riqueza dramática y expresiva y respete la libertad para transitar e incorporar diferentes manifestaciones artísticas. 
3)      Lo verbal y lo no verbal
Discípula de Marcel Marceau, Florencia  Ávila, actualmente directora artística de la Cía.  Les Éléphans Roses, en París, nos introduce en la posibilidad de una  “Escritura sin palabras”. Para ello plantea y responde de modo claro, conciso y didáctico a dos interrogantes: uno, si puede hablarse de una dramaturgia en el  Mimo; y dos, si es posible definirla. El artículo de Pablo Bontá, “Una obra escrita en acciones” busca responder a dos interrogantes: ¿Cómo un intérprete aborda una obra desde la acción corporal? Y ¿Cuáles son sus herramientas? Para ello propone cinco ítems: la articulación de acciones y movimientos, que deben ser fijadas por el intérprete “sin perder detalles”, la precisión y proyección a la hora de comunicar “un discurso hecho de acciones”, la  actitud, el manejo del gesto y el diálogo corporal.  Cada uno de estos temas es desarrollado con claridad y concisión. Por su parte el mimo, actor y profesor de actuación y expresión corporal ecuatoriano Luis Augusto Cáceres Carrasco se focaliza en los dos grandes ejes que reconoce en la producción poética corporal, la narración y la evocación. Con el título de  “Introducción a la gramática corporal y la dramaturgia del actor” su trabajo desarrolla las propuestas de  Petronio  Cáceres  Arteaga (traslado de unidades mínimas del lenguaje a la expresión corporal) y de Etienne Decroux (los dinamorritmos) y propone claves para lograr una dramaturgia del actor.
Varios temas teóricos con desarrollados por Gonzalo Cid Neira, actor director  e investigador creador de la  Cía. Teatro  Gestual  Chileno y  Gonzalo  Chávez  Raddatz, uno de sus integrantes, en “Dramaturgia escénica y actoral del mimo”: qué se entiende por dramaturgia del mimo, los alcances de la sinonimia actor-mimo y los principios que lo conectan con el mimo clásico, la importancia del contexto, la técnica y la metodología en el marco del proceso creativo, y la importancia del universo sonoro. Finaliza con la descripción de su opción metodológica “La línea del  Cuerpo Significante”.
4)      La herencia de Marcel  Marceau.
 Patrizia Iovine en “La magia eloquente del gesto” (artículo en italiano) revaloriza este código comunicativo a partir de la aparición de Marcel Marceau y su concepto del mimo un artista completo, como artista del silencio, como acróbata de los sueños. Las ideas de la autora sobre este creador pueden conocerse con amplitud en su libro Marcel Marceau, la poética del gesto. José Piris en  “El misterio del arte Mimo en el  Teatro reconoce como  “legendario” el número  “Las edades de la vida” del creador Marcel Marceau, del que fuera su discípulo, y  describe al cuerpo como una metáfora del universo, generadora de  una poesía visual que no necesita de un argumento teatral ortodoxo. Propone desterrar el sentimentalismo que opaca  la acción y tener en cuenta las diferencias entre el actor/mimo autor de sus propias obras de aquellos que se basan en textos ajenos.
5)      Dramaturgia del mimo.
Adriana Garibaldi en “Espacio y pre-expresividad Consideraciones sobre los elementos dramatúrgicos del mimo” combina sus reflexiones teóricas sobre la especificidad del mimo, el cuerpo y la expresividad, la relación entre el conflicto y el imaginario, con una serie de ejemplos tomados de espectáculos de artistas consagrados como  Buster  Keaton, Jean Louis Barrault y James Thiérrée. Este tema también es eje del artículo de Víctor  Hernando, “La presencia y la ausencia”, que invita a reflexionar sobre  el empleo de términos como representación  y presentación, espacio y tiempo, acción y narración, gesto y movimiento, no sólo a partir de su propia experiencia como director y pedagogo, sino de las definiciones dadas por distintos investigadores y artistas como  Decroux, Lefebre,  Elizondo o Greimas.
El polémico artículo de Alberto Ivern, “El drama de la mimodramaturgia”  propone el desafío de  “pensar con el cuerpo y convertir el pensamiento en una conciencia de mis emociones”; critica la pobreza argumental que alimenta el mimo y, tanto la imitación servil, como las  -para él- supuestas innovaciones como la yuxtaposiciones de lenguaje. Sus respuestas a estos problemas se hallan presentadas de modo exhaustivo en su libro El arte del mimo. María Eva Posadas relata sus experiencias como autora (la palabra indispensable para estructurar la obra). “Escribir dramáticamente no es describir acciones” y sus búsquedas a la hora de  “clarificar y desarrollar la tarea de dramaturgia que cada mimo puede  ejercer”. Advierte sobre el peligro de reducir la dramaturgia del mimo a una didascalia o un soporte ayuda memoria,  y propone el ejercicio de una escritura que permita  distinguir mejor el conflicto y afinar la comunicación.“Sobre la mimografía”, de Ayelén  Sardu, analiza el porqué de la atracción del mimo  a partir  de entender el cuerpo como punto de partida y  como punto de llegada, asociado  a la emoción y la evocación. Plantea  el papel de la escritura y por eso habla de  “mimografías” (guión en código mimo, forma de plasmar una idea). En su caso la escritura como guión resulta posterior al trabajo físico, y si bien reconoce no hay una receta  para escribir en mimo sugiere un formato de escritura o de partitura de acciones. Finalmente, el artículo del dramaturgo Luis  Sáez, “¿Será posible una dramaturgia para mimos?,  se articula sobre  una serie de planteos iniciales que implican una seria reflexión sobre temas conceptuales como, por ejemplo, clarificar cuál es el sentido de  “dramaturgia “ en el teatro de texto y en el mimo; y si se pueden reconocer códigos comunes entre ambos. Sus reflexiones teóricas se completan con los ejemplos de las búsquedas realizadas por el  Periférico de  Objetos, la  Cía. Buster  Keaton y de Juan Carlos  Carta.
6)      Importancia de Étienne Decroux.
Sophie Kasser (Barcelona) revaloriza las enseñanzas  de  Decroux en  “El mimo corporal al servicio de la creación”, en especial la articulación corporal para dar amplitud a la articulación de acciones y el uso adecuado del  “dinamo-ritmo”. Pero no se limita al análisis descriptivo de su repertorio sino  que sitúa al  “cuerpo pensante” (que parte de una realidad física para llegar a una  realidad mental) en paralelo con las propuestas plásticas de sus contemporáneo (Picasso y Braque). Desde Chile, Lissy Salinas Bustinzza, describe el tipo de arte que propone el Mimo Corporal, sus posibles cruces con la palabra y con la danza. Hace suya la consigna  “el cuerpo termina lo que el pensamiento y el lenguaje no pueden”.
Georges Mascarenhas -actor, docente y director teatral- se refiere a los desafíos que implica la aplicación de la teoría de Decroux en una ciudad como Bahía a partir de su experiencia en Londres con discípulos de este artista y su realidad como residente en esta ciudad. “A mímica corporal dramática” (artículo en portugués) se organiza en tres ejes: la relación entre reproducción, repetición y transculturalidad (entendida esta como las “interconexiones entre diversas culturas caracterizadas por relaciones de hibridación”-mi traducción). Resulta revelador su análisis de las tensiones  entre la mímica corporal y las características culturales locales.  Martín Peña Vázquez también parte de los principios de  Decroux en “Un nuevo teatro basado en la dramaturgia del cuerpo” apuesta a la construcción del “cuerpo pensante”, una construcción físico-dramática de una gran escultura en movimiento. Y considera que el cuerpo  independientemente de la simplicidad del argumento es  capaz de proyectar  estados complejos que incluyan aspectos sicológicos y filosóficos.
7)      Mimo y  clown
En  “Lecciones de una herencia innegable”, Hernán Gené, director, actor y pedagogo radicado en España (sin duda, por su larga trayectoria en el clown) se aparta de la especificidad del mimo, se enfoca en dos campos: la necesidad de conocer e investigar sobre la herencia recibida (la  Comedia del Arte es un hito), y la recepción (estrategias para provocar, capturar y mantener la atención de los espectadores. El mimo y  fundador de Mimame,  Festival Internacional de Mimos y Clowns de  Medellín, Elkin Giraldo H., en “Magia del gesto, poesía del silencio” sitúa la  verdadera pantomima en la línea de Artaud, , no como divertimento sino como representación de ideas y actitudes del espíritu, trascendiendo la imitación. Y marca las dificultades que acechan a este género, sobre todo la carencia de autores y cómo generar aquellos  que sean capaces de emanar  “poesía a través del silencio”.

martes, 18 de octubre de 2016

VICTOR HERNANDO PRESENTA UN NUEVO NÚMERO DE MOVIMIMO. (Parte I).

Movimimo, la primera revista de artes corporales editada por el Teatro de Pantomima de Buenos Aires surge en 1979. Hoy, también dirigida por Victor Hernando, continúa siendo un referente insoslayable para quienes estén interesados no sólo en este tipo de arte sino en las manifestaciones escénicas en general.
 En 1990, reflexionamos con Víctor Hernando sobre  las distintas líneas estéticas  de las escuelas, compañías y directores de mimos[1]. Allí registramos la presencia de saltimbanquis y volatineros que ofrecían números pantomímicos en el siglo XVII, cuya actividad fue descripta y analizada en profundidad en los trabajos de  Raúl Castagnino y Mariano  Bosch. La primera referencia a la pantomima como elenco integrante y característico en el espectáculo aparece en  1799 y nos muestra cómo el estilo de  Grimaldi, contemporáneo de  Deburau, llega al  Río de la Plata en época temprana. Pero este antecedente se pierde para los argentinos de épocas posteriores, quienes, en lugar de rescatar un estilo  regional, buscaron en el viejo mundo una tradición y una técnica que no supieron (o no pudieron ver en su propia tierra. En 1830 aparecen  las primeras referencias de lo que se llamó ballet-pantomima y de un mimodrama primitivo. Y hasta las primeras décadas del  siglo XX la pantomima estuvo cultivada por los payasos de las arenas de los circos, personajes y estilos se imbrican unos con otros, y la pantomima original se funde sin límites precisos con los primitivos saínes. Sólo a mediados del siglo XX,  influidos por las corrientes pantomímicas europeas a través del cine y las presentaciones del mimo francés Marcel  Marceau, que debuta en Buenos Aires en 1957, se reactiva en nuestro país el cultivo de una forma de expresión que, como en Europa, tendrá poco que ver con su pasado clásico.
 
En 1956, el grupo “Los Juglares –bajo la inspiración europea de lo  Barrault y Marceau, discípulos de  Marceau- surge en  Mar del Plata, el primer grupo moderno de pantomima. Y, a comienzos de la década  del ´60  aparecen en Buenos Aires diferentes escuelas de mimos, cada una con sus propuestas. En escenarios oficiales y privados, comienzan a  ofrecerse espectáculos con calificados mimos extranjeros  (Fialki,  Sladek, los mimos de  Noisvander,  Dimitri, Mummenschanz) y paralelamente nuestros artistas participan y triunfan en festivales europeos (Héctor Malamud, Benito Gutmacher, Olkar Ramirez, la dupla Escobar-Lerchundi, son sólo algunos de los nombres).  
 
La década del 70 es fundamental para el desarrollo de la actividad mímica del país a partir de una convocatoria nacional convocada por Alberto Sava para crear la Asociación Argentina de  Mimos, un proyecto que Ángel Elizondo venía impulsando desde 1969.  A lo que se suman: el inicio de la  Escuela de Mimo Contemporánea de Alberto Sava (1972), director del Primer Congreso y Festival Latinoamericano de  Mimo realizado en nuestra capital en  1973; la creación de la  cátedra de Pantomima en la Escuela Nacional de Arte  Dramático de Buenos Aires por parte de Escobar-Lerchundi (1974), quienes en 1979 inauguran su propia Escuela de Mimo con más de setenta alumnos y el primer teatro estable de Mimo del país y Latinoamérica; los espectáculos de Héctor  Malamud, en especial, La gente me ama, en el que introduce por primera vez en el teatro argentino toda la fuerza  del mimodrama, con un lenguaje que no toma prestada ninguna inflexión ni de  Marceau ni de Decroux.
 
Al promediar el siglo XX encontramos  en nuestro país, al menos seis tendencias dentro del mimo argentinos:
-          La accionalista de Ángel  Elizondo
-          La europeísta clásica de Escobar y Lerchundi.
-          La participativa de Alberto  Sava.
-          La de precisión técnica de Willy Manghy.
-          La juglaresca de Olkar  Ramírez.
-          La del Mimo dinámico de Eduardo  Benito.
 
A  pesar de todas estas propuestas, y las “luchas” individuales de Oscar  Kummel en  San Juan,  Daniel  Boedo en  Mendoza,  Ernesto Prince en  Catamarca, Nicolás Jair y Héctor Roskun en  Córdoba, o Pablo Bontá en Buenos Aires, el mimo argentino vive una situación caracterizada por una falta de continuidad de trabajo y de una corriente sólida de intérpretes, autores directores y hasta críticos.
 
Víctor Hernando, mimo, director e investigador nos entrega un nuevo número de Movimimo. Revista de mimo y Teatro  corporal (año XXXVII, n° 17, octubre 2016) de la cual es director y editor. El nombre de la revista responde  a la visión que  Hernando tiene del mimo: “un arte en el que los cuerpos en movimiento están  atravesados por una dramaturgia basada en la acción” (Nota Editorial). Y en función de este enfoque es que convoca para este número incluye  a más de una veintena de artistas, directores y docentes para reflexionar desde sus respectivos campos sobre dramaturgia y mimo.
 
 Se incluye al comienzo una entrevista que le realizara hace ya varios años a Roberto Escobar e Igón Lerchundi y que fuera originariamente publicada  en e1984 en Movimimo. Allí estos dos artistas dan cuenta de su itinerario como actores/mimos y docentes, su relación con Decroux y los motivos por los que eligieron su propia estética. Dos notas informativas abren y cierran este número, respectivamente: la realización  de la  2° Bienal organizada en octubre del corriente año por el Centro de Investigaciones del Mimo en Buenos Aires y La Escena Física de Santiago de Chile, y la creación del Área de Investigaciones en Mimo  (Fac. de  Filosofía y Letras, UBA) de la cual Hernando es Coordinador.
 
La próxima semana me abocaré al comentario de los diferentes artículos.



[1]  Perla  Zayas de Lima y  Víctor Hernando “Teatro de  Mimo”, en  Perla  Zayas de Lima , Diccionario de  Directores y Escenógrafos del  Teatro  Argentino,  Buenos Aires,  Galerna, 1990,  pp. 379-391.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Una reflexión sobre nazismo en la Argentina. 1938. Un asunto criminal, de Augusto Fernandes.

En el Teatro Nacional Cervantes se estrenó en el mes de septiembre del corriente año, 1938. Un asunto criminal escrita y dirigida por Augusto Fernandes, quien además se desempeña  como actor, junto con Hugo Arana y  Beatriz Spelzini.
 
 Dos fueron sus motivos inspiradores de su escritura: un hecho histórico, precisamente ocurrido en  1938: el festejo de la anexión de Austria al Tercer Reich realizado en el Luna Park, estadio en el que convocó a más de 18.000 personas -así lo señala Lisandro Fiks en el programa de mano-, y  lo ficcional, obras del Ugo Betti, dramaturgo a quien su participación como soldado en la primera guerra mundial le develara la verdadero rostro del mal, y su posterior profesión de juez le ofreciera experimentar con dos temas que serían centrales en su producción: la culpa y la responsabilidad.
La labor de Augusto Fernandez como director ha sido ampliamente analizada por el periodismo  (reportajes y críticas de sus espectáculos) y en el campo de la investigación teatral (trabajos de Beatriz Trastoy). Hace ya muchos años, mostré el notable itinerario seguido por este creador desde su paso por el teatro infantil Labardén y por Nuevo Teatro hasta convertirse en privilegiado discípulo de Hedy Crilla; cómo, sin abandonar la actuación organizó grupos que aportaron elementos innovadores a nuestra escena  (Café Teatral Estudio y el Equipo de Teatro Experimental de Buenos Aires), participó exitosamente en festivales europeos, y se convirtió en el primer artista extranjero invitado a dirigir el teatro de la ciudad  Bochun[1].
Hoy, décadas después, encuentro que Fernandes revalida sus exitosos y calificados antecedentes, no sólo como responsable de la dirección y puesta en escena, sino como actor y dramaturgo. Fue su criterio que los actores se conviertan “en los instrumentos receptores y conductores más generosos de la realidad”[2]. La elección de Hugo Arana y Beatriz Spelzini para desempeñar los roles de Giácomo y Greta, respectivamente, quienes connotan la importancia de la inmigración italiana y la alemana, es más que acertada. Ambos logran el difícil equilibrio de remitir a lo general -sus nacionalidades- y encarnar lo individual -sus historias íntimas-, y sin hacer exhibición de “oficio actoral”, jugar magistralmente con los tonos de voz, y emplear minuciosamente las posibilidades denotativas y connotativas de la gestualidad y la postura corporal. Nunca la sobreactuación ni la construcción de estereotipos. Fernandez actor trabaja todos los niveles de comunicación: lo sensorial, sobre todo en el ritmo que le imprime al personaje de Julián; lo emocional, en una gama que genera curiosidad, atracción, y por momentos rechazo; lo intelectual, un reconocimiento que incluye las preferencias y prejuicios del espectador.
Como dramaturgo, concilia esos campos aparentemente en conflicto, la historia y la ficción: 1938, la guerra civil española, el surgimiento de Mussolini, el creciente protagonismo de Hitler, la posición adoptada por nuestro país; paralelamente, un asunto criminal, un triángulo amoroso en el que el adulterio  y la venganza se combinan en una intriga que roza lo “policial”.
Pero no se trata sólo de un título acertado que puede aludir a uno u otro nivel, o a ambos. El texto, está escrito en función de una representación, y la trama se desarrolla en una acción en las que el vértigo se combina con la pausa reflexiva, y el conocimiento de un hecho con el suspenso de lo por venir;  en el desenlace, los personajes quedan perfectamente delineados por sus conductas y elecciones como por el discurso que cada uno de ellos realiza sobre los otros. La pequeña sala Orestes  Caviglia, gracias a la propuesta  escenográfica de Marta Albertinazzi y el propio Augusto  Fernandes, se convierte en el lugar ideal para concentrar en el interior de un chalet de montaña, los lugares citados (la ciudad de  Bariloche,  Buenos  Aires,  Europa). La obra exhibe certezas. Datos incuestionables: un espacio geográfico,  reconocido refugio de simpatizantes del nazismo y luego de criminales de guerra, el poder y el fanatismo; el interior de una casa donde campean las pasiones y el egoísmo como motor de las acciones. Pero también instala interrogantes para serrespondidos por los espectadores en una actividad interpretativa traspasen lo meramente referencial.
En mi lectura encuentro que a partir de lo acaecido en 1938, Fernandez propone al receptor una reflexión sobre el presente. Es un pasado que no sólo nos acompaña sino que nos interpela sobre actitudes fascistas de un sector de la sociedad argentina aún vigentes: intolerancia, violencia, sectarismo, sumisión a líderes salvadores. Fernandes dramaturgo revela, así el dominio de un buen lenguaje dramático condensado en reveladoras palabras (“como instrumento expresivo de las personas implicadas en la acción” diría Alfonso  Sastre); y Fernandez director, se manifiesta como operador de una estructura escénica dotada de plasticidad, capaz de transfigurarse y proponer varias perspectivas de análisis.


[1] Perla  Zayas de Lima, Diccionario de directores y escenógrafos del teatro argentino,  Buenos Aires,  Galerna, 1990, pp.112-114.
[2] Id., p. 114

jueves, 6 de octubre de 2016

ROBESPIERRE ENTRE BUENOS AIRES Y LAS ISLAS CANARIAS.

El título de este artículo no encierra ninguna metáfora, sino que describe un extraño, pero no por ello menos estimulante proyecto teatral. Por una parte, está el monólogo Robespierre de Mónica Ottino, dirigido el director argentino Alejandro Giles quien se desempeñara como docente y actor en España. Este proyecto además de contar con el apoyo de la Cancillería Argentina, está siendo auspiciado y financiado por la Oficina Cultural de la Embajada de España a cargo de Rosa Vita Pelegrin, y de Juan Duarte, ex Agregado Cultura, actualmente reemplazado por Pilar Ruiz Carnicero. El monólogo será representado por una actriz, la canaria Mónica Lleó, quien invitada por las instituciones nombradas llegó a Buenos Aires para ensayar. Pero la obra, se representará en estreno europeo hacia enero de 2017 en Las Palmas (Gran Canaria) y Santa Cruz de Tenerife, para luego prolongar la gira por territorio español. La actriz ha traducido la obra al catalán y ya está terminada la traducción al francés. 

Al tomar conocimiento de dicho proyecto, me surgieron inmediatamente dos interrogantes: ¿por qué a una dramaturga argentina le interesó en pleno siglo XXI escribir sobre un protagonista de la Revolución Francesa?, y ¿por qué no sólo a una actriz hispana, sino a funcionarios españoles les atrajo financiar un proyecto que no alude, aparentemente a un hecho histórico de la península?

La lectura del texto dramático contribuye a entender tanto la elección del tema por parte de Mónica Ottino como el porqué las autoridades españolas decidieron apoyar este proyecto.

Las fuentes para su escritura provienen de diversos campos, material de ficción sobre la Revolución Francesa (teatro, novelas, ópera) e investigaciones históricas. En el primer campo, el drama Diálogos de carmelitas, de George Bernanos; El siglo de lasluces, de Alejo Carpentier, paradigmático relato para los latinoamericanos, y la novela sobre la época del terror Los dioses tienen sed, de Anatole France; y la ópera Andrea Chénier, de Giordano. En cuanto al segundo, obras sobre el protagonista ( L´hommme Robespierre, Historie d´une solitude, de Max Gallo, e Historie de Robespierre, de E, Hamel), y sobre la época, básicamente los trabajos A. Mathiez, D. Guerin, J. Michelet.

Nuestra dramaturga reafirma la importancia que tiene la documentación a la hora de introducir la historia en el teatro y, como en obras anteriores demuestra inusual habilidad para evitar una que una sobrecarga informativa obstaculice la acción, y en este caso, la expresión de un yo monologante. 

En Carlos Somigliana. Teatro histórico- Teatro político (Bs. As., Fray Mocho, 1995) señalé que el nombre hipoteca desde su primera aparición el destino del personaje histórico, que adquiere una “dimensión polifónica” que resulta de la superposición de lo que el receptor ha leído o le han contado. ¿Cuál será nuestra percepción de este Robespierre, contaminada por tantas fuentes (textos de historia –escolares y/o de investigación-, ficcionales -narrativa y teatro-, películas)? ¿Nos compenetraremos emocionalmente para comprenderlo o rechazarlo, o nos situaremos en una distancia crítica? 

Como lo hiciera en Eva y Victoria y luego en Madame Mao[1], la dramaturga en Robespierre equilibra lo histórico, lo ficcional y lo político. Aunque coloca en el centro de la escena la figura trágica del protagonista, se aleja de la reconstrucción biográfica, y hábilmente lo despoja de elementos esos elementos fijos (inamovibles) suministra el mito y lo sumergen un una perspectiva histórica flexible (modificables) que le permite también instalar un interrogante sobre los que significa una “revolución, qué la causa y cuáles son sus consecuencias.

Si bien el texto nos sumerge en los conflictos que asolaron a la Francia de fines del siglo XVIII, también nos interpela a los argentinos del siglo XXI, y no sólo porque reconocemos vínculos directos entre el pensamiento de quienes promovieron nuestra independencia y los ideólogos de la Revolución Francesa (de quienes la precedieron y la continuaron), sino, fundamentalmente porque nos enfrenta a algunos dilemas aún hoy vigentes: qué es el pueblo, pueblo y burguesía son conceptos opuestos o complementarios, la ecuación revolución-violencia-crimen-anarquía, las relaciones entre la historia oficial y la vida cotidiana, la ideología como justificativo de las luchas fratricidas (“el pensamiento tiene siempre su eficacia”, afirmaba Hawthorne). 

La obra re-significa el pasado y ejemplifica el pensamiento del novelista sueco Henning Mankell: “La historia no es sólo que queda a nuestra espalda, también nos acompaña”. Sus estrategias discursivas (lo que piensa Robespierre, pero también lo que sueña) concilian la veracidad documental y lo ficcional asociado a la mentira o a la imaginación, la objetividad y el mito, los datos y las imágenes, la coexistencia entre el héroe y el personaje. El que sea una mujer la encargada de representar al protagonista, sin duda generará un plus que sólo el hecho de la representación puede develar.



[1] Sobre la primera puede verse mi artículo “Memoria, Historia y teatro”, en BAAL, LXXII, 2007; sobre la segunda, “Madame Mao de Mónica Ottino. Una mirada sobre China desde Argentina”, en Encuentros en Catay, n° 18, Taiwán, 2004.